¿Qué es torear? Torear es no estar seguro. No saber nada del próximo toro, desconocer el siguiente muletazo. Como la vida es el toreo. No saberla ni aprenderla es vivirla. A la que la sabes un poco, mueres un mucho. Como el arte mismo si es que el toreo es arte y es vida, que no lo dudo. Una vez aprendido esto,  Talavante va y viene desaprendido de todo. Se hizo fiable a las artes del toreo cuando aprendió que torear, crear, es decirle a Dios y al Diablo que no se acepta nada de segunda mano. Esa forma de torear no previsible, olvidado el cuerpo, ese salto al vacío desde el vacío que es la faena que no se traslada de toro a toro y de tarde a tarde, es torear. No estar seguro. No saber nada de lo que va a suceder y hacer que suceda. Nadie supo lo que iba a hacer Talavante hasta que lo hizo, ni siquiera el mismo. Y cuando lo hizo, hubo un abandono de tal profundidad que la lentitud no expresa del todo ese toreo. Esa creatividad que nunca se puede contar es el toreo.

Al pie del drama del toreo, surge el toreo mismo. Y de la misma leche maman. Padilla y los heridos por toro están inseguros en el próximo minuto. Por eso el toro hiere y el toro mata. Y por eso hace llorar. No hay moviola para regresar a la protección que no es el toreo. Esa es su verdad. Y es la verdad primigenia del hombre. Como la faena de Talavante al toro jabonero de Cuvillo, algo cuesta arriba de salida, de sienes apretadas, mirada fija y bravura entregada. No se sabía y nunca se supo como sería lo que iba a suceder en el siguiente muletazo. Una moneda de dos caras es el toreo. De un lado la creatividad. Del otro el peligro. Y lanzada al aire, jamás cae de canto. El toreo no vive del canto de moneda alguna. Vive de la desprotección del minuto que viene. No estar seguro. Ese fue Talavantecon el tercer Cuvillo, pues abandonó tanto el cuerpo para dar rienda al ejercicio de crear que hubo riesgo en esa forma tan honda de abandonarse, de romperse, de crear el toreo.

Los lances a pies juntos eran talavantinos a la salida del Cuvillo, que se abrió en sus embestidas, voy pero vuelvo, pero dos cordobinas por el pitón izquierdo nadie las pensó hasta que sucedieron lentas y suaves. Cuidado el toro en varas, sobre todo medido el segundo puyazo, a Alejandro le dio por decirle a Dios y al Diablo que de segunda mano, nada quería. Una apertura de fuerza, a ratos de ira, mezclando trinchera con el de las flores, el derechazo, un cambio de mano echando cuerpo y alma p´alante y vamos que nos vamos a los medios. Ya en la primera tanda con la derecha, con el toro sin hacer del todo, el lienzo con apenas unos trazos pintados y la moneda haciendo el tiovivo en el aire, una tanda con la derecha terminó con un cambio de mano ceñido y denso. Hasta verlo fatigaba. Y otra tanda más de mano baja y cuerpo sin estar, de cambios de mano unidos, la apertura del lío que formó.

Duró eso lo que duró parte del viaje de la moneda hasta caer al suelo, el siguiente camino fue recorrido por una tanda de naturales que no la repite ni él porque es irrepetible. Le saldrá mejor, pero no esa. Abierto el compás para hacer de eje de plomo, suelto el brazo como algodón, y más de los dedos asiendo la muleta, le surgió el toreo tan natural, largo, por abajo, pasando de muslo a muslo el toro de pitón a rabo, la muñeca que gira, torea y alarga y recoge al final. Otra más con la derecha con dos arrucinas de caricia ligadas y el andar hacia adentro sin que se pudiera adivinar lo que podía suceder. Quién iba a saber si era al volapié o recibiendo o nada de las dos cosas o si rabo o el apocalipsis. Pero pinchó dos veces. Dos de algunas muchas. Lo que quedó queda, justo cuando la moneda cayó en la arena. Cara. Tan cara.

Tuvo la corrida de Cuvillo mucha miga y teclas sueltas, un puzzle de movilidad en medio de cierta mansurronería, bravura, casta buena y hasta genio. Uno de Manzanares fue mansito, pero este toreo supo medirlo, acertar en querencias y terrenos, dar mimo con la derecha en tandas suaves y torear como pocos pueden hacerlo en una soberbia tanda con la izquierda, largo, enganchado, cuerpo encajado, brazo suelto. Enorme ese toreo a un toro que se rajó cuando la cosa iba para algo más grande. Lo mato bien, no así el quinto, hechurado y bueno, pero que se paró sin fondo y al que, noticia, pinchó.  De genio el primero, de cara suelta y su guasa por adentro, que prendió a  Fandi en banderillas de forma fea y tuvo arrestos para poner otro par y seguir en la corrida. El otro de su lote fue bravo hasta el desengaño. Es decir, pelín mentiroso pues, vencido, en vez de entregarse entregó la cuchara rajándose. Marco querencia el sexto y a ella fue una y otra vez Talavante, que se enfadó con el toro con ocho naturales y tandas con la derecha casi de rabia. En los medios el toro llevó la cara mas suelta y mas por arriba. Pero la moneda ya había caído a la arena.

Con Dios al pie de la cama de Padilla, indicándole que si se va de la vera del ciclón, me desapunto de él para siempre, creo que a quien Talavante le dijo  que no aceptaba nada de segunda mano fue al Demonio. El sabrá.

Plaza de toros de La Misericordia. Cuarta de la Feria de El Pilar. Lleno. Toros de Núñez del Cuvillo. El Fandi, ovación y ovación; José María Manzanares, oreja con petición de la segunda y silencio y Alejandro Talavante, oreja y ovación tras petición de oreja.