DANIEL VENTURA
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Hoy no se pueden hacer juegos de palabras con Napoleón, no se puede recordar la gloria de los madrileños levantiscos ni se puede hacer memoria histórica o histérica. Al menos, para hablar de lo que pasó en Las Ventas. Porque hablar de eso cuando dos toreros, en circunstancia realmente inhabitual, han abierto la Puerta Grande de Madrid es hacerle injusticia a su toreo, a sus conceptos y a su sangre derramada (incluida la de Ángel Teruel, que quedó inédito y corneado). La abrieron dos toreros, pero sólo la saboreó uno: Morenito de Aranda. Le valió dos orejas una faena bella, lenta y percibida como milagro de la sensibilidad por el público de Las Ventas. No pudo saborearla el que empezó a descerrojarla: López Simón. Torero joven de valor proverbial, él convirtió en heroico lo trágico y demostró una vez más que el toreo es una de las maniobras mejores que ha inventado el hombre para combatir su sino. López Simón, fuera de la razón para conseguir la grandeza, sembró los principios de la épica que este espectáculo renueva de día en día.

El comienzo de la épica a veces se confunde con el comienzo de la tragedia. Es un reflejo de la desconfianza. Por eso, cuando el tercero prendió a López Simón después de haberle clavado la espada, cuando le izó por lo aires y le hendió el pitón como un tornillo, se creyó que lo que pasaba era triste. Pero López Simón no quiso que lo fuera. Con el muslo atravesado y desfallecido, se quedó en el ruedo para terminar lo que había empezado: una faena aguerrida y estética, valerosa y buena, en la que que cada cite de dos tandas soberbias fue firme, cada muletazo le rayó en la barriga y cada viaje de muñeca fue lento. Cuando al toro, que fue noble y encelado, se le acabó el empuje, empezó a protesar y a López Simón le dio lo mismo: en ‘casa’ del toro, le hizo lo que quiso sin enmendarse nunca. La oreja, después de la faena y de la herida, le hacía ley.

Y él quiso hacérsela a Madrid, y sobre todo a él mismo, toreando al que le quedaba. Pidió permiso a Morenito para que le echasen el sexto en cuarto lugar, convenció a la autoridad y así se hiz: salió por toriles uno de Montealto serio como una torre, grande y de condición buena. En lo que tardase la cuadrilla en completar las primeras fases de la lidia, a su matador se le iban a ir escapando la sangre y las fuerzas. Por eso anduvieron ligeros y efectivos. Cuando llegó el momento de tomar la muleta y enfrentar el burel, López Simón se puso como si no tuviese dentro una cornada de dos trayectorias destrozadoras. Quieto, porque ése es el blasón de su toreo, firme porque tiene el valor suficiente para serlo y valiente a carta cabal, López Simón consumó su día épico con una faena más emocionante que ordenada, atravesada a veces de toreo largo y por abajo. Tenía que matar a la primera, para que la épica tuviese el premio de la Puerta Grande. Y así fue. Cortó la oreja, pero la épica le hizo pagar el precio: no se puede salir en hombros mientras a uno le están operando.

Las tardes grandes, y la de hoy lo fue, crecen a veces sin que nos demos cuenta. A ello contribuyó la faena de Morenito de Aranda al quinto de la tarde. El torero, que había saludado una ovación tras dejar dos buenas tandas al natural con el primero, al que faltó potencia para mover tantos kilos, aterrizó en la épica sembrada por López Simón y la alimentó, así es esto, con un registro absolutamente diferente al que había dado el torero herido. Morenito quiere el toreo suave y armónico, no tanto profundo, que también en ocasiones, sino bello y despacioso. Perfecto para recoger la sensibilidad ambiente que López Simón había desenterrado con su alarde. El quinto de Montealto, un toro bueno para el que algunos pidieron la vuelta al ruedo, le permitió explayarse en esa senda. Dos tandas sobre la mano derecha, paradigma de limpieza, fueron solamente el prólogo de una faena que creció en el temple, con el compás del torero abierto. Muletazos, a diestra y siniestra, inapelables como una gran verdad. Y además bellos, como la mayor parte de los adornos. Cuando se fue a por la espada, la misión era asegurar la oreja. Al final resultaron dos, que le abrían, también a él, la Puerta Grande.

Nadie quitó ojo, a pesar de ello, a su faena al sexto. De tipología imponente como toda la corrida, chispeó porque se movía y transmitía peligro. Morenito de Aranda se entregó con él y le aguantó miradas y parones mientras trataba de hilvanarle muletazos templados. Lo logró y fue ovacionado. Ése sexto era el quinto en el papel, el que habrá debido lidiar Ángel Teruel. Pero éste quedó inédito, porque el segundo de la tarde, astifino a más no poder, lo hirió en una colada cuando la faena apenas despegaba.

Plaza de toros de Las Ventas de Madrid. Corrida goyesca del 2 de mayo. Algo menos de media. Toros de Montealto, el quinto, de nombre Frutero, gran ovación en el arrastre. Morenito de Aranda, ovación tras aviso,  dos orejas y ovación en el que mató por Teruel; Ángel Teruel, herido; y López Simón, oreja (herido) y oreja.
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