DANIEL VENTURA
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Madrid (España).El debate en torno a las banderillas es eterno e imposible de cerrar: ¿lucimiento del de plata o todo a favor de la lidia? A los hunos les gusta más lo primero y a los hotros lo segundo, pero ninguno de los dos bandos tiene absoluta razón porque esa razón no existe. Menos aún en el toreo: un prodigio de dinamismo y adaptatividad que algunos se empeñan en ver y contar como canon cerrado e inflexible. La lidia muta, debe mutar, para adaptarse al comportamiento siempre diferente de un toro. Por eso, unas veces toca desmonterarse y otras veces toca hacerlo sencillo, rápido y callado. A veces, incluso, tocan las dos cosas.

Se vio esta tarde en Las Ventas: hubo pares brillantes y también utilísima lidia a favor del toro y, a la postre, del torero. Montoliú, con pureza; Jesús Romero, que lo expuso todo, y Ángel Otero, vibrantemente espectacular, cosecharon algunos de los aplausos más intensos escuchados en un segundo tercio en todo lo que va de Feria. Citaron, fueron, lucieron, brillaron. Bien estuvo y bien estará, siempre que el brillo no sea un empeño que obligue a freír al toro a capotazos. A veces, toca eficacia y hacerlo ligero. Así lo hizo, por ejemplo, Javier Gómez Pascual, de la cuadrilla de Tejela. El pragmatismo en la cara es menos espectacular, pero de vez en cuando no viene mal aplaudirlo.

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