LUTO POR UN PERRO

 

El hombre terminará reuniéndose para el entierro de un perro. Los habrá laicos y con cura. Más o menos del nivel de los entierros de antes de los humanos. Sólo que el hombre terminará reuniéndose con sus semejantes, solemnemente, en el duelo de un can y no en el de duelo enterrado de otros hombres. Ya casi sucede. A quien le importa si el telediario dijo que fueron 37 o 41 los muertos a trozos un martes de posguerra en Bagdad, mientras se haya muerto el perro chico lanudito, tobillero y malhumorado de una vecina de la urbanización. El hombre terminará siendo un animal asocial en su edén de adosados que sólo se dará la mano en el entierro de su mascota.

 

Nos falta poco para llegar a la contracivilización. Ese extremo al que llegan las civilizaciones civilizadísimas, que, de tanto rizar el rizo de la salubridad, de tanta emancipación de los animales, de tanta lucha por legalizar los derechos de los seres irracionales, de tanto cruzarse al pitón contrario en busca de la arcadia feliz, se pasa de pitón y se queda fuera de cacho, pero por el otro lado. Mi perro y yo. El perro por delante. El mejor amigo del hombre.Habríamos de fusilar con balas a quien inventó esta frase, ignominiosa, vergonzante, indigna para el ser humano. Maltratamos tanto al hombre que hasta le prestamos la gripe a las aves. Los pollos estornudan. El pato moquea.

 

La contracivilización ya ha buscado a los animales humanizados su Palestina, su Tierra Prometida: unos al zoo, otros a los adosados, otros a la escalera be cuarto izquierda y entreplanta primera. El derecho constitucional a una vivienda digna para el mejor amigo del hombre y mascotas diversas, no para el propio hombre. ZP dice que es posible la alianza de civilizaciones entre países que ponen los muertos a pedazos para luego pasearlos en hombros por las calles de un telediario, y países en los que el hombre terminará reinventando una religión para enterrar a su mascota. Occidente ya ha encontrado piso a los animales humanizados. Con los que no se dejan humanizar, caso del toro bravo, no sabe que hacer.

 

La civilización es el toro cuando lo es en plenitud porque pone al hombre en sitio. Un espectáculo digno con el toro de por medio es lo más occidental. Cuando es digno. Permite todo. Permite a Medhi Savalli su momento de gloria jugando con el verde magrebí de la vuelta de sus capotes muy cerca del aniversario del 11-M, o el minuto de gloriaa un paracaidista empresarial que cumple su sueño a costa del propio toreo. Lo malo es cuando la civilización del toro bravo permite su descomposición. Cuando comienzan a proliferar las programaciones sin sentido, los montajes, la indignidad de una oferta calamitosa, la obscenidad de los pliegos de usura, la mendicidad entre los profesionales.

 

Una fiesta así deja el camino libre a la contracivilización. Cuando el toreo no lo es en plenitud es un espectáculo lamentable en el que animal y hombre sufren maltrato. Nos queda una baza a jugar a quienes no queremos asistir al entierro social de un perro: mantener un espectáculo digno, cálido por su calidad, fuerte por su fortaleza. El toreo está lleno de chiringuitos creados por vanidad que hay que cerrar con urgencia porque están vendiendo sin licencia producto adulterado. Todo el mundo se cree autorizado para montarse un chiringuito y vender botellón a precio de contrabarrera de sombra. En nombre de la Fiesta. Por el bien de la Fiesta. En realidad los del chiringuito invierten luego en adosadoscon vigilancia 24 horas. Y terminan reuniéndose en acto solemne de la incineración de un can. Del entierro del mejor amigo del hombre. El perro. Del griego Kynos. Osea, CÍNICOS.