Por MÓNICA ALAEJOS

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Es cierto que los espectáculos de masas, entre los que se incluye la fiesta de los toros, pueden explicarse desde el atractivo que llevan inherente para el gran público y que su repercusión económica está de sobra justificada claro está, en unos más que otros. Pero no deja de ser igualmente reseñable que entre todos ellos hay un porqué que debería explicar qué tipo de denominador común tienen para ser acogidos por la sociedad en la que se desarrollan.

Una mirada que vaya más allá del momento de representación y trascienda las fronteras de la duración y la escena de cada uno de ellos para tratar de explicar qué les une y qué les diferencia en el éxito social. Esa sin duda es la mirada que desde el método científico trataría de explicar la sociología de la cultura, el espectáculo es consustancial a la sociedad que lo acoge pero ¿cuáles son las relaciones y funciones de la fiesta de los toros en este caso con la sociedad donde nace y se desarrolla?

Es fácil explicar desde la Sociología cualquier actividad que tenga relación directa o indirecta con el trabajo y el valor cuantificable del mismo pero la pregunta que lanzo desde estas líneas es si es posible explicar de igual manera el resto de actividades sociales que contienen sobre todo la parte más lúdica o si por el contrario, cualquier manifestación artística tan sólo puede argumentarse desde los vínculos laborales del sistema en el que se desarrolla desde una perspectiva funcionalista.

Quizá aporte alguna luz la hipótesis del espectáculo, no como una parte del sistema que funciona a la vez que el resto de la maquinaria, sino como un todo con entidad propia sin la tradicional racionalidad instrumental que lo guía. Quizá deberíamos dejar de contemplar la Tauromaquia como algo marginal o improductivo a nivel social y pasar a tratarla no como un medio sino como un fin en sí misma.

Todo espectáculo es un producto social en necesario proceso continuo de producción pero ‘lo social’ no se forma y luego surge el espectáculo, sino que se debería considerar la premisa de que, por si misma, la Tauromaquia tuviese una justificación más que suficiente para su existencia y participación en la construcción del cambio social. Quizá en esto consista la verdadera y llamada por Vargas Llosa ‘civilización del espectáculo’.
 

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