¿Mejor que nunca? I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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Por razones de público y sólo públicas, la noche del alumbrao en Sevilla va a ser un sábado y no un lunes. Una medida que se toma en función del calendario, en función de sacar un máximo beneficio, en función de las comodidades del público. Porque manda el público y sin él, nadie es nada en este país: ni el cine, ni el fútbol, ni el teatro ni los toros. Por esta razón, el abono de Sevilla organiza las corridas en función de los públicos y ya no es posible esa partición de calidad entre farolillos y pre/feria de hace años. Ya no hay esa diferencia entre el público de calidad de la preferia y el de farolillos, que terminaba siendo más iconoclasta, festivo y hasta hablador.

¿Eso es malo o bueno?. Es. Como es que los públicos de Madrid son los que son y han variado una barbaridad en los últimos diez años. Y en casi todas las ferias. Por eso, satanizar al público de Fallas por reaccionar de una forma determinada ante un toro o una faena, es, además de una pérdida de tiempo, un síntoma de la escasa flexibilidad  mental del taurinismo en latín. El público es el que es, que no es otro que el que compra una entrada. Da igual que acudan una tarde o dos en una feria o en todo el año. La tauromaquia vive de los públicos. Todo vive de los públicos. Y nos se trata de calificarlo descalificarlo, sino de decidir si es o no es soberano. Y, para este medio, el público, será siempre el soberano.

Porque decir que la soberanía de un festejo reside sólo en la minorías entendidas, es tanto como decir que sólo necesitamos al público para que nos pague, a nosotros, los entendidos, nuestra fiesta. Ese concepto elitista se da de bruces con la reiterada necesidad de meter al toreo en la sociedad (públicos) y de tener pegada social. El problema no es el público, sino lo que se le ofrece. A él y al aficionado. Y lo que se les está ofreciendo es un conjunto de prisas armadas en carteles, narradas y contadas en collera con esas prisas. Que, perjudican, sobre todo, al toro. Desde hace muchos años ya. Para nosotros, la conclusión de una mala feria de bravura, las Fallas, no se responde desde una puntualidad contextual sino de un genérico.  Y éste es  que el toro, definitivamente,  se ha salido de madre.

Es mentira que sólo algunos encastes hayan sufrido la malformación genética y selectiva del tamaño. No sólo santacoloma, o saltillo. ‘Lo de Domecq’ está embastecido, muchas veces irreconocible. En muchas ganaderías. Si el toro bravo , en su origen, era fino y selecto, hoy ya no lo es. Hay un palmo de alzada más, o dos, hay manos más altas, la proporción de toros despegados del suelo es grande. Piel, pezuñas, sienes… Miren el toro de Fallas. Y esa realidad, la que constata que el toro, casi todos los toros, están fuera de su lugar natural, es el problema a pensar y a resolver, y no si el público sabe o no sabe de toros.

Un toro desnaturalizado en su morfología es el inicio de un cambio hacia alguna parte. Si nadie duda que el toro de hoy tiene más kilos, más amplitud de sienes, las manos y la cruz  más altas. Si nadie duda de que el toro se nos salió de madre (insistimos, no solo los encastes que casi no están, sino el que más está,  ‘lo de Domecq’, más que ningún otro) que nos digan los ganaderos, los toreros y los empresarios hacia dónde vamos. Hacia donde quieren ir. Porque meter más velocidad al toro más grande y sobre todo, al toro morfológicamente  más basto y vulgar  de la historia del toreo, es ir hacia atrás, pero con más tamaño. Es involución, no evolución. Y es cierto que la lidia de hoy, exige al toro una barbaridad. Pero no sabemos si ya le exige más duración para desarrollar bravura hacia la entrega  o más duración para solo  soportar movilidad continuada.

Todos estamos de acuerdo con la necesidad de bravura y casta. Son imprescindibles  La suma de las dos siempre dará el toro de poder. Pero, sobre todo, el toro de otro poder: el de poder torearlo si se puede y se sabe torear. Pero bravura, raza, fuerza, van en un esqueleto, en un cuerpo. Y ese no puede ser el cuerpo del toro de hoy, una aberración morfológica del toro de lidia. En dos décadas  se ha intentado un imposible:  hacer del toro basto de hoy un toro bravo hacia la entrega mediante el poder, un toro para hacer  el toreo. Si somos sinceros, hoy el toro que, podido por capote, peto y muleta, se entrega de verdad por abajo y hasta el final, embistiendo con  el pitón de dentro y no con el de fuera, es escaso. Esta es una conclusión silenciada a voces entre toreros, ganaderos y aficionados. Pero nadie la lanza al público.

Y este análisis es el problema de futuro a resolver. Entraremos en la década de los años veinte del siglo XXI dudando  de dos cuestiones admitidas como válidas de las  la que comenzamos a ser descreídos. Puede que ya comience a no ser verdad que  estemos ante el toro más bravo de la historia. Puede que ya no sea cierto del todo que se torea mejor que nunca. 

Porque puede que estemos confundiendo las cosas y estemos en el camino hacia un toro: hacia el toro al que más cosas se le pueden hacer de toda la historia del toreo. Y ante un toreo y unos toreros que son capaces de hacerle cosas inimaginables a los toros. Cosas inauditas en terrenos, proximidades, inercias, movilidades. Posiblemente estemos ante esta situación. Si decidimos que la Fiesta vaya por ese lugar, admitamos entonces que los públicos vayan por esos lugares en sus reacciones. Porque pretender hacer el toreo que nos pone de acuerdo a todos seleccionando un toro para hacerle tantas cosas, con las hechuras de hoy (no sólo tamaño,  sino, más importante, la  conformación del cuerpo) ha sido el vano intento de las últimas décadas. Basta con observar que, por crecer, ha crecido hasta el carro de entreno, que luce una cornamenta abierta, unas ‘sienes amplias’ para un aprendizaje de toreo de líneas que salve la morfología de lo que antaño era un toro que si ‘cabía’ en los vuelos de la muleta.

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