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Mérida (Venezuela). Morante no cortó orejas. Ni falta que hicieron. Su despliegue de torería con un manso de libro fue largamente valorado y agradecido. Nada pudo hacer en su primero, toro rajado desde el tercio de banderillas, y aunque el quinto tampoco fue un dechado de virtudes, le cuajó el sevillano un saludo antológico con el capote. Hubo cuatro lances monumentales en medio del barrizal antes de que el toro cantara su condición. No le importó al torero la mansedumbre del ejemplar de Hugo Domingo Molina, le buscó las vueltas con torería, y cuando lo estaba metiendo en el canasto, le sorprendió con un derrote y le propinó una voltereta tremenda.

Salió Morante resentido, con un fuerte golpe en la rodilla izquierda, que apenas podía apoyar, pero se mantuvo en el ruedo y siguio toreando a pesar de la merma física. Esfuerzo grande del torero. Vergüenza torera también, a pesar de que el toro nunca le quiso colaborar. Se pidió con fuerza la oreja después de que el toro se resistiera a claudicar. No la concedió el presidente de modo incomprensible, pero la ovación fue de las grandes. Porque lo que hizo el genio de La Pueblafue inolvidable.

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