A los 32 años es joven. Y vieja. Más que vieja, nuestra Constitución, que es el pìlar que nos asegura la igualdad de derechos y deberes, ya no encaja aspiraciones políticas de muchos partidos nacionalistas. Desde hace una década se hace evidente que algunos Gobiernos de las Autonomías, en especial en Cataluña, su deseo de gobierno no encaja con la Constitución. Es el suyo contra el de todos. Es el discurso de la legitimidad a ser diferente frente al derecho y al deber de todos. Y dentro de esos derechos y deberes está la norma común sobre cuestiones básicas como la fiscalidad, la lengua, la educación… y las tradiciones, usos, costumbres, es decir, el toreo entre otras más cosas. 

El toreo y su fiesta han sido y son uno de los discursos diferenciadores de quienes desde Cataluña caminan o galopan hacia la independencia. Un camino que quiebra la Constitución. Se ordena, legisla, vota y se hace política a espaldas de la misma. Como ha sucedido con la Fiesta de Toros, elemento de discurso político diferenciador empleado justo en medio de dos debilidades: la de una promoción taurina en quiebra, con Balañá en las catacumbas y una debilidad política de la idea de Constitución en un tripartito chapucero, un gobierno a la italiana que voceó mucho y discutió sobre todo. Haciendo el humo necesario para avanzar hacia su idea de independencia. Para la clase política catalana ellos son una nación y, a decir de ellos, una nación que no quiere toros.
 
Para decir NO a algo que es SÍ en el Estado, hay que saltarse la Constitución. Para decir NO a los toros que la Constitución dice SÍ, hay que saltársela a la torera.  Y eso se ha hecho en Cataluña. Lo lamentable es que en el resto del país y sobre todo, en la capital del Reino el partido en el poder no quiera verlo. No es que no quieran decidir sobre toros sí o no, es que decir sí a la Constitucionalidad obligada de los toros, es decirles no a los catalanes nacionalistas. No quiere verlo porque, de reconocerlo, reconoce algo que no desea reconocer: que está permitiendo legislar a espaldas de la Carta Marga. Somos testigos de una usurpación legal pero ilegítima en la que el toro, ya lo dijo el genio de Ortega, es base para conocer la realidad de España. Nadie se atreve a decir que la Constitución se le quedó viejazo chica o que no la quiere. Pero se la ningunea a diario. Y el toreo es una de las raíces de esta comunidad plural que se llama España, la que ya lo está pagando.