Para un empresario, el mejor incentivo son unas cifras que cuadren. Martín Lorca ha renunciado en Burgos a la prórroga a la que tenía derecho porque las suyas, sus cifras, no cuadran. Alega el empresario falta de rentabilidad y “mínimo margen de maniobra”. Dos años organizando, junto a José Carlos Escribano, la Feria de la ciudad, y dos años en los que la respuesta del público ha sido notable, registrándose entradas superiores casi todos los días a los tres cuartos de plaza. Pero no es oro todo lo que reluce, y los números no cuadran.

Y no cuadran porque no pueden cuadrar. No pueden hacerlo, al menos, mientras sigan vigentes unos pliegos que imponen a los empresarios condiciones más propias de un régimen feudal que de una sociedad moderna: el derecho de pernada tiene forma, en el negocio taurino, de cesión de las mejores entradas y las más caras a la propiedad de la plaza, véase Ayuntamiento, véase Administración, con el consiguiente perjuicio económico. Pero no sólo eso: en el caso de Burgos, el empresario estaba obligado a aplicar a nada menos que 3000 abonos (los destinados a las peñas), unos jugosos descuentos que dejaban su margen de ganancia en unos niveles pírricos. Pero el despropósito del abuso es osado: el empresario debía pagar además un canon de arrendamiento que no bajaba en ningún caso de los 90000 euros. La sangría a la que se somete a muchos empresarios tiene unas consecuencias no por lógicas menos dramáticas: para que quede algo en las alforjas, se reducen inversiones y gastos, lo que se refleja en la confección de “carteles baratos”, muy poco atractivos para el público. Y así, poquito a poco, en medio de una inconsciente abulia, van socavándose los cimientos de la Fiesta. No es que el empresario no deba pagar nada por la explotación de la plaza; es, más bien, que los Ayuntamientos y las Administraciones públicas no se conviertan en matones de gesto fiero y con un bate de béisbol en las manos, amenazando la caja de caudales.

Porque como la de todo matón o abusón, su actitud es la del necio. En unos tiempos en los que la crisis, por profunda y generalizada, se hace notar en todas las economías, parece poco inteligente que las Administraciones insistan en asfixiar al empresario con unos pliegos que más parecen “de castigo” que “de condiciones”. La inferencia desmesurada de la Administración en la iniciativa privada es casi siempre dañina, aunque ahora esté de moda subvencionar bancos. No es por el bien del empresario, sino por el de la Fiesta, de la que el empresario es pilar insustituible (en su condición de motor de la maquinaria), que las Administraciones están obligadas a revisar este invierno las condiciones con las que lastran una industria, la taurina, que representa, aún así, cerca del 3% del Producto Interior Bruto del país. Esta revisión debería ir acompañada de una reflexión profunda y rigurosa sobre el papel que la Administración Pública debe desempeñar en el futuro de la Fiesta de los toros. El papel que ha venido desempeñando hasta ahora ha favorecido, casi siempre, el tejemaneje y la corrupción. Se impone la reflexión, puesto que sin ella, puede que el futuro de la Fiesta sea sólo una entelequia.

Otro asunto, que también afecta a uno de los pilares de la Fiesta y que requiere revisión urgente, es el del precio del toro de lidia. El ganadero vende hoy sus toros al mismo precio que hace diez años, es decir, en unas tasas que ignoran la virulenta subida de los precios del cereal y los piensos. El mercado del toro de lidia es inviable, pues ignora el crecimiento de los costes de producción y obliga al ganadero, para sobrevivir, a reducir costes: también el toro mal criado es uno de los talones de Aquiles de la Fiesta. Que no nos despisten los triunfos, las gestas y la batalla encarnizada en el escalafón. Todos los que tienen un papel en el mundo taurino han de aprovechar cada oportunidad que tengan de mejorar la obra de la que son actores principales. Ahora que la crisis va a sacudir alfombras y remover cimientos, utilicen los cascotes viejos para construir un edificio más flexible, más transparente, más racional y más útil. Para que los triunfos y las gestas puedan seguir dándose.