El regreso de Morante de la Puebla al hotel negándose a torear a punto de hacer el paseíllo en Roquetas, no es una anécdota del verano. Ni un capricho. Sin duda alguna en absolutamente inhabitual y pueda parecer una desconsideración al público que
había pagado su entrada,  pero ninguna de estas dos apreciaciones es correcta. Hacer algo no usual no quiere decir que no se haga lo correcto. Por otra parte, perderse el respeto es el primer paso para perder el respeto al público. No se conoce ninguna manifestación artística que satisfaga al público si el propio
artista va contraquerencia. Es una forma de engañar: ir sin querer ir, o estar sin querer estar.

Sea como fuere, el toreo se tendría que ganar el respeto con más frecuencia, en casos como este y similares. Y los ganaderos y los empresarios también. Se ha
convertido en norma una serie de relaciones contractuales donde la palabra dada, esa que antes iba a misa y en latín, ya no vale. Ganaderos que apartan y apalabran una corrida y se la dejan colgada porque hace una semana salió mala en otra plaza. Una razón absolutamente absurda. Toreros que pactan o firmen un
dinero, toros, cartel y condiciones y no se cumplen. Empresarios que acuden a licitar por plazas a sabiendas que sólo reduciendo costes pueden obtener beneficios. Esto es una falta de respeto. Faltarse al respeto uno mismo es el
principio de la decadencia.

Hace unas fechas Roberto Domínguez, apoderado de El Juli, dijo que su torero no mandaba el ignominioso, legal y al mismo tiempo fraudulento “parte facultativo” para no ir a torear a una plaza. La razón: consideraba que los toros anunciados que habían sido rechazados, servían de sobra. En su derecho, firmado un contrato con determinada ganadería, hizo uso de su derecho legítimo y El Julino toreó, pero sin mandar “parte”. Sin engañar. Sin perderse el respeto.

Hay mucho respeto perdido en esto
del toro. En el mundo del empresario, la aceptación de unos pliegos de condiciones medievales y asfixiantes. En el mundo de los ganaderos, sustituir a un colega al que rechazan una corrida que sirve. En el mundo de los
banderilleros, alzar la voz ante una situación menor, pero hacer la vista gorda en casos reiterados y latentes. En el mundo de los novilleros ni hablamos pues el respeto ya es una cosa de ciencia ficción. Pero si el toreo fue y es grandeza, siempre lo será si la palabra se mantiene, si se es leal con su gremio, si se abandona la mediocridad y el miedo. Respetarse es el primer paso para respetar al público.