Un toro de Cebada Gago para quien el público, el torero y el ganadero desearon el indulto. Plaza de Almería. Dos orejas demandadas con insistencia para Diego Urdiales sin ser concedidas. Plaza de Bilbao. Toros que se van a ver en el campo y se dan su visto bueno y luego se rechazan. Plaza de Málaga. Disparidad de criterios a la hora de conceder orejas y disparidad de criterios sobre el trapío del toro según ganadería “adepta o no”.Plaza de Las Ventas. Toros devueltos a los corrales sin razón siendo muy aptos para la lidia y toros que quedan en el ruedo no aptos para la lidia. Multas a profesionales con criterio y razones muy diversas y a veces pueriles… Diversas y múltiples plazas de toros de España…

Todos estos ejemplos y muchos más tienen como protagonista a un mismo lugar y un mismo personaje o función: el presidente de los festejos. Este personaje de vital importancia, es la punta del iceberg de la norma. Es el encargado de hacer cumplir el reglamento o los reglamentos que existen.  Ser presidente de plaza de toros no es una profesión, pero decide sobre contenidos absolutamente profesionales: lo es el torero, el ganadero y el empresario de la plaza en donde ocupa el palco. Un gran absurdo, pero una certeza real. El presidente es nombrado, no por un colegio o consenso de gentes del espectáculo, ni siquiera entre ellos mismos, sino por una administración. Por la misma administración que hace la norma, redacta las condiciones de gestionar la plaza, recauda e impone carteles y festejos. Por alguien absolutamente ajeno al espectáculo . No tiene responsabilidad alguna y sus decisiones no son recurribles, a no ser que se decida llegar hasta la justicia ordinaria.

Imaginemos por un momento que a los jueces de las disciplinas olímpicas los nombras las autoridades administrativas o que a los árbitros de fútbol los nombran los cuerpos de policía o las administraciones de entre aficionados al fútbol o miembros de la seguridad. Impensable. Menos en el toreo. Los presidentes suelen vivir muy apegados a las minorías de presión (grupos de aficionados, clubes, peñas) que se retroalimentan en función de “su” concepto de la tauromaquia y del espectáculo. Es su concepto, sus principios y sus gustos, que suelen coincidir en una señal marcada de lo “puro” o lo “auténtico” convirtiéndose de facto en salvaguarda de ese concepto privado de pureza. Salvar el honor de la plaza y de la afición como lema, cuestión que les reviste de una especie de liderazgo post corrida con el que alimentar a su grupo el resto del año.

Todo el mundo tiene derecho a tener gustos y opiniones. Too el mundo pitaría penalti en caso de duda a favor de su equipo. Pero afortunadamente no todos pitan los partidos de fútbol, los aficionados no arbitran a su equipo ni al rival. Opinan, si, pero no deciden. En el toreo ocurre al revés: el profesional está bajo la dirección del que no lo es sin que exista colegio, examen, prueba de conocimiento o cosa similar. Por el artículo 33. Este medio nada tiene contra uno u otro presidente de una u otra plaza. Pero este medio lleva años (y seguirá haciéndolo) denunciando un sistema absurdo, injusto, incompetente y descerebrado que está minando la lógica de este espectáculo. Porque mientras el toreo no sea capaz de de regularse, estructurarse y tener la independencia de otros espectáculos en los modelos y normas de gestión y dirección de su propio hábitat, éste siempre será un espectáculo menor, vigilado y sin el más mínimo avance y proyección de futuro. Esta sigue siendo nuestra lucha.