En la Feria de Julio de Valencia de este año se ha producido un hecho histórico. Los veterinarios de la plaza  y la presidencia,  rechazaron  una corrida completa de Samuel Flores que iban a lidiar Enrique Ponce, Manuel Jesús Cid “El Cid” y David Fandila “El Fandi”. Las razones reglamentarias de la autoridad mezclaron la sospecha de manipulación en las astas y la falta de trapío. El ganadero ha anunciado su intención de lidiar esa corrida en otra plaza, de mandar analizar los pitones (en los que los veterinarios “sospechaban” manipulación) y de querellarse contra la autoridad por daños y perjuicios.

Vistas las fotos de la corrida, se entiende más la sorpresa y la inmediatamente posterior indignación del ganadero, cuanto menos se entiende la decisión de los “especialistas”. Un recurso táctico consiste en ocultar a nuestro enemigo, todo el tiempo que nos sea posible, nuestro verdadero objetivo, para que así no sepa cuál de sus puntos débiles es necesario que proteja con más ahínco. Algo parecido hicieron en Valencia con los “samueles”: desenvainando el Reglamento, que en su confusión les da un poder desmesurado, acusaban a la corrida de esto y de aquello, de trapío ausente y de pitones sobeteados.

¿Podría la corrida estar mejor rematada? Seguramente. ¿Podría la corrida tener más cara? Sí, también. ¿Era la corrida de SamuelFlores una corrida digna para la plaza de Valencia? Rotundamente sí. Y sí, con toda la contundencia a la que obliga la objetividad. Lo que pasa es que la Autoridad es la Autoridad, y campa por sus deudos sin nadie que pueda llevarle la contraria con un peritaje paralelo o una opinión de defensa. Deciden sin responsabilidad alguna. Pero en este mundo las decisiones sin responsabilidad suelen perjudicar. Toda decisión que perjudique a un segundo o tercero sin que éste pueda defenderse es ilógica e injusta.

Esta decisión afirma por sospecha válida a ojo, que Samuel Flores afeitó a sus toros. Es muy grave. El daño no sólo se le ha infligido al ganadero. La corrida de Samuel iba a ser lidiada por Enrique Ponce, El Cid y El Fandi, a los que la autoridad, la supuesta inefabilidad inherente a la palabra “especialista”, han acusado de forma directa de anunciarse con toros de pitones  sospechosos  de manipulación. Y al empresario, también, de admitir una corrida fraudulenta. Por una razón de peso muy específico: yo sospecho. No afirmo ni demuestro, sospecho. Y como soy la autoridad, me basta con la sospecha.

La crítica a esa Autoridad no responde solamente a un caso puntual. Un hombre puede equivocarse una vez y no ser tonto. Habría que empezar a valorar si aplicarle el adjetivo cuando se equivocase muchas veces. Con la Autoridad ocurre lo mismo. Y esta Autoridad, este reducidísimo e infalible sanedrín sin responsabilidades posteriores sobre sus decisiones, se ha equivocado muchas veces. Por suerte, existe un lugar cuyo nombre también se escribe con mayúsculas, en el que los errores de esta Autoridad son señalados en sentencias: los Tribunales. Samuel Flores ha anunciado su intención de lidiar la corrida rechazada, de mandar analizar los pitones y de querellarse contra esa Autoridad cuando los resultados de esos análisis den negativo en manipulación. La Autoridad debería estar preocupada, porque últimamente, los jueces les enmiendan la plana cada vez con mayor frecuencia. Basta con ir a las hemerotecas.

El toreo vive pensando que los reglamentos son la Biblia y la Ley. No son ninguna de las dos cosas. El Reglamento no es el texto sagrado de nada. Y menos, ley. Se desarrollan bajo la sombra de una ley, pero no son la ley. La ley es algo de rango muy superior. Y la ley, los jueces, a los que a veces acude el toreo en busca de amparo, están dictando sentencias que ponen en tela de juicio las decisiones de la autoridad. Cada vez queda menos tiempo para que el toreo se ajuste de verdad en el marco legal del derecho, allí donde la sospecha no es nada más que una sospecha y no el pasaporte y la carta verde a decisiones que se toman sin importar qué honor, trabajo, dignidad, negocio se esté coceando y ensuciando.