La necesidad de la actuación del sobresaliente en la plaza de Las Ventas el pasado sábado tuvo un final feliz. Pero se antoja demasiado azaroso. Pudo acabar mal en el segundo toro, si el pitón que hirió los testículos y el pene de Perera hace más destrozos. O simplemente si el torero no hubiera sido tan hombre como para seguir en la lidia. A su lado, dos toreros dignos sin culpa ni trampa contratados tal y como marca el Reglamento, pero poco capaces para hacerse cargo del espectáculo y mucho menos capacitados para dar vida y continuidad a una corrida de espectación. Para mantener el nivel. Estaban cumpliéndose la norma. Pero la norma, una vez más, es fatua, irrisoria, alejada de los derechos del púlico. Saleri, más veterano que su compañero, ni siquiera había confirmado la alternativa. No los ampara. Pocas veces lo hace.

La ley es necesaria. Imprescindible en el trato diario del hombre con el hombre. La ley nos hace iguales porque es un código escrito para todos. Pero la ley no es la norma. Una ley se hace debatida entre iguales. Una norma rara vez. La norma, un reglamento, por ejemplo, es un texto que nace desde el poder o desde la administración. Las reglas del juego de un espectáculo que no sean credas por él mismo son una coacción y una injerencia. Van en detrimento del mismo y atentan contra los derechos del público. De quien paga y lo sostiene. El fútbol tiene sus propias normas por debajo de la ley. Todos los deportes y espectaculos públicos la tienen. Mejoran cada día o intentan hacerlo en función del interés de los que lo sostienen.

No hace tanto hemos vivido la impotencia de aficionados y abonados camino de una plaza, Sevilla, sabiendo que no se iba a celebrar el espetáculo. Es absurdo, es una forma de castigar y maltratar al cliente, basándose en lo que permite el Reglamento. La norma va en contra de los intereses del aficionado. Y a favor de la empresa y en contra de la lógica. El asunto del sobresaliente es un absurdo del tamaño visto y vivido el sábado en la encerrona de Perera. Pero nadie hace nada. Ni el taurino ni quien hace la norma. Se cumple con el Reglamento. Los espadas metidos en años y/o en el final lógico de su apuesta por el riesgo viven horas (meses, temporadas) de prórroga de sus carreras amparándose en la norma del director de lidia. Del “uno por delante” Director es, según la norma, el más viejo, no el más solvente. Un matador con 20 corridas de toros y 8 años de alterntiva es hoy, según la norma, un veterano de oficio mayor que un torero con tres años de doctorado y más de cien festejos a sus espaldas.

Un absurdo que vuelve a llevar al toreo al despitagorismo, a la dedocracia, a no fomentar el interés , a la trampa, al cartel barato, …es decir, a sumar dos y dos para que resulten seis. La norma de este espectáculo de toros necesita una urgente revisión en muchos campos. Pero sobre todo, en el derecho del público y del abonado. Y en su interés y en su reclamo. Los taurinos o empresarios parecen vivir bien bajo el yugo de reconocimientos impuestos, toros administrativos, toros de las doce de la mañana, pliegos dañinos de subastas enloquecidas, normas absurdas…No hacen nada o muy poco por cambiar este panorama. Al parecer la endogamia y la costumbre hace del toreo una especie de determinismo de brazos caidos. Sólo que aún hay brazos para ser levantados y denunciar que este sistema no es sano. Que hace aguas.