C.R.V.
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Cuando no pasa nada, pasa más tarde. El toro concede treguas de paz. Habíamos hecho ya un encierro previsible, un encierro para la televisión, un encierro mediático, un encierro sin sangre. Y el toreo y el toro y los encieros, tarde o temprano se cobran el tributo de las cornadas. La sangre. Esa que sus noticias llegaban a toda Pamplona  desde Estafeta, volando en los gritos de los que presenciaban los 32 segundos que un toro tuvo a merced a un mozo.

A estas alturas uno sabe donde está y a que rincón del mundo pertenece, por eso , pero afirmo que el toreo vive de eso, de las cornadas. Mejor dicho, eso es el toreo o al menos esa parte forma parte de un todo todo por lo que nadie nos puede globalizar ni colonizar.  Siempre al lado de arte. Pero qué arte no global, no colonizado, que arte de seres independientes unidos, no tiene el riesgo del dolor. Viendo las imágenes de Estafeta, cómo nos van a entender los que no admiran la adrenalina, que es el sudor del valor y el sudor del miedo. Esto es para hombres y mujeres, de acuerdo. Pero hombres y mujeres libres que no acatan el ando de una sociedad anodina, simple, sumisa.

Más de cinco minutos tardo el toro descolgado de la mana en entrar a los corrales. Cinco minutos de pánico, de miedo, de valor. Cinco minutos de mensaje para un ese mundo que nos ve por todas las teles del mundo y que, ciegos de sentimiento y razón, no observan lo que aquí se hace: vivir, rendir tributo a la vida, a las tradiciones. Entre traiciones y tradiciones, hemos elegido la lealtad a lo que nos enseñaron los ancestros.

Ya iba siendo la hora. Con tanta seguridad, tanta velocidad, tanto récord, habíamos hecho un toro para la tele y un encierro para la tele y una corrida para la tele. Y siendo la tele necesaria, era ya hora de un toro sólo, descolgado, repartiendo dosis de pánico y cornadas. Nada más cierto, mas real, mas sensible, mas humano, mas imperecedero, que la carne y su dolor cuando de abre, se rompe, se raja…nada iguala a la generosidad de los hombres que consiste en soportarla en silencio, curar las heridas y volver a jugarse la carne.

Al fin y al cabo, donde está el alma sino es en cada vena, en cada arteria, en cada fibra y en cada hueso.

 

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