Así estaba la plaza de Castellón | ALBERTO DE JESÚS

MUNDOTORO > Madrid

Hemos suicidado a nuestro miedo, derrotamos a nuestra vergüenza, comenzamos a andar. Nos hemos demostrado que se puede salir a la calle, a recuperar la dignidad robada en décadas de políticas sin voluntad de aplicar las leyes que nos amparan. A la tauromaquia. Hoy, en Castellón, comienza la movilización de una masa hasta ahora de mármol, quieta. Con una juventud gozosa de sus selfis, con unas instituciones sin crédito que, no hace tanto, apenas reunieron en Madrid, hace unas fechas, a 300 personas. El poder civil, la gente, el de a pie, ha salido a la calle. Los de los toros de los pueblos y los de los toros en la plaza juntos sin mermeladas intelectuales ni fiestas de glamour.

Peñas de toda la vida, del pueblo. Bajaron desde Tarragona, desde toda La Plana. El pueblo. Ninguna Institución oficial hizo campaña ni alentó a sus huestes para que fueran. Da igual, porque no tienen huestes que movilizar. Caben en un taxi todos juntos. Queda demostrado hoy que si el pueblo quiere, el publico de a pie, el aficionado, la calle será el gran foro popular de la tauromaquia. Con un civismo inmaculado, desbordando las previsiones policiales. Ni un sólo altercado.

Viendo a ese mar de almas en ciudad tan chica, recordamos las palabras de padre del libre pensamiento, Jhon Locke. La libertad del hombre en sociedad consiste en no verse sometido más que al poder legislativo, establecido de común acuerdo en el Estado, y en no reconocer ninguna autoridad ni ninguna ley fuera de las creadas por ese poder.

La tauromaquia no reconoce otra autoridad que la ley. Los pueblos de la tauromaquia no son ciudadanos de segunda. Los pueblos del toro exigen la ley, sus derechos y libertades. Que se cumpla la ley. Que se haga valer nuestro Patrimonio Cultural desde el mandato de la madre de todas las leyes, la Constitución. La tauromaquia no pide subvenciones, caridad ni limosnas. No llora a papá Estado. La tauromaquia y sus gentes cumplen con sus obligaciones e impuestos.

Las gentes del toreo, ciudadanos libres de este país, hemos sido agredidos, insultados camino de la plaza, violentados su actos culturales, sin que autoridad, juez o policía alguna nos haya protegido. Así ha sido año tras año, transmitiendo a la sociedad el mensaje que eso nos sucede porque sobramos. Porque somos bárbaros. Pero no sólo no lo somos. Tenemos en nuestro ADN un civismo y una tolerancia en desuso. Sólo nos faltaba dejar de ser el mármol de las tumbas. Quizá comencemos ahora a soltar el lastre que tenemos.

Que es el de unas instituciones y sectores profesionales excesivamente esclavos de las administraciones, por tanto, de la clase política. La que concede las plazas, pone  las normas, juega a componer carteles. La misma que recauda impuestos, la misma que cobra piso de plaza en arrendamientos, la misma que concede presupuestos a los artistas de la música, el cine, la danza, el circo y no a la tauromaquia, incumpliendo un mandato de la Constitución, que, por cierto, tiene en el congelador de sus sentencias una sobre el toreo que clama al cielo.

Ese es el camino. Moverse. Dejar de mirarnos al ombligo y dejar de ser pusilánimes. Quizá hicimos una tauromaquia excesivamente urbana y de una languidez social pesebrista. Porque no tenemos líderes, no tenemos voces concretas, no tenemos los hombres y las mujeres que muevan, que clamen, que argumenten, que sean socialmente directos. Nos negamos a ser ciudadanos  de segunda clase. Nos han negado hasta el talento que tenemos. Lo desprecian, lo prohíben, lo maltratan. Quizá porque el talento sin cojones (perdón por la palabra tan ad hoc, que nadie se escandalice al leerlo en un editorial) no es nada.

Pero esos, haberlos hailos.
Chapeau, Castellón.