icono-sumario Tenemos la obligación de insistir en que, primero, formamos parte de un colectivo, cohesionado en tiempo y espacio por una idea cultural y un sentimiento de tradición. Y exigir a la justicia que seamos tratados como tales.

icono-sumario No se queman los corrales del gas por ser corrales, sino corrales para la tauromaquia. No se escupe a insulta a gente que acude a un coso taurino por ser gente, sino por ser gente de toros

icono-sumario De la misma forma que no se tacha de ‘maricón’ a un hombre por ser fulano de tal, sino por su odio a la homosexualidad, no se tacha de ‘asesino’ a un hombre por otra razón que no sea la de pertenecer a un colectivo llamado tauromaquia.

Fotografía de la pasada manifestación en Bogotá I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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Cómo hemos llegado a ser ciudadanos españoles excluidos de derechos constitucionales básicos no se sabe, pero si sabemos que eso es cierto. Desde hace década y media, en este país se ha instituido el tiro al blanco al aficionado, a la tauromaquia y a todo lo que ella integra, con disparos por tierra, mar y aire: redes sociales, webs, blogs, manifestaciones tipo escrache, pedradas como las de Granada o incendios como los de los Corrales del Gas. Un español que rocen en algo a la tauromaquia, es objetivo de estas acciones y lo es desde la mayor impunidad de responsabilidad legal, penal o ejercicio de la autoridad policial. Un indeseable como el holandés saltador, con cuentas pendientes con la justicia, puede saltar 32 veces a un coso sin que la justicia le haga y nos haga justicia. ¿Se imaginan eso en un teatro, en el fútbol, en el parlamento?

Y no son casos aislados, ni, como los tribunales pretenden hacer ver, casos de violencia individual contra sujetos particulares, sino el ataque violento y sistemático a un colectivo por razón de su cultura, ideas, principios y éticas. Asistimos en tiempo y espacio a lo que ley recoge como un delito de incitación al odio. El artículo 510 del Código Penal castiga con prisión de uno a tres años y multa de seis a doce meses a aquellos que provocaran a la discriminación, al odio o a la violencia contra grupos o asociaciones, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia o raza, su origen nacional, su sexo, orientación sexual, enfermedad o minusvalía. 

Tenemos la obligación de insistir en que, primero, formamos parte de un colectivo, cohesionado en tiempo y espacio por una idea cultural y un sentimiento de tradición. Y exigir a la justicia que seamos tratados como tales. A todos los violentos y frente a todos los actos de odio y persecución, la ley que se aplica es la resultante de un asunto de un privado contra otro privado. Una multa del precio de tres cañas en la barra de un bar. Si alguien insulta y veja a homosexual por razón de serlo, o a un musulmán o gitano o una mujer u a otros colectivos reconocidos, el delito que se aplica es el de incitación al odio. Existe, si o si, con mil pruebas estructurales reales, que en más de una década y media no se insulta a Víctor Barrio por ser hombre sino por ser torero.

No se queman los corrales del gas por ser corrales, sino corrales para la tauromaquia. No se escupe a insulta a gente que acude a un coso taurino por ser gente, sino por ser gente de toros, no se lanza piedras desde una grada a público, sino a público de toros, no se veja a un niño como Adrián por ser niño sino por tener apego a los toros. No se elimina una foto de Padilla de una exposición por ser Padilla, sino por ser torero. Y así en todos los casos desde hace más de quince años. A que esperamos para exigir ser considerados como colectivo y sufrir agresiones continuadas por razón de odio a ese colectivo.

No se hackean correos, no se introducen virus contra una web de toros por el hecho de ser web sino por ser de toros. De la misma forma que no se tacha de ‘maricón’ a un hombre por ser fulano de tal, sino por su odio a la homosexualidad, no se tacha de ‘asesino’ a un hombre por otra razón que no sea la de pertenecer a un colectivo llamado tauromaquia. Me cuentan el caso del autor de una novela que fue aceptada por tres editoriales de fama. Con la misma condición para su publicación: que en la biografía del autor no apareciera nada de toros. ¿Se imaginan este mismo caso para  un escritor gitano, homosexual, musulmán…? El escándalo  sería mayúsculo hasta el límite de cerrar las tres renombradas editoriales. Y si alguien cree que el ejemplo el autor obligado a eliminar su realidad taurina, es ejemplo ficticio, que pidan pruebas, que las tengo. Le sucedió a quien firma este artículo.

No soy gay para que rechacen mi creación por serlo, no soy gitano para que la rechacen por serlo, no soy mujer para que me exijan vejaciones desde el machismo editorial, ni soy lesbiana, ni soy  musulmán,…Resulta que sólo soy un escritor afín a la cultura de la tauromaquia, y, como tal, pueden exigirme que renuncie a ella para publicar. Esta es la realidad de este país. Esta es nuestra realidad. Es hora de alzar la voz todos y todos a le vez. Basta ya.