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Todo consiste en saber qué somos por dentro. Ahí hay un consenso de sangre en la que todos llevamos la Tauromaquia. Todos. Los de los toros de la calle, los de la sombra, los del sol, de ciudad y/o de los pueblos . La cuestión está en que somos por fuera. No como pregunta, sino como afirmación: el público de toros se muestra por fuera, decide ser de sol y ejercer de ello, decide ser de sombra y hacerse frontera con el sol, comportarse como partícipe del toro popular y no de de los demás toros. Decide, para resumir en falsos términos: que es del toro ‘torista’ y no del toro ‘torerista’ en un cainismo absurdo.

Lo del Domingo de Ramos en Madrid no supuso la conclusión de la muerte sin puntilla del ‘torismo‘. Nadie mata lo que no existe ni se muere lo que no es vivo. De la misma forma, una corrida mala del ‘otro palo’ no mata nada. Porque el otro palo, el toro ‘torerista’, jamás ha existido. Son dos invenciones.Dos falacias, dos estratagemas, dos espejismos, dos sombras que extorsionan el cuerpo real que somos por dentro. Esta diferencia inexistente es el uso demagogo de aquello tan español que afirma que, para que uno tenga éxito, o para que exista, ha de suceder que el otro no exista o que fracase.

España es así, y en el toreo se muestra: el éxito no es el talento de uno sino el fracaso del otro. Siendo más sencillo, más justo y hasta más rentable la suma de palos distintos, de ideas distintas, de sensibilidades distintas , hemos elegido la opción más aberrante: la de empujar al otro para estar yo. Cuando hay espacio para todos. Es tan cierto que el Domingo de Ramos en Madrid, se dieron connotaciones del guión hispano bíblico de cómo, siempre que el hombre deja de serlo para ser macho, siempre que la mujer ejerce de hembra, siempre que el aficionado deja de serlo para ser partidario,una corrida es un conjunto de perversiones.

De los públicos, la mayoría muy nuevos en la plaza. Unos venidos de los pueblos, la gran mayoría, en un proceso de venta de entradas al revés de la actual: primero se acabó el papel del sol. Otros de los clubes y peñas más recias, de Francia el torismo ‘culto’, de todas partes. Muchos compraron la entrada para pasar factura a la fiesta de las figuras, al toro de las figuras. Unos desde la sensibilidad muerta de la nostalgia de hierros de antes de la fiesta de antes. Otros con afán revanchista sin esconder. Los dos fueron al ver un espejismo: lo que ellos iban a ver no existe.

Al finalizar la corrida, unos, los de la nostalgia, habían guardado unos gramos de aliento. Los que se guardan para despedir a quien apuesta, arriesga y, pierde. Los otros sacaron la ira del fracaso, No del fracaso de Fandiño, sino de ‘su fracaso’. Que no fue otra cosa que no haber podido evidenciar que ése es el toro , el único toro, la única verdad, la única fiesta, una única palabra, una verdad única, una fe y ninguna más, una religión sobre las otras. Un monoteísmo, un monotoro mas cierto que el monotoro que denuncian, demagógico, arcaico, que confunde sensibilidad con sensiblería, justicia con venganza.

Los que creen que ocho apellidos vascos son tan necesarios para ser vasco puro, como que el toro, para ser puro de casta, cumpla ochos requisitos: ser cárdeno; que no los lidien las figuras; que tengan leña por delante; que vayan al caballo como si éste les debiera dinero; que salgar del peto como quieran pero que se arranquen de lejos o desde muy lejos; que no tranquee o que no muestre son o ritmo porque eso es pecado en un toro de casta; que de emoción en el ‘ay’ y no el ‘ole’, y que no tenga sangre impura Domecq o similar.

Con esos ocho apellidos, es vasco. Pero quizá no sea toro.

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