Artículo de Pedro Toledano publicado el Martes 23 de septiembre enLas Provincias

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Nos acordamos de ti, lo sabes. Se acuerdan tus hijos, tu familia, tus amigos y miles de aficionados. Lo hacen al margen de la condición protocolaria de la fecha, porque para ellos, para nosotros, representas y sostienes algunos de los valores más notables de la fiesta: el esfuerzo, la pasión, la convicción artística y el compromiso. 

Si pudieras ver ahora con tus profundos ojos azules los absurdos combates entre taurinos, la escasa profesionalidad y sintonía entre quienes tienen la obligación de defender algo tan nuestro, te pondrías, seguro de parte de la cordura, cualidad que abunda poco entre nosotros los españoles, tan dados a la reyerta, el enfrentamiento envidioso, la negación del contrario, la falta de respeto. 

Hace treinta años, cuando te segó la vida ‘Avispado’ en Pozoblanco, las cosas de la fiesta tenían otro tono, otro compás y había un sentimiento extendido de cosa arraigada, esencial, un arte que hacía reflexionar a escritores y pintores y que conmovía a aficionados y no tanto.  

Hoy el arte de la lidia al que tú dedicaste años de sacrificio, ese espectáculo vibrante y único, está puesto en cuestión por antitaurinos, ricachonas ociosas y políticos de nuevo cuño con singulares y poco consistentes argumentos en defensa de los animales, y lo que más duele por taurinos, que lo fueron -familia Balañá entre ellos- y ahora miran para otro lado. 

Está feo el asunto, Paco. Seguimos a lo nuestro, a lo secular español, la envidia, la apoteosis irreflexiva, la burda negación del que no piensa como tú. Pero entre tanto ruido de dialéctica mezquina y temblorosos silencios, emerge tu recuerdo como un aliento que nos conforta y nos invita a seguir mirando por nuestra fiesta con las armas que, entre otros cuantos, nos legaste con tu ejemplo. 

Y lo volveremos a hacer con el amor de los tuyos, el afecto de los aficionados que te recuerdan para que entiendan quienes deben entenderlo, que seguiremos firmes luchando por nuestra fiesta. Pese a quien pese. La entereza de tus últimos momentos y la sorprendente lección de vida que le diste al mundo es semilla demasiado fértil como para poder eliminarla.

Gracias, otra vez, amigo

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