Manzanares con el excelente ‘Fusilero’ en Illescas I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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No participo de las vueltas al ruedo arrastradas de cadáver. Las contemplo como un homenaje causado por la derrota de la sensibilidad: en el límite entre la muerte y el regreso al campo, decidimos la muerte. En esa sutil frontera entre el acero y seguir vivo, enseñamos pulgar hacia abajo. Una decisión de dioses que no somos, y, aún menos lo es un texto administrativo escrito que pretende matematizar en frases que no son versos, qué toro vive y qué toro muere. Soy consciente de que mi opinión sobre la vuelta del toro al campo desde una plaza, la comparten pocos y la demonizan muchos. Estos son tiempos de espada para las sensibilidades contrarias.

No me gusta la palabra matar, aunque admito la existencia de esa acción. Me siento más aliviado con la palabra muerte, más natural y ligada, si o si, al hecho de vivir. Siguiendo esta coherencia, no puedo ser partidario del concepto  administrativo o reglamentario de ‘perdonar la vida’. Si decidir sobre matar o seguir vivo ya es un dilema atroz para alguien de sensibilidad evolucionada, decidir matar o vivir mirando a un artículo de un reglamento administrativo, me parece el eco de los coliseos o del poder medieval del señor. Pero es que, además, puedo razonar esta sensibilidad desde lo meramente taurino.

Extrañamente, en el arte del toreo (dejando claro que no es arte todos los días si nos atenemos a la creatividad, y si lo es si nos basamos en el arte/oficio de la lidia) empleamos términos inmóviles para describir cosas que se mueven. Que cambian. Bravo. Manso. Dos palabras que pretenden dar contenido aún a una forma de percibir bravura o mansedumbre que data de la segunda década del siglo XX. Cuando empezamos a reducir los matices de los comportamientos para declarar que bravo es que va al peto pronto y fuerte y manso el que no va, ni tan pronto, ni tan fuerte.

El que sale suelto, es manso, que se abre es manso, es bravo el de tres puyazos aunque luego se pare o no embista. Desde hace un siglo así lo decidimos y así lo reducimos. Y así lo pusimos en un reglamento que perdona o condena la vida. Una vida que ha variado. Algo, digo. Supongamos que un poco, en un siglo.  Cien años son suficientes para observar que el arte no es inmóvil, que se mueve con las sensibilidades más sutiles, con evolución del arte, de las creatividades, de la pintura, de la poesía, del boxeo, de las relaciones personales, de las morales y las éticas. Y, siendo el toreo un arte que no vive aislado de esta evolución, no podemos clasificarlo ni calificarlo como hace cien años.

Y, haciéndose este arte (cuando lo es) frente a un toro, no podemos buscar, describir, clasificar y reducir a bravura/mansedumbre la excelencia o mediocridad de un toro. No podemos explicar o narrar el arte de torear a un toro, con términos congelados hace un siglo. Y mucho menos podemos, cien años luego, decidir vida o muerte sobre parámetros y acepciones de hace un siglo. Así como la evolución de las artes se ha basado en la imposibilidad de definir definitivamente qué es arte, el toreo ha evolucionado porque es imposible definir definitivamente y para siempre qué es bravo y qué es manso, por la sencilla razón de que es imposible definir para siempre qué es torear.

No voy a analizar lo obvio: que la movilidad no es bravura, que forma parte de ella, pero que no es con el signo igual. Que embestir recto no es bravura. Que las inercias y todo lo que no se puede reducir y reunir y dar forma no forman parte del arte del toreo. Que el toreo nace a toro detenido, en embroque humillado y admitiendo los vuelos de la muleta o capote con el pitón de dentro, con el que el toro es llamado. Lo mismo que las otras artes, porque la  poesía es reducir y dar forma a la velocidad de ese río que es el alfabeto, el diccionario y el vocabulario. Que la literatura no es la línea recta de la escritura, que el arte de amar no es nunca el latido móvil y lineal de los corazones.

Manzanares me dijo en Illescas que jamás habría matado al toro de José Vázquez. Porque su cultura taurina, la que mamó de un artista grande como su padre, le impedían matar a un animal que le había permitido expresar el toreo como él lo siente. Que entendía opiniones contrarias, matices en el toro, pero… Yo también entiendo esas discrepancias y opiniones encontradas y esa dialéctica. Pero he visto vueltas al ruedo con cadáveres de toros con media lengua fuera que los he imaginado hermosos y orgullosos padreando en campo. He visto toros excelentes, extraordinarios, morir en la plaza con apenas el eco de tres palmas.

Y, sobre todo, son imborrables los momentos de arte y de inigualable creación que nunca dependieron de ese afán de racionalidad, de administrar y de regular conceptos detenidos como el agua congelada.

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