Al final, la gente hacía memoria para recordar una Goyesca con tan poco contenido como ésta y casi no se encontraba la referencia. Mala, muy mala, fue la Goyesca de 2000. Mala hasta el punto de que los toreros de a pie no dieron ni una vuelta al ruedo, con lo cálido que suele ser el público rondeño con los toreros en una cita tan especial como ésta, donde la escenificación y vestuario recuerdan épocas pretéritas.
Las causas del fiasco hay que buscarlas en una corrida de escaso juego de Parladé, aunque también en la poca capacidad resolutiva de algunos toreros, que todo hay que decirlo. De entrada, apuntar a Joselito en este grupo: contagiado de la sosería y el atolondramiento de su primero y sin cogerle el ritmo al segundo de su lote, produciéndose por tanto enganchones e irregularidades que empeoraron la condición de un toro que iba cuando se le hacían bien las cosas.

Todo lo contrario le pasó a Rivera. Responsabilizado con una cita que organiza y torea, Rivera hizo todo lo posible por remontar una tarde abocada al fracaso. Estuvo muy por encima de sus dos toros, pudiéndole cortar una oreja a su primero de haberlo matado a la primera y poniendo toda la raza que le faltó al quinto de lidia ordinaria. Eso sí, a éste se hartó de pincharlo y la gente se le puso en contra, colocándole quizás como cabeza de turco del desaguisado goyesco.
Por su parte, Morante hizo concebir esperanzas con el capote en sus dos toros y en inicio de faena a su primero, pero éste se rajó y el que cerró plaza protestó todo el tiempo, y así es difícil lucir más de lo que lo hizo.
Así las cosas, todo quedó en una vuelta al ruedo, la que dio Álvaro Domecq en la que era su reaparición por un día. Alvarito fue a más en su actuación, demostrando su raza cuando colocó hasta cuatro pares de banderillas a dos manos hasta que la suerte le salió redonda. Quien tuvo, retuvo…, pero la Goyesca necesitaba más que eso. A la Goyesca le hace falta una inyección de vitaminas.