DANIEL VENTURA

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Un momento clave de nuestro trabajo se produce cuando acaba un festejo y hay que buscarle un titular. Algunas veces está claro o sale a la primera, pero otras veces hay que pelearlo: confrontar ideas, pulir las sugerencias, apostar. Son esas otras veces las que convierten el momento clave en un momento también bonito. Valencia nos brindó ayer uno de esos momentos. Iba a repetirse una historia que no por repetirse mucho deja de ser vergonzosa: un Presidente de plaza (o un señor feudal, que a veces se confunden) imponiendo su voluntad contra la de todos los demás. Pero no contaba con que la juventud y la obediencia a lo arbitrario son, y deben ser, agua y aceite, batalla segura. Un grupo de jóvenes se lanzó al ruedo, cogió a Román y se lo llevó a hombros aunque el usía sólo había dado una oreja.

Lo primero que decidimos es que en el titular tenían que caber los jóvenes. Era importante que estuviese Román, por supuesto, pues suya había sido la tarde, pero debía estar también el gesto de esa treintena rebelde que ignoró juvenilmente el descriterio del Palco. ¿Qué es juvenilmente? Audacia, falta de complejos, espontaneidad y alegría. Cabía la posibilidad de darle sitio al malo/tonto/torpe investido de autoridad: no era, además, la primera vez que se cruzaba en el camino de Román. Pero no hubiese sido justo, ni original. Es decir, no hubiese estado a la altura de la originalidad de un grupo de aficionados que tuvo que bajar a la arena para hacer la única justicia que ha de hacerse en una plaza: la de la pasión, y no la de la administración.

¿Cómo titular, entonces? Porque la libérrima salida en hombros de Román era mucho más que una anécdota. A lo mejor pecamos un poco de wishful thinking(pensar como cierto lo que se desea que sea cierto), pero creímos que lo de los jóvenes y Román y Valencia era un síntoma. El comienzo del principio del fin de una tiranía (¿qué otro nombre puede tener?), la expresión de un afán transformador, de una sed de alegrías y de una alergia a lo arbitrario, pero también a lo rígido, a lo insensible. Era la expresión de una voluntad de cambio, expresada por quienes mejor armados están para llevarlo a cabo: audacia, falta de complejos, espontaneidad, alegría. Lo repito porque esas son sus credenciales, y a la vista de ellas, se entiende un poco que algunos se hayan esforzado tanto en que permaneciesen lejos de las plazas: podrían ser la oleada popular que desbaratase su tenderete. Ahí estaba: ‘ Román y el poder popular‘.

El poder de esos jóvenes que ya están aquí, y que tienen que quedarse. Éste espectáculo tiene aún encima muchas tiranías que romper.

IMAGEN: Captura de su salida en hombros de la plaza

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