icono-sumario Paco Ureña y José Garrido, sendas orejas en un debut nada sencillo de El Puerto de San Lorenzo en San Fermín

Instante de la cornada de Pablo Saugar ‘Pirri’ en Pamplona I SERGIO RECUEROlinea-punteada-firma1

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No había dado casi tiempo a las peñas a empezar con las charangas. Dos, quizás tres, acordes, a lo sumo. Apenas unos sorbos llevaban a los calimochos de turno en esos tendidos de sol. ‘Tanguisto’, un cinqueño muy en lo de ‘Atanasio’, con caja, mucho pecho y alzada imponente, de morrillo astracanado, esperó en el primer par a Pablo Saugar ‘Pirri’ y lo levantó de manera dramática por ese pitón izquierdo. Quedó colgado interminables segundos y giró sobre el asta de manera muy fea. La inercia de su peso provocó que entrara un buen trecho del pitón. Se libró de dos derrotes más, secos, en los que, milagrosamente, lo golpeó con el testud en el rostro, porque sus ‘agujas’ viajaron muy cerca del cuello del torero de plata. Fue llevado rápidamente a la enfermería coso con una grave cornada en la zona intestinal. Tres horas después, maratoniana operación mediante, llegó el estremecedor parte: disección de uretra y evisceración intestinal. ‘Tabaco’ gordo.

Fue el toro de un debut engañoso, porque el estreno de El Puerto de San Lorenzo en Pamplona no fue nada sencillo. Hasta tuvo su ‘guasa’. Peligro sordo que no se sintió en el tendido, pero que estuvo muy presente siempre. Sólo el encastado segundo, del que Ureña arrancó una oreja en faena de nervio, y el noblón sexto de La Ventana, con el que José Garrido vuelve a asomarse al Olimpo de las figuras, salvaron los muebles de una corrida que recordó al mano a mano de Otoño en Madrid entre el pacense y Curro Díaz -también presente hoy, sin suerte-. Toros a la defensiva, midiendo, manseando, sin casta y trocando siempre arreones por embestidas.

Las más enclasadas de este quinto capítulo ‘sanferminero’ las regaló el ‘velocista’ de la mañana en el encierro. Con el hierro de La Ventana de El Puerto, el castaño que voló sobre las calles tuvo nobleza en el ruedo. Fiel a su origen Aldeanueva. Muy montado y largo de manos, fino de cabos, otro de imponente alzada. Garrido firmó con él los mejores, y prácticamente únicos, capotazos de la tarde, porque el envío de los Fraile no se dejó de salida. Buenos lances por delantales en el saludo, mejores aún las posteriores verónicas en el quite. La media, abelmontada, superior.

Arrebatado, no se lo pensó dos veces y echó la moneda al aire para arrojarse de rodillas en un comienzo de faena trepidante. Más vibrante que limpio, pero muy ligado. Importante por la transmisión del toro. Sacó del letargo al tendido. Las tandas posteriores, con el cogollo del toreo fundamental, mantuvieron el interés. En buena medida, porque supo administrar con inteligencia recursos más efectistas como molinetes y desplantes. Buen aderezo para la vieja Iruña. Terminó metido entre los pitones con el toro ya más entregado en un final en el que ligó varios circulares invertidos en un palmo de terreno. Economía de movimientos. Qiuetud máxima con las peñas entregadas. Se las metió en el bolsillo a todas. El epílogo, por manoletinas. El acero topó con hueso primero, pero en el segundo entró casi entero algo contrario y tendido. Fue suficiente. El tendido se tiñó de rojo y el blanco asomó en el palco. Oreja de ley.

Se desquitó asó del amargor del tercero, que marcó enseguida las querencias del encierro. Más vareado que sus hermanos anteriores, pero con la misma seriedad, con mucho pecho y ensillado, el animal salió abanto y desentendido de las telas en un saludo capotero que arrancó con Garrido de hinojos. Primero, la larga cambiada; después, el farol. Marca de la casa. No se empleó en varas, tercio que dificultó, y tampoco se lo puso sencillo a la cuadrilla para colocarlo en suerte para banderillearlo. Un manso de libro. Luego, muleta en mano, Garrido lo probó y se la puso como si fuera bueno, pero era una quimera simplemente encajarse con el toro. Desesperante gazapón el de El Puerto. Andando, haciendo hilo y midiendo, embistiendo siempre cruzado y por dentro. Sin fortuna el pacense que, tras probaturas sin éxito, lo despachó en una labor larga, porque tampoco lo puso fácil para cuadrarlo. Silencio.

La otra oreja de la tarde fue a manos de Paco Ureña. Aceptó el envite de la casta que planteó el segundo, hondo y con cuajo, otro toro con mucha plaza al que consintió. Tragó lo suyo y el toro lo compensó con vibrante codicia. Con resistir para ligar, simple pero no fácil, bastó para lograr el trofeo. Veleto, enseñando las palas y de pitón blanco, había salido a su aire, sin demasiado celo, pero metiendo bien la cara en los engaños. No paró quieto desde que salió de chiqueros. Tuvo mucha movilidad durante toda su lidia. Empujó en varas y acudió con buen tranco al encuentro con los banderilleros. Ureña comenzó a torear por estatuarios en los medios y, allí, el animal se deslizó con buen tranco las cuatro primeras acometidas. Le cogió bien la distancia en la tanda posterior el murciano para torearlo en redondo. Fue la serie más maciza del trasteo. Acoplado el torero y bien ligados los derechazos. Después, redujo las distancias el torero y, ahí, no hubo esa rotundidad. Aun así, siguió repitiendo el toro, con casta y picante, y vaciando las embestidas el torero. Muletazos de mano baja. Se volcó sobre el morrillo y hundió la tizona entera. Cuestión vital para el triunfo en el escenario navarro. Oreja.

Con más amplitud de sienes que un ‘Airbus’, el quinto tuvo hechuras de paquidermo. Muy destartalado este cinqueño charro. Tremenda arboladura, casi 90 centímetros de envergadura de pitón a pitón. Alto de cruz, engallado y desafiante de salida, el burel estaba hecho muy cuesta arriba. Ureña trató que descolgara en los primeros compases de la lidia. Pero no lo hizo, apenas descolgó. Reservón para acudir al peto del caballo, derribó más tarde por dos veces al picador. Comenzó el trasteo a pies juntos Ureña, citando de frente y le buscó las vueltas, mientras le duraron las inercias al animal. Embestidas, eso sí, a arreones. Topando más que humillando. Muy complicado para templar. Porfió el murciano, pero no había nada que extraer de él.

No se amilanó Curro Díaz con aquel toro del cornalón al dinástico Pirri. El más pesado de la corrida y serio de verdad, con una interminable guadaña en el pitón izquierdo. La misma que encontró carne en el rehiletero. Salió muy suelto de salida, a su aire y sin hacer demasiado caso a los capotes. Se dejó pegar en varas sin más. Brindó Curro la faena en los medios al público. Una declaración de intenciones baldía. Tras un prólogo marca de la casa, buenos muletazos por bajo, le echó siempre la muleta al hocico y trató de ligarle los muletazos, pero era muy complicado. Sin demasiadas energías, el animal tendió siempre a defenderse y cada vez se quedó más corto. Sin recorrido. Pese a ello, logró aprovechar esas medias arrancadas para robarle uno a uno los muletazos con limpieza. Faena asentada del jiennense, pero se le atragantaron los aceros y se esfumó la opción del trofeo. Todo quedó en una ovación.

Con esqueleto, el cuarto fue toro voluminoso, de lomo recto, cornidelantero y enseñando las puntas. Pasó sin pena ni gloria por los primeros tercios y, luego, en la muleta, demostró que llevaba muy poco dentro. Apenas algo de genio para ponerse a la defensiva. Pasó en las tres primeras tandas, pero a arreones. Muy irregular en sus arrancadas. Al menos le permitió a Curro robarle algún natural suelto de buen trazo. Hasta ahí. Luego, ni eso. Muy corto en el viaje, soltó cada vez más la cara y se violentaba en cuanto punteaba los engaños. El torero estuvo al menos habilidoso para estoquearlo cuanto antes, porque no pasaba y, en la suerte suprema, había que tragar ‘paquete’. En silencio. Sin cacarearlo. Fue el perenne destino de una corrida de Otoño en julio. Pamplona, como el tiempo estos días, quedó contagiada con El Puerto.

Hierro de El Puerto de San Lorenzo - España Plaza de toros de Pamplona. Quinta de la Feria de San Fermín. Lleno de ‘No hay billetes’. Toros de El Puerto de San Lorenzo y La Ventana de El Puerto (6º). El 1º,  Hierro de La Ventana del Puerto - España
Curro Díaz, ovación y silencio.
Paco Ureña, oreja y silencio tras aviso.
José Garrido, silencio y oreja.