icono-sumario ‘Estamos en un caso de Siniestro Total. Toca recomponerlo todo. Y eso, no se hace en siete semanas’

Junqueras y Puigdemont, ayer cantando Els Segadors I ABClinea-punteada-firma1

JAVIER VILA > Barcelonalinea-pie-fotos-noticias

‘Somos los que hacen el balance de los daños…’. Lo cantaban esos gallegos con nombre Siniestro y de apellido Total en una época en la que Cataluña todavía era un muy buen lugar para vivir. Desgraciadamente, de eso casi nos acordamos los millones de catalanes y catalanas que hemos visto cómo el coche en el que íbamos a todo trapo desde hace mucho tiempo, se salió de la carretera hace unas semanas y después de estar estos últimos días dando vueltas de campana, ayer acabó estrellado contra una farola donde colgaba desde hace días una estelada.

Y el balance de daños será irreparable. Los catalanes somos hoy más pobres, más incívicos, menos tolerantes, y más irresponsables que hace 40 años. Es así. Se mire por donde se mire. Decía Ortega y Gasset que los toros son el fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos. Recuerdo este medio dándome voz en el 2010 cuando el Parlament se ciscó en mis derechos constitucionales de ir a los toros. Y me recuerdo a mí mismo escribiendo en el 2011 sobre la muerte de la libertad en la Monumental, y hablando de un tal Mac Artur Mas que se erigía como el mesías llamando a las urnas ya para votar independencia…en el 2012…

Han pasado cinco años de esas elecciones y a pesar de que las leyes siempre han quitado la razón a los que las incumplían, esas otras leyes ilegales han sido plenamente vigentes en el día a día. Y es que hemos estado siete años viendo cómo nuestro vecino de enfrente, que es indepe, estaba absolutamente convencido de que a Europa le iba a parecer fenomenal que se creara un precedente de ruptura en un Estado Miembro, o que el Estado Español no iba a tener herramientas para impedir que un pedazo de sí mismo se separara. Y ese vecino, en una espiral surrealista se ha llegado a creer que los que no respetaran las leyes no iban ni a ir a la cárcel ni a pagar multas. El mismo vecino, ayer, salió a brindar con cava por el nacimiento de un Estado catalán, y, lo que es peor, lo seguirá creyendo a lo mejor, el resto de su vida.

He viajado mucho estas semanas fuera de Cataluña y la historia se ve de una forma mucho más práctica que desde dentro. Fuera de esas fronteras imaginarias que ayer crearon, sólo se entiende (como es normal) el mundo real, no se es consciente de que la imaginación de mi vecino no tiene límites. El otro día, compartiendo una tarde inolvidable en la plaza de toros de Valencia con los toreros más cercanos que conozco, me daba cuenta que sienten pena por esa Cataluña que se nos escapa a los catalanes. Yo en cambio, ya dejé atrás el sentimiento de tristeza para asistir cabreado al intento de suicidio al que nos están todavía llevando para darle felicidad a mi vecino que ayer se acostó pensando que ya no es español.

Sinceramente no esperaba que después de que haya costado tanto que el Estado Español hiciese un movimiento para defender los intereses de los catalanes que nos vemos en el barro, ese paso lo circunscriba a siete semanas. Siete semanas no son absolutamente nada. Sin querer jugar a adivino, mucho me temo que vamos a empezar a vivir en un mundo real y uno imaginario sin que el primero detenga al segundo.

No quiero ser agorero, pero no hay toros en Barcelona desde el 2011. Han pasado seis años. No hemos tenido huevos de dar una corrida de toros en Catalunya desde el 2011. No sé qué nos hace pensar que esto se soluciona con unas Elecciones. En cualquier multinacional descentralizada y presente en diferentes países, cuando el Director General de una de las filiales es un chorizo e intenta montar un negocio paralelo, la matriz entra en el país, se funde al responsable y a todo su equipo y pone a alguien de confianza para que haga el balance de daños, diseñe las soluciones y las aplique.

Y sólo cuando se ha limpiado toda la basura que han dejados los anteriores y todo vuelve a funcionar, se plantean el relevo.

Estamos en un caso de Siniestro Total. Toca recomponerlo todo. Y eso, no se hace en siete semanas.