26º festejo de San IsidroI CANAL PLUS TOROSlinea-punteada-firma1

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¿Sobre las manos? Pues sobre las piernas. Ésas fueron la pregunta y la respuesta retóricas que contuvo cada faena de Luis Miguel Encabo, Fernando Robleño y Alberto Aguilar. Se enfrentaron a una corrida de Cuadri de estampa imponente y juego nulo. Frenada, baja de raza, sin humillar, sin moverse… Se comportó la corrida como si no hubiesen pasado en el toreo los cien años que han pasado en busca de que los toros embistan con los riñones. Y los tres dieron una lección de coherencia, pues torearon como se hacía antes de que empezasen a pasar esos cien años. Es decir, torearon sobre las piernas. Quitarse y ponerse, perderle pasos a los toros, no ligar sino evitar la reposición, tocar a pitón contrario y consecuentemente torear por fuera… La lidia a la que obliga un toro que algunos dicen que les gusta mucho; la lidia que no consienten los mismos que dicen que ese toro les gusta mucho. ¿Menudo cortocircuito, no? Efectivamente, una incoherencia. Graciosa si no fuera porque se traduce en que tres toreros se jueguen la vida en medio de un desdén cruel.

La corrida de esta tarde en Madrid no habría tenido discusión si los seis toros hubiesen sido como los tres primeros. Sí, hubo que llegarles; sí, se pararon; sí, no descolgaron nunca; sí, en banderillas esperaron, cortaron y apretaron hacia los adentros. Pero eran simplemente tres toros desrazados como pueden salirle a cualquier ganadero. Incluso a Fernando Cuadri, señor con todas las letras, que precisamente por señor concita un consenso inaudito y unánime en la admiración que se le tiene. Encabo, Robleño y Aguilar los lidiaron con suficiencia, con seriedad y sin el premio de una palma, por cierto. Pero salió el cuarto. Un toro de apabulle, cuya apariencia, como la de otros de la tarde, parecía desmentir la tablilla. Fuerte, serio, enmorrillado, con las sienes estrechas y la cara tendente a cerrarse. Sus andares hicieron el guirigai en un tercio de varas que empezó con puyazo feo y acabó con el toro lejos y seis minutos de espera… a ver si se viene. Cuando lo hizo, lo hizo más por la insistencia de los demás que por convicción. Pero un primer impulso elevó un poco al picador y uno segundo, un instante después, le echó al suelo. De repente parecía que había hecho una gran pelea un toro que estaba crudo.

Y entero, como lo estuvo prácticamente hasta que le tapó por última vez la salida a Encabo, que por suerte para él ya le había metido la espada. Entero, y enterado, como en un tercio de banderillas en el que Ángel Otero le dio todas las facilidades y se jugó el cuello mientras el toro le medía, le miraba a él y a las banderillas y le decía, si pudiese hablar: no me las vas a clavar ni donde quieres ni como quieres. Y así era, porque el toro no derrotaba, sino que elevaba la parte delantera de su cuerpo. Como si estuviese haciendo un tapón de baloncesto. La cara la llevó arriba siempre: en las dos series sobre la mano derecha, de un valor inmenso, que Encabo le hurtó a base de llevarlo por fuera, tapado y siempre desde las distancia correcta; y, por supuesto, en lo que fue el resto de la faena. Encabo haciendo el juego de piernas que exigía un toro parado, reponedor, que traccionaba las patas traseras para mover las delanteras y buscar al torero. Siempre y siempre.

Lección de congruencia la de Encabo, que tuvo el premio de los pitos. ¿Por qué? Porque a veces ni siquiera la lógica más aplastante es capaz de disolver una incoherencia de decenios. Pero no por eso hay que dejar de insistir. Éste es el toro que a usted le gusta. Y este toro exige esta lidia. Acepte usted, exija usted que el torero la haga. Pero no cometa la injusticia de exigir a un torero que haga la lidia de brazos con un toro, o con seis, que no embisten. Porque el toro de Alcurrucén del otro día, por ejemplo, tenía más embestida (digo embestida, no movilidad) en un pase que toda la corrida de hoy junta. Y además tenía embroque, algo que le faltó a toda la corrida de esta tarde. ¿Cómo se construye el toreo, sin la reunión mínima del toro y las telas?

Los pitos con los que la sabiduría de Las Ventas premió el trasteo valioso, valiente y justo de Encabo no desanimaron a Fernando Robleño y a Alberto Aguilar cuando tuvieron que hacer lo mismo con el cuarto y el quinto. Robleño había estado tan profesional y serio con el segundo, al que tapó todos los defectos con sabiduría de torero viajado y también generosidad con el espectáculo, como lo estaría con el quinto: un toro grande y con la cara abierta que se movió, también, con las manos. Se quitó y se puso, le perdió pasos… Lo mismo que hizo Alberto Aguilar con el tercero, que sólo toleró dos tandas, y a su altura, antes de ponerse a hacer lo mismo que sus hermanos o en el sexto, desagradable, brusco, al que echó los vuelos y sólo respondió dos veces. El resto fue toreo de piernas. Era eso, o la enfermería sin gloria.

Hierro de Cuadri Plaza de toros de Las Ventas. 26º festejo de la Feria de San Isidro. Tres cuartos de entrada. Toros de Cuadri (1º, deslucido; 2º, frenado, bajo de raza; 3º, difícil, 4º, exigente, complicado y desarrrolló peligro, 5º, sin movilidad; 6º, sin raza ) logo-mundotoro-fichas-crónicas
Luis Miguel Encabo, silencio y algunos pitos tras aviso.
Fernando Robleño, ovación tras aviso y silencio.
Alberto Aguilar, silencio y silencio.