Hay una teoría que ya no se sostiene en pie a propósito de los toros que no se mantienen de pie. Ésta dice que el toro peligroso pero sin fuerza, al no mover su peligro, no molesta al torero. Desmontemos esta teoría: la falta de fuerza anula las buenas condiciones de los toros bravos y minimiza el peligro del toro difícil.
Por ejemplo, el lote de Miguel Abellán quiso tomar los engaños, pero eran inválidos, y la paciencia y entrega del madrileño, con dos largas incluídas al quinto, no sirvió para nada. O sea, que el buen toro, sin fuerza, deja de ser buen toro.
Sin embargo, la falta de fuerza no tapa los defectos de los toros complicados y peligrosos. Por ejemplo, el primero de Pedrito tardeó y sacó raza en embestidas cortas y apretando mucho hacia dentro. Un toro complicado, con el que no se arrugó el portugués, pero que no transcendió al tendido porque no tenía fuerza. Tampoco trascendió el peligro del cuarto porque el público no dio importancia a la guasa de un toro que se había ido al suelo.
Con El Juli se acaban las teorías. Tuvo buen aire, pero poca fuerza el tercero, y El Juli lo mantuvo en pie sin obligarle en una faena de inteligencia, aprovechando cualquier movilidad del toro, y sólo porque éste se echó después de dos pinchazos no cortó orejas. El sobrero tampoco tenía fuerza, se movía poco, y con la cara a media altura. La faena fue creciendo en interés a medida que El Juli enceló al toro, sobre todo por el pitón izquierdo, ligando pases muy rematados. Se le pidió la segunda oreja, pero como en este caso el que no tiene fuerza es el público, el presidente sólo le dio una.