icono-sumario El rejoneador de La Puebla del Río toreó, en la mítica finca sevillana, siete vacas a campo abierto.

Ventura, a campo abierto I GONZÁLEZ ARJONAlinea-punteada-firma1

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Fue un encuentro entrañable. Muy especial. Íntimo e intenso. Emotivo y emocionante. Un encuentro de caballistas, de toreros que hablaron en el idioma de la gente del caballo y del toro. Un encuentro nacido en la invitación de Álvaro Domecq a Diego Ventura para torear en aquel templo del toro y del caballo que son los campos de Torrestrella. En compañía también de Pablo Guerrero, sobrino del maestro Álvaro, el más joven valor torero a caballo que se viene fraguando en la fragua inagotable de torería que es la familia Domecq, la estirpe de don Álvaro, aquel gigante para la historia de la Tauromaquia y de la vida. Y trae Pablo consigo tantas cosas de la esencia de la casa, de la sangre, de la reata de rejoneadores tan grandes como lo fueron su abuelo y su tío. Fue un día espléndido de todo. De luz -una luz cálida y tersa, tan torera-, de calor, de embestidas diversas bajo la máxima de la sinceridad. Ocho vacas que fueron un caudal inagotable de bravura en grados diversos. Que la bravura parte del alma de los animales y lo que del alma emana no se mide con termómetro alguno.

Fue una jornada de toreo en libertad, en estado puro, de disfrutar de verdad, de darle de comer a las ilusiones y de reforzarse uno en la grandeza inigualable de ser torero. Ventura en Los Alburejos. Tantas veces el niño Diego se echó a soñar viendo las fotografías de don Álvaro y de su hijo. Y pensó ser como ellos. Ventura en Los Alburejos, siendo feliz sin límite alguno. Toreando y probando. Dejando fluir tantas cosas pensadas en la intimidad de su cabeza que no deja de dar vueltas en torno a qué más se puede hacer toreando a caballo. Ese par a dos manos con Bronce que rebosa tanta pureza… Y luego, el recorrido de Diego de la mano del maestro Álvaro Domecq por los rincones de su templo. De su bellísima plaza cubierta, de sus instalaciones, de tantos recuerdos como laten en sus paredes. Muchas de aquellas fotografías en las que el niño Ventura bebió cuando lo tenía todo por conseguir. Cada imagen puesta en primera persona, en carne viva, a través de las palabras del ganadero, del rejoneador, del torero. La vivencia sacudiéndose el sepia del mero recuerdo para convertirse en la vida que fue y que nunca dejará de ser porque la vida no caduca.

Y la conversación entre caballistas y entre toreros… Tanto le gusta a Diego Ventura hablar de toros y de caballos con la gente que más sabe de ellos. Tanto lo echa de menos tantas veces que, hallarlo en Los Alburejos en la conversación con Álvaro Domecq, fue como saciar todo ese hambre de hablar, de oír, de aprender. Y hablaron de los caballos de siempre y de hoy. De tantos como forman parte de la historia del rejoneo y que vivieron también en la casa de Torrestrella. De los caballos de don Álvaro, de los de Luis y Antonio, de los del propio Diego, de Pablo Guerrero. Y de cómo se toreaba entonces y de cómo se torea ahora. Y de cuánta culpa tiene esta familia de señores de que el rejoneo haya alcanzado su nivel de excelencia de hoy en día cuando desde la excelencia se consuma. Fue un encuentro de ésos que nutre el corazón de un torero. Del hombre que se acordó del niño que fue y que tantas veces soñó con aquello. Con torear en Los Alburejos. Con torear en los campos de Torrestrella y con sentir flor de piel la esencia misma de su pasión. Gratitud eterna por un día así, familia de señores…