icono-sumario Ni siquiera el brutal y sanguinario atentado sufrido la tarde de la última de abono cercenó el éxito de la icónica Feria de la Libertad

Imagen de La Santamaría de Bogotá, llena a reventar, en su reapertura I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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Enero vino con una gran alegría bajo el brazo. Traía una noticia ansiada, heredada del final de 2016, la reapertura de La Santamaría de Bogotá era un hecho. Una realidad inminente que sólo faltaba por consumar. Todo estaba ya listo. Había luz verde después del encomiable trabajo -una vez más- de Felipe Negret y todo su equipo de la Corporación Taurina de Bogotá. Había carteles. Habían finalizado unas obras de acondicionamiento. Hasta una nueva iluminación a estreno. Cada noticia que llegaba del país cafetero era una haz de esperanza con el que alimentar la ilusión del orbe taurino hasta el gran día. Fue el 23 de enero. Y El Juli, Luís Bolívar y Andrés Roca Rey se encargaron de izar la el telón a la Feria de la Libertad poniendo verónicas y naturales como rúbrica al esperado regreso de los toros a la ciudad bogotana.

Libertad‘, no se podía llamar de otra forma, fue el toro del maná taurino. Lució la divisa de Ernesto Gutiérrez y sirvió para que Andrés Roca Rey confirmara la alternativa con una plaza a reventar. Llenazo de ‘No hay billetes’ desde días antes. El peruano, además, se convirtió en el gran triunfador numérico -dos orejas del sexto y otra más que paseó Bolívar- de una tarde en la que todos, hasta los que no pisaron ni ruedo ni tendido, salieron triunfantes. Una plaza ganada. Una batalla vencida. Pero, sobre todo, una afición feliz, radiante, que volvía a latir sin necesidad del lúgubre exilio.

Fue una tarde cargada de un enorme simbolismo. Desde el reguero humano de gente en los aledaños de la histórica Santamaría hasta el emotivo paseíllo entre gritos de ‘Libertad’. Por el camino, una vereda de postales para el paraíso de la memoria que la afición colombiana jamás podrá olvidar como la fortísima ovación que saludaron en el tercio los tres toreros, la gran faena de El Juli a su primer astado, el cómplice y agradecido brindis de Luis Bolívar a su paisano y máximo artífice de la reapertura Felipe Negret, el faenón de Roca Rey para desorejar al sexto… Infinidad de recuerdos que ya rezuman aroma a leyenda en los cimientos del coso bogotano.

Luis Bolívar brinda a Felipe Negret, presidente de la Corporación Taurina de Bogotá la faena a uno de sus dos astados I MUNDOTORO

Un éxito incontestable. Un golpe directo al mentón antitaurino. Otro aún más fuerte al día siguiente. Y es que los inaceptables disturbios -cerca de 30 heridos de diversa consideración- que estos protagonizaron ese día en los aledaños de la plaza desembocaron en la prohibición por parte del alcalde Enrique Peñalosa de las manifestaciones en las inmediaciones de la plaza de toros. Así, se fueron sucediendo los ganchos uno tras otro, domingo tras domingo. Cada reivindicación a golpe de capote y muleta, de torera inspiración, más evidente que la anterior. Los tendidos se poblaron y dieron argumento a toda esa pelea de meses, o más bien, años. Concretamente, casi cinco desde que se vetara la adjudicación.

Por el ruedo bogotano desfiló la flor y nata del toreo. Las tardes se sucedieron con triunfos de Pablo Hermoso de Mendoza, Guillermo Valencia, Luis Miguel Castrillón, Rafaelillo, el histórico indulto de José Garrido a un excepcional toro de Mondoñedo, la segunda Puerta Grande de un aplastante Roca Rey… Hasta llegar al epílogo.

Roca Rey, en hombros, la tarde de la reapertura de la Bogotá

Lo que debía ser la última gran fiesta por la Libertad. El punto y aparte hasta un 2018 que, a día de hoy, ya es una realidad con sus flamantes carteles ya en la calle y que mantienen de nuevo la libertad como emblema. Sin embargo, aquel día, 19 de febrero, la Puerta Grande de Ramsés y la fantástica entrada en los tendidos quedó en segundo plano. El jarro de agua fría caía horas antes del festejo. Un atentado directo al alma.

Un artefacto explosivo era detonado en los alrededores del coso sembrando el pánico y dejando un reguero de sangre y horror. Las escenas de pánico se sucedieron en las calles y las imágenes que llegaban del otro lado del Atlántico eran preocupantes. Más de 40 heridos, media docena de ellos, en estado crítico. Uno de ellos, el policía Albeiro Garibello honró el ejercicio de su profesión entregando su vida horas después en lenta agonía. Pese a ello, Bogotá, Colombia, todo el planeta taurino, clamó libertad aún más fuerte que nunca y el festejo, como se escribió ya líneas más arriba, se celebró. El triunfo de la paz ante el miedo. Una concordia que esa tierra gritará bien alto en unas pocas semanas. El primer mes de 2018 abrirá de nuevo de par en par La Santamaría. El toreo sigue vivo en Bogotá. Toda una realidad.

Imagen posterior al salvaje atentado del pasado 19 de febrero en los aledaños de La Santamaría | NTR TOROS