Porque treinta y dos grados necesitaron de cinco grados más para producirse el deshielo. Treinta y siete dicen que tiene la temperatura de la sangre de un hombre en estado normal y hasta que no se vertió desde la pierna de Talavante, Las Ventas no salió de esa congelada paradójica y de postureo que consiente el hielo y la hiel. El hielo de la falta de pasión de la mayoría y la hiel del exceso de ira de la minoría. Porque con una corrida buena de Cuvillo no era necesaria una cornada que, sin embargo, se hizo necesaria. Herido Talavante al dejar venir a su aire a un toro exigente en toques y mando, se hizo aguas el público, se rompió el torero, en tío y en torero, en dos tandas con la izquierda y, al fin, pudimos poner nombre, apellidos y argumento a una tarde que necesitó de cinco grados más, los 37 de la sangre de un hombre. Ese caminar, tercio a tercio, destino la enfermería de Talavante, nos casó de nuestro propio sonrojo de mayorías anodinas.

Hemos puesto a la Fiesta de Madrid en el disparadero infantil y desapasionado de los buenos y los malos. Y los malos son el toro, y la gente de bronca de taberna y los presidentes y los grandullones con cuernos fuera de tipo. Estas tardes sospechosas de elegancia y pasamoda nacen con una arrogancia que hay que ganárselas en el ruedo. Apasionarse todos. Me pregunto cómo es posible tanto gesto educado y tanta falta de sudor en tarde de reventa en la gran mayoría, porque la contra jugó fielmente su papel y, puestos a elegir, elijo la ira a un silencio de brazos cruzados y acritud de público de tenis, cuando un toro embiste, cuatro al menos, hoy. Para tíos toreros los dos de Talavante, para pulso los de Bautista. Uno bueno desfondado en los medios de Roca y otro feo, grande y que se rompió en el inicio de faena.

T.

Un jabonero de cuerpo sevillano y cara madrileña, de gran perfil y buena plaza, más enrazado que bravo, pues metió la quinta sólo tras el primer par de banderillas. A mejor en el peto después de dolerse al hierro con descarada renuncia, llegó a la muleta con la viveza del toro por someter y Talavante le enjaretó una tanda con la derecha sin salirse de las rayas para, allá en la afueras, pasarlo por un y otro pitón, donde destacó una larga tanda con la mano derecha. Por el pitón izquierdo, el toro necesitó de otras claves al deslucirse feo tras el embroque. Entre tanda y tanda, gozaba la rosa de sus propias espinas, la gran mayoría viró más la faena en el tránsito de un 'os jodéis' educadito hacia la minoría procesadora, que con la pasión sincera. La faena se pinchó como un globo: tras un pinchazo, la espina fue mas que la rosa.

Hay, antes y después, un Talavante superior en enésimo superlativo, el que da orden y reduce embestidas, el que cose y apacigua. Ese toro exigente fue superado por otro de escaso perfil que pidió poder, toque, ojo avizor y machos bien atados. A su aire se comprobó venirse feo en un quite de Roca, se lo dijo a Talavante cuando nacía la faena y dijo también que esta vez era de izquierdo. La quietud del torero contrastaba con la embestida del toro que lo cazó en un muletazo con la derecha, sin que el torero dejara la arena, sino respondiendo con las dos mejores tandas al natural, encajado y roto. Fue ese instante en el que recobramos cordura y fuimos conscientes de que todo en el toreo se gana, nada viene anunciado.

Ese gesto y estas dos tandas descongelaron la paradoja de un hielo a treinta y dos grados de temperatura bochornosa, cargada la plaza de un mirarse fatuo, desapasionado y pusilánime frente al papel bien jugado de la minoría. Quizá hubo algo de lo mismo en el ruedo, mirarse en los ojos del parpadear de Loewe de esta plaza, que cuando se pone en postura es postureo de postín, es un error. En el que quizá cayó Bautista, nada peor incluso en las tardes de Puerta Grande con un salinero flacón de bondad superlativa y uno de calidad a espuertas. Puso pulso en un arte de academia que fue bien aceptado por el académico público de salón. Hay públicos de salón, claro.

Casi remonta cuando dejó ir los hombros abajo, relajado, pero perdió muleta y perdió crédito en una faena larga. Insistieron Talavante y Bautista en quitar al toro, no sé si por arte o por quitarlo de en medio (por sus pocas fuerzas no era para eso) en una de las réplicas de capote que hubo en la tarde. Era el cuarto, un toro que embistió pronto y bien, pero sin la fuerza que pide Madrid. Otra faena larga, con muletazos de trazo limpio, pulcros como el cristal recién salido del mejor lavaplatos. Y entre protestas. La estocada a recibir y el volapié al primero, de nota.

Roca no defrauda porque apabulla y, a veces, como en el pase cambiado en el que cambia en el último segundo el viaje, caso del sexto, bucea en los dominios del 'ay'. Fue este último un toro sin gusto, feo, alto, zancudo, doblón y sin nada que se partió de atrás en este inicio brutal de Roca. El de Perú no perdona irse a la trinchera con el capote, da igual el enemigo. Unas saltilleras no fueron de un infarto, sino de tres en uno. El tercero fue chico de cuerpo pero con dos puntas para picar hielo. Toro que, cuando lo sacó a los medios y le varió la distancia a una más corta, echó el cierre porque parecía ser más de terrenos cerrados. De la corrida se llevó lo peor.

Pero lo peor es que aún creemos que cortar la rosa es aliviarse de sus espinas. Sin pasión ni arrebato el toreo es menor toreo. Esa mayoría indespeinable, adulada por ella misma, cree que todo les está dado por ir a ver a los mejores las mejores tardes y a veces esos mejores se inundan de esa mirada sin pasión con la que se ha de mirar el toreo y con la que ha de responder el toreo. Siendo la cornada inherente a la rosa, a veces no hace falta y, sin embargo, echamos mano de ella para regresarnos una pasión que no tenemos.