A donde van a parar las ilusiones, los sueños, las pesadillas, las alegrías y los sinsabores. La vida que nace y muere con la esperanza de un nuevo despertar. La dicha de una nueva embestida, de un muletazo que es caricia contra la agresividad natural. Un ideal que navegó a veces con el viento de popa que lo impulsa y lo lanza. Morante, Talavante y Mora ejercieron de capitanes de su destino. Dueños de un timón férreo con la sutil suavidad de quien sortea las olas. Pero todo quedó ahí donde mueren las ilusiones y los sueños, a la orilla del río.

Porque a la orilla del río quedaron las ilusiones de Morante que busca en Sevilla comprender por qué el toreo le llamo a él. Morante es la inteligencia unido a una capacidad innata. Con eso que le fluye. La naturalidad hecha torero. Así fue como en su cuarta cita con la Maestranza quiso como nunca antes. El primero fue un tío. Fuerte aunque bajo, cornidelantero y astifino. Fue ovacionado de salida. Siempre suelto en el capote y en los dos encuentros con el peto, Carretero se fajó para sujetarlo pero su condición le hacía irse cuando veía la puerta abierta. Ahí fue cuando se quedó Morante solo con el de Cuvillo. Suave, muy suave, dio celo al toro sacándolo entre las dos rayas de picar. Clave. El toro solo quería zafarse de la muleta con serios arreones y el incómodo viento se hizo presente.

No importó. Morante se echó la muleta a la mano izquierda para instrumentar dos naturales primero y una tanda de media docena después de los de reconciliarse con el toreo. Roto, encajado, hundido pero sin descomponer un ápice la figura. Si buenos fueron los de por abajo, el que pegó por arriba para ligarlo con el de pecho fue de cartel. Ya nos habíamos olvidado que por el izquierdo era donde el toro huía en el primer tercio y que el viento era un incómodo compañero de viaje. Qué bonito sonaba Suspiros de España. Con garbo y torería, cerró al toro una miajita como bailando con la muleta y el toro. Ahí fue cuando cogió la derecha. El toro pesaba y apretaba en los adentros pero ahí era donde venían el muletazo sublime. Largo. Eterno. Voz fuerte del sevillano para provocar a 'Sombrerero' y salió el olé profundo y ronco de lo que llega a dentro. Ya nos habíamos olvidado de su genio, de su aspereza, de lo que cuesta un toro así en ese terreno. Morante lo hace y punto. Dejó un espadazo que por punto trasero alargó la muerte. Incomprensiblemente eso enfrió a una parte del público que se negó a la evidencia. Otra gran porción pidió la oreja. El presidente hizo caso a los primeros.

Morante tiene eso que da ser especial. Imprevisible. El último toro de su particular feria no mereció todo lo que le hizo. Quiso con el capote. Tres verónicas de cartel con el toro metiéndose por dentro y un quite por chicuelinas que apuntaba a grande pero quedó inconcluso porque quería irse ahí donde fue a morir. Pero Morante es genial. Paró a Carretero que se iba a colocar el primer par y le pidió las banderillas. Ni el toro estaba para banderillear ni Morante quería irse sin vaciarse. Arreó y de qué manera en el primer par. En el segundo cuadró en la cara. Y en el tercero surgió la magia. Con el hombro derecho pegado en las tablas que miran a la Puerta del Príncipe. El toro en el burladero. Cita. El toro le miró sin ir. Aguantó estoico el sevillano que lo provocó más. Dos pasos. La distancia era corta y peligrosa. Volvió a citar, el toro arrancó, marcó la suerte del quiebro con soberana maestría y saludó con toda la Maestranza en pie. Todo fue un espejismo cuando tomó la muleta. Un suspiro roto. Una voz aflautada en un cuerpo de hombre recio. Un gatillazo. El toro se rajó antes incluso del segundo tercio. Lo intentó tapándole la cara o fijando por abajo pero fue una pelea imposible. Hubo muletazos aprovechando el viaje del toro por ahí. Hubo esperanza. Hasta el abaniqueo con el que cerró fue precioso. Se tiró a matar como si se jugara algo más. Es Morante

Dos toros buenos con distinta condición trajo Núñez del Cuvillo dentro de una corrida de buenas aunque distintas hechuras. Bravo fue el segundo. Un toro menos apretado que el primero aunque lleno y bajo, amplio de sienes y con cuello. De salida ya colocó la cara y cumplió en el caballo pero fue en banderillas cuando se evidenció su buen tranco. Pronto, con ritmo y franqueza, Talavante toreó reunido y con ajuste sobre la mano izquierda en una tanda muy jaleada. El viento siempre estaba ahí. Este fue otro importante 'Esparraguero', como aquel jabonero que consagró a Talavante en El Pilar de Zaragoza en el ya lejano año 11. Bravo. No excedió el extremeño en una faena medida. Salió trompicado de la estocada después de que se quedara en la cara en el embroque, lo que dio más emotividad al último encuentro. Esta vez el toro cayó rápido, la petición fue similar a la del primero pero esta vez el premio fue de oreja. 

El otro bueno fue 'Novelero'. Este tercero más encastado que bravo. Salpicado de pinta y más basto de hechuras en su conjunto. Se movió en el capote de David Mora e incluso arreó con fuerza en el caballo, recargando, aunque amagó con tirar la toalla. Fueron emocionantes las banderillas de Antoñares y José María Tejero, que expusieron en demasía sobre todo en el tercer par. Se dobló David con él, llevándolo muy suave. Respondió el de Cuvillo desde la primera tanda con embestidas profundas. Lo mejor llegó al natural, donde el torero puso corazón y alma sin pensar en más allá. Lo apretó, incluso, toreando por abajo y el toro respondió con entrega. Pero ahí fue cuando se sintió podido y lo que antes era profundidad se convirtió en intentos voluntarios de fuga. La espada le hubiera puesto una oreja en la mano pero un pinchazo previo a la estocada fulminó con cualquier esperanza.

Las tardes son un viaje por las emociones. Te suben y bajan en cuestión de minutos. Esta fue de las que arrancaron con fuerza. Cuatro capítulos intensos, con ritmo. Trepidantes. Pero el colofón descafeinó lo que empezó siendo grande. El quinto estaba hecho más cuesta arriba y salió suelto desde la salida. Siempre embistió descompuesto incluso cuando intentó fijarlo con brillantez Valentín Luján. Talavante estuvo firme pero se alargó en una labor de escaso eco por los viajes descompuestos del burel. 

El sexto fue la ejemplificación de que los anhelos de la undécima de feria murieron a la orilla. Astifino y con caja, humilló y embistió con ritmo de salida. Apretó en el caballo y colocó la cara en el quite de Mora. Ángel Otero dio espectáculo en banderillas con dos pares cuadrando en la cara. Rompió 'Barrilero' desde la primera tanda con codicia y repetición. Mora lo exigió primero y se relajo después. A pesar de que nos las prometíamos felices, al toro le empezó a costar el tercer muletazo. Después amagó con irse. Y a la definitiva, se fue. 

Por un momento, los sueños parecieron navegar por un río bravío e indomable. El destino o el camino fueron conduciendo a la orilla. La orilla donde se embarran las esperanzas. Donde muere el presente. Donde nace el recuerdo.