Morenito es torero de dos tierras. De una toma el nombre; de otra, la categoría. Desde la primera de ellas comenzó a fraguarse un acento distinto al de cualquier otro, uno que no se puede imitar porque no sale de la voz, sino de la forma en que 'pronuncia' el toreo. Capote y muleta en mano, el sonido que deja a su paso el 'Moreno' lleva a Aranda de Duero, pero también a Madrid. Cada vez más.


Será porque es en la capital donde mejor se expresa este burgalés tan del 'foro'. En ningún lugar como en Las Ventas toman sus faenas la importancia que le da poseer voz propia en esto del toreo. Figura estilizada, trazo elegante, el vuelo de la muleta cada vez más lejos. Como un eco que quiere expandirse, así parecieron algunos de sus naturales hoy. Así fue como surgió, en la séptima de este San Isidro frío y lluvioso -hoy levemente, pero también- el todo que envolvió una tarde empañada por la tristeza de la cornada a Gonzalo Caballero y la ira lanzada contra El Capea. Morenito sabe cómo hablarle a Madrid y encontró, en la deslucida cuando no complicada corrida de El Ventorrillo, un compañero con quien hacerlo a dos voces.


Este buen 'escuchante' fue 'Chocolatero', que será por su nombre, pero sentó de maravilla en una tarde tan fría hasta entonces. No lo cantaron sus hechuras; sí sus primeras embestidas una vez lo fijó Morenito en su capote. No dudó el de Aranda de Duero y apostó todo al vuelo de su muleta y la composición natural que posee desde el comienzo, con unos pases por alto sin apretar que ayudaron al animal. Dos buenas tandas por el pitón derecho, ofreciendo distancia y ligando en un palmo de terreno trajeron a Madrid de vuelta al ruedo. Cuando cambió al natural, la faena rompió. Toreo largo, limpio, bello, ayudado porque el de El Ventorrillo humillaba y seguía los engaños con calidad. Sin espada -ni siquiera en la mano derecha- relajó la figura Morenito y dejó varios naturales excelentes. Como el segundo que dio, para enmarcarlo en el salón y mirarlo a menudo. La pena fue que el toro terminó por soltar la cara, fruto ya de su fatiga, y algún enganchón deslució un final que tuvo toda la belleza en el embroque. Una de sus grandes faenas en Madrid no merecía media estocada contraria. Pero su manera de 'hablar' es así. La oreja no tuvo discusión.

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Antes se había ido a 'portagayola' en su primero. Una suerte que comienza a ser habitual en su tauromaquia antes de apuntar dos buenos lances aprovechando la aparente noble condición del llamativo salpicado que hizo segundo. Bonito y engañoso. Porque desarrolló mucho malo en la muleta. Por el pitón izquierdo se metía, por el derecho punteaba. Así, difícil para un torero de concepto entendido como artístico. Hubo un desdén precioso en el inicio, estéticamente hablando, lo más jaleado de una labor seria, sin grandes concesiones a la composición, pero inteligente en el planteamiento. En el contexto de su temporada, una de esas faenas que reflejan lo bien que está un torero.


A El Capea le esperaban no pocos con el colmillo afilado. El desarrollo de la tarde y un lote rayano en lo imposible -de tres toros por el percance de Caballero- tampoco le ayudaron. El astifino y serio primero no tuvo un pase en claro. Apenas hubo historia en una faena que no pudo ser tal, como tampoco la hubo, dos largas horas después, en el 'cierraplaza', otro imponente por delante. Se le dio mucho en el caballo intentando ahormar un comportamiento que en nada cambió llegado al último tercio. Una tanda pareció la justificación de lo imposible, entre las crueles bromas de un maleducado sector. Entre ambas se le vio algo más confiado con el noble y soso cuarto, al que llevó templado de muleta. Pero, con la tarde en contra, también se le revolvieron los aceros y terminó eternizándose hasta oír dos avisos.

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Mientras salía ese poco deseable sexto, a Gonzalo Caballero le estaban operando de una cornada en el muslo izquierdo. Posiblemente sin que él quisiera, pero la razón manda cuando en tu piernas llevas un herida de doble trayectoria de 20 y 15 centímetros. Rápido, seco, certero, así fue el derrote que le condenó a no lidiar al último. Le vino de un toro montado, el tercero, que enseñaba las palas y que siempre hizo por soltar la cara. Fue ese el gesto que le condenó. Había llegado a la muleta el de El Ventorrillo con algo más de templanza de la que apuntó de inicio, lo que le permitió al joven y descarado torero madrileño alternar buenos muletazos con fases de menor conjunción.


Cambió al natural y se llevó el aplauso por su colocación, dando el pecho, sin ventajas. Tan descubierto quedó, que 'Aéreo' le cazó a la primera. Lo que siguió fue una secuencia de sangre, una cuadrilla que le quiere llevar a la enfermería, un torero que se niega y un torniquete. Y unos últimos muletazos, de esos de gesto deshecho por el dolor, antes de cerrar lidia y marchar a la enfermería. De camino, mientras recibía la ovación, hacía ese gesto tan torero de 'a la próxima'. Madrid debería tenerle presente para esa próxima.

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Plaza de Las Ventas. 7ª de la Feria de San Isidro. Menos de tres cuartos de entrada. Seis toros de El Ventorrillo, desiguales de hechuras aunque correctos de presentación. El mejor, el quinto, con calidad y fondo, ovacionado. Muy peligrosos primero y sexto, deslucidos segundo, tercero y cuarto, noble pero soso.

El Capea, pitos, pitos tras dos avisos y pitos en el que lidió por Gonzalo Caballero.

Morenito de Aranda, palmas y oreja.

Gonzalo Caballero, ovación en el único que lidió.