La tarde plana pedía desconexión, porque la seria y dispar corrida cinqueña de Alcurrucén, que no pasará a engrosar el brillante currículum de esta divisa en Las Ventas, no terminaba de romper. Curro Díaz volvió a nacer tras ser volteado de modo horripilante por el primero y Juan del Álamo muleteó con limpieza y corrección al sexto, el mejor del encierro, cuando ya la tarde tenía dueño, un mexicano que, como el Atleti, nunca deja de creer.

Existe en los últimos tiempos una corriente a ambos lados del Océano que pretende minimizar la trayectoria de Joselito Adame, de largo el mejor matador mexicano de las últimas décadas. Uno se pregunta si tendremos que esperar a que se retire para que se reconozcan tanto su currículum como sus méritos en el ruedo. De momento, esta tarde ha cortado su quinta oreja como matador en Las Ventas, unos números que ya quisieran para sí otros diestros de su misma nacionalidad, y no sólo contemporáneos con el de Aguascalientes.

La oreja fue cuestión de fe. En el toro y en sus cualidades. Porque el 'Nuñez' de los Lozano, estrecho y veleto, aunque metió la cara abajo en el capote, se frenó de salida e hizo cosas de manso en los primeros tercios. Trató el torero de darle celo en los medios pero el animal se dio siempre la vuelta al revés y, aunque se empleaba en el embroque, la ligazón parecía imposible. Lo cerró Adame en el tercio mediada la faena, y en paralelo, empapándole de trapo al final de cada muletazo, consiguió que el toro no parara. Y el público despertó.


Fueron dos series con la mano derecha, suficientes para que la gente recobrara el interés por lo que sucedía en el ruedo y reconociera el mérito de un torero que aunó fe, tesón y capacidad para dar solidez a una faena de impresivible consistencia. Se fue con fe detrás del acero, la estocada cayó desprendida pero la muerte fue espectacular. Y la petición no se hizo esperar. Antes, ya había apuntado con un lucero fino, de larga cuna y astifina testa, que hizo cosas buenas pero duró menos de lo previsto.

La tarde empezó con congoja por la horripilante voltereta sufrida por Curro Díaz en el primero al ser derribado por el toro con los cuartos traseros en la primera serie con la zurda. El toro lo recogió del suelo y lo lanzó por los aires. La caída amenazaba con ser dramática, con todo el peso del cuerpo sobre el cuello, pero un derrote del toro en el último momento hizo girar al torero que milagrosamente salió aparentemente idemne. Eso sí, con una paliza de órdago. Saludó tras hacer un esfuerzo frente a un toro con temperamento.

Luego no tuvo opción frente al cuarto, seguramente el más complejo del encierro, como tampoco la tuvo Juan del Álamo frente al deslucido tercero. Después el salmantino sorteó un astado hondo, largo y muy lleno con el hierro de Lozano Hermanos que como sus hermanos no terminó de calentarse de salida, pero embistió con temple y suavidad en los primeros compases de una faena correcta, templada y limpia, que no terminó de despegar.