Usando la táctica de Sergio Ramos (apareciendo por sorpresa y en el tiempo de descuento), Adame puso final feliz a la tarde más plúmbea de lo que llevamos de feria. Tuvo mérito la fe del mexicano, su implicación durante todo el espectáculo, incluso los naturales que ligó al cuarto y especialmente al sexto. Cierto que fue definitivo su arrojo para entrar a matar sin muleta al último, y la emoción y el desenlace de tan arriesgado trance, para el premio final. Pero su obra y su tarde contó con más argumento que ese espadazo de kamikaze consciente.

Y después de lo bueno, lo malo. Empezando por una corrida de El Torero impropia de Madrid. Fea y desigual, con toros sin el trapío que requiere esta plaza. Inédito Ginés Marín, que 48 horas después de reventar la feria se encontró con un toro sin remate y sin fuerza y otro reparado de la vista. Los dos debieron ser devueltos pero el palco volvió a bordarlo. Así se cuida a un torero joven y con proyección, al que por cierto habían sacado a saludar después del paseíllo. Ahí acabó su tarde. La de Espada, concluyó pocos minutos después, cuando el animal de la confirmación le volteó feo y duro al entrar a matar. Había dejado buenas sensaciones el de Fuenlabrada, que seguro será tenido en cuenta por la empresa para volver a Madrid en cuanto tenga ocasión.

Estuvo centrado y dispuesto el confirmante con un toro amplio de sienes, construido cuesta arriba, zancudito, que ya marcó la tipología tan poco agradable que tenía el encierro. Con la movilidad como única virtud, el toro sin embargo se movió de modo desordenado, tendiendo a soltar la cara y puntear el engaño al final de cada pase. Espada anduvo solvente, sereno. Inició por estatuarios, trató de limpiar los muletazos, incluso improvisó algún muletazo por la espalda ligado a un cambio de mano aprovechando la querencia del astado a los tableros. Hubiera recogido una fuerte ovación de no mediar la fuerte voltereta al entrar a matar en segunda instancia, que le produjo una severa conmoción.

Finiquitó Adame al animal y luego a los dos de su lote, en el que entró primero otro astado de mucha cuna, estrecho y zancudo, pero sin remate, sobre todo de los cuartos traseros. Tuvo el toro galope y son de salida pero además de por su presencia, fue protestado por su falta de fuerza. Agradeció el animal la brega suave de Miguel Martín, y el oficio que imprimió Adame a la faena, pero como al público no le gustó el toro, no dio importancia a la faena del hidrocálido.


Pudo regresar a los corrales este animal, igual que el lote de Ginés Marín. El primero, el toro de menos trapío de lo que llevamos de abono, además no se tenía en pie, mientras que el quinto, ya hizo cosas de reparado de la vista en el saludo del torero extremeño. ¿No lo vio usted, asesora veterinaria? Además de hurtar al torero la posibilidad de triunfo y al público la merma del espectáculo, ¿Son conscientes del riesgo que entraña ponerse delante de un toro así?.

Los dos animales más acordes de tipo a la exigencia de esta plaza fueron cuarto y sexto, y curiosamente fueron los dos que mejor juego dieron. El cuarto, un cinqueño más hondo y más lleno, humilló y repitió de salida, con fuerza y codicia, pero al último tercio llegó con el fuelle en reserva.. Adame lo empujó para delante con delicadeza, consiguió muletazos con largura y expresión, sobre todo al natural, aprovechando el templado viaje del animal, pero la falta de transmisión del astado fue un hándicap para que la labor del torero azteca llegue al tendido.

Quizá por eso el de Aguascalientes quemó las naves en el sexto, toro con más cuello, más fino, que se desplazó de salida, empujo en el peto con la cara alta y aunque también medido de empuje, siempre tuvo voluntad de embestir. Adame estuvo buscando la oreja toda la faena. Desde el inicio por estatuarios entre las rayas. Muy quieto. Luego pulseó mucho y bien la embestida del animal, al que administró a la perfeccion, dándole tiempos entre serie y serie para oxigenarlo. A pies juntos, al final de la faena, llegó una serie rotunda y torero, aunque a la gente le llegaron más las bernadinas, de insuperable angostura, que sirvieron de antesala al colofón final.

Muleta al suelo, vista al morrillo, y estocada en rectitud. Sin engaños. Sin cuentos. El trance tuvo más emoción del que ya de por sí tiene esa suerte porque el torero se quedó en la cara, el animal rebañó y abrió la banda de la taleguilla de un derrote y cayó encima del torero para no volver a levantarse. Sólo ahí reacciono el público pero aunque fuera en el descuento la oreja tuvo valor e importancia. Algunos dirán que fue un golpe de suerte, pero la suerte hay que buscarla y Adame la persiguió durante toda la tarde.