PSu segunda corrida de toros... ¡Quién lo diría! Difícil caminar con más aplomo y torería por una plaza de toros. Un invierno entero y verdadero, sobre todo este que además se resiste a ceder el testigo a ese sol vital de primavera, ha pasado desde que Enrique Ponce le cedía, San Miguel mediante, a 'Recobero' a Pablo Aguado. El hastío del vacío desde entonces. Hasta hoy. El sevillano cortó una merecida oreja del sexto y puso argumentos a la primera de una Feria de Abril que se desperezó con una corrida de Torrestrella que decepcionó con la única excepción, precisamente, del lote de Aguado, más bonancible. Muy parejo de caras, que no de hechuras, al encierro de Torrestrella le faltó poder y duración, salvo a un tercero muy irregular en las embestidas -ahora rebrincado, ahora violentado al puntear los engaños- que tuvo transmisión y a un sexto con inercias, que humilló por abajo, aunque le faltó entrega en el final del viaje. Menos fortuna tuvieron Lama de Góngora y, sobre todo, Javier Jiménez, que pechó con un lote imposible.

La tarde fue de Pablo Aguado. Por seriedad, por aplomo, por convencimiento, por gusto, por torería, por reunión... Por un puñado de tantas cosas que llevaba agarradas en su mano con la misma fuerza que, más tarde, la oreja del sexto. Fue un toro alto, cuesta arriba, más vareado que sus hermanos, que apretó en los de recibo, aunque apuntó ya cierta clase. Ayudó después la buena brega de Rafael González. Brindó Aguado a Curro. Romero, claro. De sevillano a sevillano. Y le pegó media docena de doblones que sacaron del letargo al tendido. Cadenciosos. Ganando terreno en cada muletazo y tratando ya no sólo de templar, sino incluso de reducir las embestidas. Saliendo de la cara del toro siempre sin darse importancia. Con una torería impropia de un espada con el verdor de su vestido de luces reflejado en la cifra de corridas matadas. Nada más que en eso. Se le vio un torero hecho, cuajado, con el aplome del que lleva ese goteo de temporadas sobre las hombreras del traje de luces.

Se lo sacó a los medios y allí hilvanó una tanda más en redondo que terminó de poner en órbita el trasteo. La misma despaciosidad. Idéntico tacto para pulsear y tratar de ralentizar la embestida de un astado que tuvo inercias y quiso por abajo, pero que no terminó de entregarse en el final del viaje. No iba hasta el final. Pero Aguado supo coserle las arrancadas a base de temple. Toreó siempre muy reunido. Convencido de sus credenciales. También con la zurda. Hubo personalidad en los remates. De órfebre. Un cambio de mano larguísimo. De detener el tiempo. Le siguieron varias trincherillas cumbre. Una delicia. Convencidos todos. La oreja era unánime. Salvo para el acero. La espada encontró hueso, pese a volcarse como si no hubiera mañana. Hundió la tizona en la segunda oportunidad y rodó el 'Torrestrella' sin puntilla. No se resintió la petición. Marea blanca de pañuelos y oreja. Merecida.

Aguado se había hecho notar en la tarde, no perdonó la ocasión, con un quite por chicuelinas al segundo. Ya en su primero, ensillado y estrecho de sienes como sus hermanos -salvo el bastote quinto-, que se trató de quitar el palo en el primer puyazo y salió suelto, como alma que lleva el diablo, en el segundo, advirtió que no venía dejar pasar la tarde. Tras el sereno comienzo junto a las tablas, la primera serie en redondo hizo que La Maestranza pusiera el ojo en su faena. El toro no era una joya, muy informal en sus embestidas, pero tenía la virtud de la transmisión. Rebrincado en este primer tramo de faena, Aguado le bajó la mano en derechazos poderosos. De la mano de hierro a muñeca de seda. Consiguió el sevillano templar una y otra vez sin que le tropezara el engaño. Ahí estuvo la clave, porque el burel soltaba la cara con frecuencia. Tragó además lo suyo, porque el animal a veces se lo pensaba a mitad del viaje y cada acometida era una moneda al aire. Para la videoteca la media docena de naturales finales a pies juntos. De uno en uno. Citando de frente. Echando los vuelos y enganchando la embestida. Henchidos de verdad. Lástima de dos pinchazos previos a una estocada casi entera, porque el trofeo también, esta vez, estaba en su mano. Ovación.

Javier Jiménez no tuvo suerte. Apetecía ver de nuevo a un torero que conoce en primera persona lo que es la gloria de la Puerta Grande de Madrid, pero al que el venenoso peligro de que no pase nada -ni para bien ni para mal- en las plazas de primera se le convirtió en cicuta en 2017. Otro capítulo más de esa historia sumó ayer. Lo masculló con el mastodóntico colorado salpicado que rompió plaza. Bastito y de mazorca ancha, blandeó en los primeros tercios e incluso pareció atisbársele dificultades para apoyar la mano izquierda. Muy afligido, en ocasiones. Le costaba un mundo regalar una arrancada y, cuando lo hacía, era a media altura. Una quimera que se convirtió en utopía en el cuarto, el de mejores hechuras del encierro. Sin embargo, su casta derivó en genio y se convirtió en una pesadilla estar delante. Soltaba un tremendo gañafón al final de cada viaje, que era siempre muy descompuesto y se violentaba en cuanto rozaba las telas. Trago desagradable. Silencio tras aviso en ambos.

Volvía Lama de Góngora. Tres años después a Sevilla. Dos, a España. Buscó un oasis de contratos a su toreo en México y se le vio centrado, correcto, con un zancudo segundo que se arrancó con alegre presteza, de bravo, en los dos puyazos, pero que luego, en la muleta, sólo duró otras tantas tandas. Dos series de derechazos en los que apenas perdió pasos, aunque faltó algo más de ajuste. Llegaron al tendido, pero no hubo dos con tres y aquello no dio más que para una ovación. El quinto, bastote, acapachado y hondo, que sólo tuvo de Torrestrella el clásico pelaje burraco, no tuvo clase alguna por mucho que pasara una y otra vez en su muleta, así que la faena murió de insípidez.