No era corrida para invitar a las musas. Porque dentro de su disparidad de hechuras costó trabajo encontrar un animal bien hecho, porque al encierro de Matilla le faltó armonía y belleza, y porque dentro, tampoco llevaban nada que invitara al optimismo. Pedía la tarde oficio y solvencia para imponerse a ella y pensar en otra cosa. Pero a Morante, mira tú por dónde, le picó la curiosidad. Y se entretuvo en rascar donde no había. Porque allí no había nada. Lo juro. Aunque luego el de La Puebla convirtiera el agua en vino.

Lo mismo salía por chiqueros un toro amplio de sienes y corto de manos, que otro huesudo y zancudo, con pinta de vaca vieja. Hubo incluso un colorado que por alzada y tipología pareció más de origen Raboso que Jandilla, mientras el sexto, terciado, feo, sin remate, fue el ejemplo perfecto de lo que no es ni ha sido nunca el toro que pide La Maestranza. El cuarto, que fue el toro del milagro, era descarado de pitones, más recogido que sus hermanos, y le faltaba cuello. De salida se frenó en el capote de Morante y en el de Lili. Cabeceó e hizo sonar el estribo en el tercio de varas y en banderillas, se dolió y buscó el abrigo de las tablas.

¿Qué coño le vio Morante para no doblarse con él y marcharse a por la espada para llegar pronto al hotel y ver el derby? El caso es que con un muletazo de tirón se llevó el toro a las rayas y allí, sin probaturas, se puso a torear en redondo. Sin obligar al animal, sin forzar la figura tampoco, con gran naturalidad y dejando al toro a su aire, simplemente que pasara, logró engañarle en un par de series en el que el toro de Matilla nunca acabó de rebosarse. Tampoco lo obligó al natural, con amenaza evidente de ser cogido porque el toro nunca venía sometido. Pocos percibían el peligro sin embargo, porque la figura de Morante, tan entregada, tan hundida en el albero, expresando el toreo con esa naturalidad, nunca exteriorizó que allí había riesgo.

Por eso es obsceno hablar de técnica en este torero. Aunque en su cuerpo encierre más pericia y más registros que ninguno. Porque esa palabra resulta más una blasfemia que una loa. Hablemos pues de conocimiento y ciencia lidiadora, que es de lo que hizo gala El Genio para robarle dos series con la zurda portentosas, con naturales francamente extraordinarios. Volvió a la derecha, mantuvo el nivel y concluyó con otros tres naturales hurtados inmensos. Aguantando. Consintiendo. Faena muy comprometida, imprevisible, porque nadie la esperaba. Como el final por bajo, como el modo de igualar el toro, andándole. Insuperable. A la hora de matar el toro no estaba con él, y lo esperó con la cara arriba, sin dejarle pasar. Un pinchazo y media estocada en lo alto dejaron en una simple ovación, posiblemente, la faena con más miga de todo el abono.

Su primero fue el de mejores hechuras, dentro de su amplitud de sienes, fue un animal bien hecho y bien encornado, acapachado, corto de manos y astifino. Morante, sin preámbulos, meció al toro desde el primer lance, suave, ganando terreno con parsimonia, andando. El toro se abrió de los vuelos con clase, gateando incluso. Más allá de las rayas esculpió una media con la misma delicadeza, pero el animal, que dobló las manos al salir del peto, se le metió por dentro en un quite por tafalleras muy pinturero. Luego en la muleta tendió a acostarse, a desparramar la vista. Morante le tocó fuerte para tratar de fijar la embestida y tras enseñarlo por los dos pitones lo despachó de una soberbia estocada.

Esa rúbrica, o la que tuvo, pero en la primera tentativa, la hubiera canjeado Javier Jiménez por una oreja de su primero. Estuvo inteligente el sevillano, que hizo todo a favor de un toro proporcionado pese a su alzada, suelto de carnes y amplio de mazorca, al que ya templó en el saludo y luego empujó para delante con criterio a la altura a la que el toro embestía (por la cintura). Sin obligar nunca al animal, echándole los vuelos al hocico sin violentarlo y corriendo la mano con limpieza edificó una obra sobria y consistente, porque a pesar de tener que mover al toro en esa media altura, hubo limpieza, fluidez y ligazón. Además de la mácula del acero, merece mención aparte para la guasa de la música. Esa manera de entrar tarde y cortar a destiempo hace honor a lo que dice su nombre que son. Una banda.

El sexto, como quedó dicho arriba fue un toro feo, estrecho y cuesta arriba. El de menos remate. Y embistió como era. Porque hizo amago de tener codicia para perseguir el engaño tres muletazos seguidos en el inicio, pero conforme se desarrolló la lidia el toro empezó a quedarse corto, a reponer y a defenderse, enseñando lo que llevaba dentro: genio.

El lote de Perera lo conformaron un cinqueño con alzada, estrecho, zancudo y tocado arriba de pitones y un colorado alto, de lomo quebrado, largo y suelto de carnes. El primero de ellos, herrado con el pial de Peña de Francia, ya marcó querencia de salida, y volvió a irse a terrenos de chiqueros antes de que Perera comenzase una faena en la que trató siempre de taparle los puntos de fuga y hacer romper para delante al animal. Dejándole el trapo en la cara, en paralelo a las tablas, trató el extremeño de dar celo al animal y lo consiguió en un par de series, pero fue un espejismo, porque en las siguientes el astado se quedó en el embroque y comenzó a salir desentendido del engaño, desluciendo el esfuerzo del extremeño. El quinto pareció que duraría más. Hubo un torero inicio por alto y una primera serie larga y templada, pero luego al astado le costó salirse de los vuelos, Perera hubo de dar un tiempo entre un pase y otro y aquello perdió continuidad. Se impuso en la distancia corta antes de cerrar de una estocada entera su paso por la feria.