Que la lluvia puede ser fuego es cuestión creíble sólo en los toros. Andaba la segunda novillada de San Isidro en tierra de nadie cuando, después de un prólogo de relámpagos y truenos, cayó sobre Las Ventas el universal diluvio para elevar el tono plano de la tarde. Llovió tanto y con tal mala leche, que parecía que la empresa tuviera algún acreedor allá arriba. Salió el público en estámpida cuando Toñete se quedó solo con el novillo. Con esa insistencia de querer torear despacio y enganchando, sin el uso de inercias, cuerpo erguido, un embroque caro y algunas imperfecciones. Las que salen del que aún tiene tanto por aprender pero con mucho aprendido. El debutante se mereció esa vuelta al ruedo que dio bajo la lluvia de Noé con la oreja como tesoro. Al niño 'pijo' no le asusta el barro. Buena presencia de una novillada de Conde de Mayalde con tres novillos para poder torear, algunos en clave de manso. Con claves también de distancias y alturas y terrenos de ganar y perder pasos. De torear paralelo a tablas y no en perpendicular. Hubo entrega sincera en Alfonso Cadaval en el segundo y una tarde más inexpresiva de Atienza.

Desatado el vendaval en el quinto y acechando la tormenta perfecta, aguardaron las primera 'astillas' de lluvia para ver salir de chiqueros a un sexto fino de cabos y más largo que sus hermanos, que enseñaba las puntas. Para cuando Toñete ofreció la franela a 'Buzonero' ya caía la 'mundial'. Aguacero desencadenado. Granizo, por momentos. El ruedo, convertido de un parpadeo en lodazal. Y ese 'niño pijo' al que no le hace falta pasar fátigas delante del toro, inalterable, con idéntico deseo de componer bien y torear despacio. Las tandas se sucedieron, ligadas, con buen embroque y templadas. Quiso torear despacio toda la tarde el madrileño, enganchando embestidas sin inercias hasta convertir su faena en épica. Lúcida emotividad en condiciones dantescas para cuajar a un utrero que sin ser de triunfo en Madrid, mostró la noble toreabilidad de algunos de sus hermanos. Se perfiló derecho como una vela y enterró al acero de manera contundente. El trofeo, premio a su afición, de justicia.

Había esbozado ya ese meridiano concepto de novillero en franca progresión en el tercero, algo montado y más agradable por delante. Primero en los cadenciosos lances a la verónica, ganando terreno hasta los medios. Luego, en un comienzo encajado, con el mentón hundido y la planta erguida, en el que cada muletazo por bajo fue más despacio que el anterior. Sin embargo, sólo duró ese preludio el utrero, sin inercias y desrazado, que se vino abajo por su falta de fondo. Pese a ello, Toñete, de uno en uno, logró 'birlarle' derechazos con temple y una tanda de naturales excelente. Limpia y profunda. El final, muy torero, a dos manos. Saludó una ovación tras pinchazo y estocada contraria.

Alfonso Cadaval era otro que se presentaba en Madrid. Y echó tarde madura el sevillano. Especialmente, en el segundo. Novillo ensillado que abrió más la cara al que citó en la misma boca de riego con ambas rodillas clavadas en la arena. Había que aguantar el trance. Estoico resistió y toreó en redondo aprovechando el torrente de movilidad rebrincada del 'Mayalde' que pedía sitio y, quizás, perderle algún paso más. Transmitió también el novillo en las tandas posteriores en redondo en las que Cadaval mantuvo con convencimiento la apuesta por lucir a su rival. Con sabor, las trincherillas postreras ante un animal ya rajado. Estocada trasera, pero certera. Saludos tras petición. Poca tajada para Cadaval tuvo el áspero quinto -amplio de sienes y más despegado del suelo-, agarrado al piso, que pasaba rebrincado, sin maldad, pero carecía de raza.

Abrió la terna Pablo Atienza, que cogió ambiente la temporada pasada a golpe de oreja en las nocturnas de verano. No pudo insuflar otra bocanada de repercusión a su carrera esta tarde, a pesar de llevarse el lote de la tarde. Su primero, aun mansito y con intención de arrollar a favor de querencia, tuvo cierta nobleza hasta que 'echó la persiana' para rajarse. El segoviano pecó de demasiado académico y a la faena le faltó arrebato. El cuarto, novillo bien visto por el público y algo más complicado abajo, fue el más completo del encierro. También el más acorde al gusto de Madrid, se le ovacionó en el arrastre después de una faena de largo metraje que no tomó vuelo, y a la que faltó acople, pese a los intentos de Atienza por correr la mano y ligar. Silencio en ambos.