Con una docena en la mano izquierda. Con un elogio a la no violencia. Con la insistencia natural de reducir la velocidad lenta del toro. Con el cuerpo erguido pero relajado. Con eso que es poco y lo es todo, Manzanares partió en dos Madrid en una faena que fue un elogio al toreo cabal. Al de siempre. Elogio también al excelente toro de Victoriano que se desplazó con el mismo desmayo con que moría la muleta de Manzanares. Esa faena, reveladora y rebelde, tiránica por no comparable en la feria, casi se traga la buena actuación de López Simón, crecido con un toro bueno de emoción y raza, en una tarde en la que sale crecido. Castella, perfecto y sin eco en una faena de nota. Una gran tarde.


Esa manía de redondear ¿y si fueron nueve? ¿o catorce? El número muere con el sorpasso del tiempo. También la cantidad. De repente el toreo llega, fluye y encarna emociones que no entienden de más. Con ese misterio de lo que no se espera surgió la antología de Manzanares y 'Dalia'. Bonito, aleonado, bajo y con cuajo, astifino y engatillado de cuerna estaba hecho para la embestida. Hubo ajuste en las verónicas de recibo donde el toro se metió por dentro, para después ejecutar una danza a la chicuelina de mano baja, de vuelo flamenco y de garbo Manzanares. 'Dalia' también apretó en el caballo, siempre con la cara abajo y el alegre galope en banderillas hacía presagiar una conjunción perfecta.

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La obra de Manzanares es incatalogable en esta evolución hacia lo largo. Todo medido. Desde el inicio, suave, a favor del toro, acariciando el lomo con la muleta, a media altura y recto para que rompiese. Dos trincherazos monumentales por debajo de la pala del pitón comenzaron a construir esta obra inmemorial. 'Dalia' era mejor por el izquierdo. Ahí lo cantó en un pase de pecho que se convirtió en un circular hasta la otra hombrera que fue todo cintura y muñeca. Visto el toro, muleta a la izquierda y desde el primer natural se desmayó. Encajado y roto. Erguido y relajado. De cogerlo adelante y dormirse en ese vaivén que era una embestida de bravo. Con codicia, pronta, humillada. Encastado. Manzanares tuvo medida hasta con el viento, al que esperó que se durmiera para volver a poner la muleta, dejársela en la cara y acariciar cada viaje del buen 'Dalia'. Obra magna. Ocho muletazos que resquebrajan la historia. Que dan sentido a la vida. El toreo muere con la esperanza del recuerdo.


También hubo ajuste. Cuando el cuerpo se desprende del alma no vale el valor ni el miedo. 'Dalia' a veces, como en el capote, se venía por dentro. El toreo lo mecía más. Después vino otro trincherazo, un cambio de mano de olé rasgado... y la espada. Manzanares, paciente, esperó, aguantó, midió. Distancia, la que el toro quiera. Velocidad, la que traiga. Ahí mismo se cuadró, lo esperó, el toro vino, miró al callejón, vio al torero que no se movió y dejó un espadazo en la suerte de recibir simplemente perfecto. Madrid encumbró al héroe que creía caído. El toreo de siempre. El que ha hecho que sea un arte vigente en nuestro siglo. Que nos enfada y emociona. No hubo rabo, como tampoco hubo vuelta para el gran 'Dalia' que -qué cosas- tuvo nombre de mujer.

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La Beneficencia, que volvía a adquirir el sentido de Extraordinaria y especial por los adornos que lucía de guirnaldas y estandartes las andanadas o la recuperación de las banderillas que los antiguos llamaban 'de lujo', ya tenía un hueco en la memoria de la plaza. López Simón tenía asegurada su cuarta Puerta Grande y, por primera vez, había desorejado a un toro. No sin protestas pero el pueblo dictó la orden. 'Campirito' fue otro gran toro dentro de una buena corrida de Victoriano del Río. Un punto alto y tocado hacia arriba de pitones, lo dejó crudo el madrileño en el caballo. Se movió mucho en banderillas y llegó entero a la muleta. Simón arrancó por estatuarios pero el toro quería poder y mando para canalizar la bravura que guardaba. Así, después de escaparse dos veces, el torero atendió a la llamada, le puso la muleta y el toro comenzó a planear. La movilidad y la manera de colocar la cara daban una trasmisión que rápidamente conectó con los tendidos. Cuando toro y torero ya se conocían, Alberto se relajó, se encajó, metió los riñones y brotaron los mejores momentos de la faena. Por fin podía dejar a un lado el tremendismo y darse al toreo. Cogió la mano izquierda, el toro parecía que quería irse pero en realidad se abría una eternidad para coger la muleta con una calidad asombrosa. Volvió a la derecha donde cuajó una tanda de perder un paso, ligar y trasmitir todo lo que tenía el buen 'Campirito'. Para matar, se cuadró lejos, citó y en el embroque le cogió por el vientre de muy fea manera. Simón estaba bien y la estocada enterrada en todo lo alto. Julio Martínez, que tantas y tantas se ha comido, no se lo pensó y la protesta fue sonora. El toro fue de diez en la muleta y de cortarle las orejas sin un pito.


La apuesta de Castella no alcanzó el objetivo en lo estadístico pero, a buen seguro, en lo personal le ha dejado muy orgulloso. En su cuarta tarde este San Isidro estuvo perfecto. Al serio, astifino, zancudo y vareado primero le dio las tres tandas que duró el animal. Dos por el derecho y una por el izquierdo tremendas de verticalidad, limpieza y aplomo. El cuarto, el más serio de la corrida, tuvo fijeza y buena condición pero le faltó raza para que todo llegará más a un apático público que aún andaba a vueltas con las orejas de López Simón. La tanda por el izquierdo, de mención. Cuando se acabó el toro, se metió entre los pitones para hacer un alarde con los pitones pasándole por la chaquetilla. Para cerrar, dio una manoletina... pero sacó media muleta y pegó una serie de alboroto sin ningún eco.


La Historia ya guardaba esta Beneficencia con el cariño con que trata a lo voluble. También demostró, más allá de las orejas, cómo un torero puede dar la vuelta a su propio sino. López Simón fue capaz de abstraerse de las otras tardes y creer en sí mismo para estar a la altura de una guadaña que podía enterrar. Así, se fue a porta gayola para recibir al sexto con el que incluso pudo quedarse sin ver en volandas la calle Alcalá. Los toreros solo entienden el ahora. O Manzanares que consiguió mostrar al deslucido segundo y demostrar que poco es mucho para ser feliz.

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Plaza de Las Ventas. Corrida Extraordinaria de Beneficencia. Lleno de 'No hay Billetes'. Cuatro toros de Victoriano del Río y dos de Toros de Cortés, 2º y 6º, de voluminosas caras y bien presentados. De buen juego en líneas generales, destacaron tercero y quinto, merecedor de la vuelta al ruedo, ovacionados en el arrastre. El resto, se dejaron en mayor o menor medida.

Sebastián Castella, silencio tras aviso y palmas tras aviso.

José María Manzanares, silencio y dos orejas con petición de rabo.

López Simón, dos orejas con protestas y ovación.