Anda todo hijo de vecino buscando un remedio estos días donde el calor sacude sin conocimiento ni misericordia. Sombra, agua y abanico no alcanzan a ser remedio. También en Las Ventas, que se puso sus mejores galas para recibir al Rey Felipe en la primera Beneficencia de Plaza 1. Se derritieron los espectadores en el granito, se consumieron los de 'victoriano' en el ruedo y se evaporaron las faenas de Manzanares y Talavante. Pero quedaba El Juli, que no hay fuego que lo queme, sol que lo derrita, ni termómetro que mida su ascensión de maestro. Grande en todos los escenarios y en todas las circunstancias. Hoy en Madrid, plaza al fin rendida, cuyo nombre comienza con la misma letra que se escribe la palabra 'maestro'.

Muy dispar de hechuras y volúmenes, pero con todos los ejemplares aptos y acordes con un evento de esta magnitud, la corrida de Victoriano prometió más de los que luego desarrolló. Se atisbaron virtudes a varios de los animales que no terminaron de explotar, quizá por el calor africano que devasta la Península y que lógicamente, no sólo afecta a los humanos. Pero todos, el que apuntó clase y el que se movió sin ella, el que humilló de salida y el que manseó en los primeros tercios, el que transmitió aunque fuera soltando la cara y el que la colocó con calidad en el embroque se hermanaron en su falta de fondo.

El cuarto fue uno de esos que enseñó cosas muy buenas de salida. Más alto de cruz que sus hermanos, grande, suelto de carnes, con cuello, astiblanco y enseñando las palas, aunque salió suelto, ya tuvo son en el capote. Y El Juli, después de que el animal cumpliera en el caballo, empezó a poner aquello en ebullición con un quitazo por chicuelinas de mano muy baja, concluido con una cordobina y una media de igual catadura. El inicio por bajo fue precioso. Y las dos primeras series, soberbias, por su trazo despacioso, por la manera de deslizar el trapo y por ese modo de someter sin obligar que tan bien domina este torero.

El punto álgido de la faena fue el remate de la segunda serie, con el último muletazo ligado a un doble pase de pecho. Tres muletazos sin enmendarse ni rectificar la posición que levantaron al público de sus asientos. Aquello cogió fuerza de acontecimiento, y más cuando, después de otra serie soberbia, se cambió la muleta por la espalda y ligó un natural extraordinario. Pero ahí el toro se acabó. Tiró el torero de ciencia y, muy metido entre los pitones, con media muleta y una gran parsimonia, extrajo muletazos al ralentí, de gran hondura y reunión. Imposible torear más largo citando tan en corto.

El estoconazo fue definitivo y la oreja inapelable... pero ahora que Madrid por fin le respeta y la mayoría se rebela contra los cuatro aguafiestas que cada vez pintan menos... ¡ay si el toro aguanta diez muletazos más...!. Su primero se movió de otra manera, humillando sin terminar de pasar en el capote, manseando en varas y acometiendo de modo desacompasado, sin terminar de viajar metido en los vuelos. Pareció que al menos su carácter transmitiría emoción, pero como no tenía raza, se afligió en cuanto se vio podido por la apisonadora de Velilla.

El primero de Manzanares, un sardo salpicado, corto de manos y amplio de cuna, embistió de cine de salida, pero un toque a destiempo del alicantino cuando trataba de llevarlo al caballo lo dejó renqueante y el presidente se precipitó en devolverlo. El sobrero de Domingo Hernández, más alto de cruz, más basto, resultó pronto pero un tanto pegajoso, pues nunca terminó de soltarse de los engaños. Y el alicantino no estuvo cómodo. También tuvo buen aire en los primeros tercios el quinto, largo, con cuello, astifino y cornidelantero, pero estaba cogido con alfileres. Manzanares aplicó suavidad pero el animal no terminó de desarrollar todo lo bueno que se le intuyó.

Bajo, con cuello, acapachado de testa, el tercero hizo cosas de manso ¿oriundas de Atanasio?, pero con ese punto de manso que transmite. Pensamos en un toma y daca entre el de Victoriano y Talavante, sobre todo porque el animal soltó la cara en la primera serie y el torero no cedió terreno, pero su bravuconería se acabo ahí. En la siguiente el animal comenzó a defenderse con malos modos hasta terminar acobardado en la tapia. Luego midió en varas al castaño sexto, largo, veleto y amplio de cuna, incluso le dio metros, pero ni con la inercia terminó de empujar el engaño el toro, fundido, como toda la corrida, como Felipe VI, como el resto de mortales. Palabra que, como Madrid y 'maestro', comienzan con la misma letra.