Solo le quedaba una carta. En la corrida y, probablemente, en una temporada que se pondría cuesta arriba. Así fue cuando se echó la muleta a la mano izquierda para torear. De verdad. Con todas las letras. Muy lento, con compás, largo. Pero sobre todo eso, despacio. La emergencia de quien está tieso pero con la certeza de que puede cambiar su sino. Como ya lo hizo en 2014. Como lo hizo en Madrid cuando empezaba. La Maestranza rugía como en las grandes tardes. Sevilla busca un príncipe al que cuidar como un tesoro.

Pepe Moral cerró la feria toreando. Y bien. Tiene el sevillano la cualidad del temple, el poso que da una alternativa que ya se pierde hace casi ocho años y el alma de quien quiere torear más de lo que torea. Además tiene expresión. Torea con compás y alarga el brazo. Y todo eso lo sacó con una variada corrida de Miura con hechuras de la casa en el que salieron dos de los complicados, dos que se dejaron y dos que se lesionaron de una mano -uno que apuntó nobleza y otro que iba para peligroso-, lo que les impidió para la lidia normal. Sevilla brillaba hoy con una luz especial. Será la nostalgia de sentir lo que estaba a punto de acabarse.

Abrió el lote del de Los Palacios un toro agalgado, con menos kilos y de mejor presencia que el primero. Lo lanceó con suavidad y remató con una arrebatada media. Tenía buen tranco el animal pero le faltaba un punto de empuje con el que va la humillación. Le puso inteligencia Moral para corregir los defectos del Miura que embestía de forma muy descompuesta. Ahí fue cuando mediada la faena lo apretó por el derecho, alargando la embestida y trasmitiendo al tendido. Con la música sonando, cogió la mano izquierda para interpretar el toreo caro. Otra por la derecha de mucha ligazón y profundidad. La tanda final con la izquierda y las trincherillas de remate -con el toro mirando al tendido en el final de cada muletazo- fueron el colofón a una faena que fue creciendo de forma progresiva. La estocada en todo lo alto le puso la oreja en la mano y la esperanza en lo que aún estaba por llegar.

Con dos largas cambiadas Pepe Moral recibió a 'Amapolo', un miura que superó con creces los seiscientos kilos pero más bajo, huesudo y enseñando las puntas. Se levantó con energía para seguir lanceando a la verónica ganando terreno hasta más allá del tercio. Lo llevó galleando con el capote a la espalda en el primer encuentro y lo dejó largo en el segundo. Se arrancó con alegría y embistió a media altura. La cabeza de Moral sabía que el toro le iba a dar una oportunidad soñada. Así fue como con la muleta en la izquierda empezó a torear al ralentí, enormemente despacio. El toro era noble y embestía al son de la templada muleta del sevillano. Una de esas virtudes que si un torero es capaz de encontrarle la velocidad o incluso reducírsela aún más tiene el alboroto garantizado. Tenía a la gente loca. En Sevilla suena el runrún cuando ya tienes una oreja en el esportón. 'Amapolo' iba dormido y a veces a su aire pero Pepe Moral toreó con tal compás que crujió la plaza. Se gustó en las trincherillas finales que rezumaron sabor. Con la espada montada, apretó la gente y apretó él. Apretó tanto que cayó un tanto baja que no bajonazo. ¿Tanto como para quitarle lo que se había ganado? Una vez más, el palco tuvo las de ganar en otra decisión que no solo le quita una oreja, sino que borra de un plumazo una Puerta del Príncipe que Pepe ganó a golpe de natural.

Esaú salió por su propio pie de la Maestranza de milagro. Para demostrar su compromiso, cruzó el ruedo para recibir en la puerta de chiqueros al primero de su lote. Con la dificultad que acarrea precisamente con esta divisa cuya salida suele ser al paso, orientándose y mirando hasta el vuelo de una avispa. Así fue como el toro le midió, arrolló, Esaú se tiró para esquivarlo pero el Miura se revolvió como el rabo de una lagartija y le pegó una tremenda paliza. Lo zarandeó, lo pisó y hasta derrotó, afortunadamente, con las palas del pitón. Quedó inmóvil en el ruedo en unos segundos de trágica incertidumbre. El toro causó el pánico en el ruedo yendo de picador a picador. Sin esperarlo y heroicamente, volvió al ruedo casi concluido el primer tercio. También fue peligroso en banderillas e incluso prendió por la chaquetilla a Curro Robles que expuso en el tercer par y lo buscó con saña en el ruedo. Un capote milagroso evitó algo mayor. Muy peligroso se puso también en la muleta, lanzando derrotes por encima del estaquillador. Mérito la tanda por el derecho. Por el izquierdo le dijo que 'su' tía. En un arreón, el toro se lesionó de la mano izquierda y tuvo que irse a por la espada.

El sexto tuvo mucho volumen. Lo lanceó bien Esaú de inicio y se arrancó de lejos en el segundo puyazos. Hubo transmisión en las primeras tandas por la movilidad del animal y el torero de Camas lo toreó con buen son sobre la mano derecha. El toro fue a menos y, por ende, la faena que se quedó en la buena disposición del coleta.

Solo tenía dos cartuchos Antonio Nazaré para dar la vuelta a su futuro. Pues bien, el primero fue pólvora mojada por el dudoso criterio presidencial de aguantar a un toro que, manifiestamente, se había lesionado de una mano en el primer tercio. No le sirvieron a la señora presidenta con las continuas caídas en banderillas para echarlo para atrás y obligó al de Dos Hermanas que se ahogara en un sinsentido. Estuvo limpio en una faena a media altura, siempre sujetándolo. Irreprochable su actuación. El cuarto tuvo esa salida de chiqueros típica de Miura. Este cárdeno tenía buenas hechuras, dentro de la altura natural de los del hierro de la A con asas. Nazaré lo sacó a los medios con el capote en una lidia de nota con el toro viniéndose por dentro. Hizo caso al público y lo dejó largo en el segundo encuentro con el picador. Puyazo en lo alto de Manuel Jesús Ruiz Román. Volvió a medir y a acortar en banderillas, lo que haría después en la muleta. Estuvo perfecto Nazaré sudando tinta china frente a un toro muy agresivo y complicado. Incluso llegó a meterse entre los pitones para sacarle todo lo que tenía con mucho mérito. La estocada quedó trasera y todo se quedó en una ovación.

Sevilla no dejó a Pepe Moral que se fuera a pie. No lo merecía. La bronca cuando salía en volandas por la Puerta Principal aún resuena en los ya vacíos tendidos de la Maestranza. La Feria no mereció más protagonismo de un palco que quiere ser la novia en todas las bodas. Sevilla mereció que un torero de Sevilla, su Sevilla, abriera su puerta más grande. Sevilla mereció la recompensa de encontrar a su príncipe: Pepe Moral.