Hubo que esperar dos semanas, pero mereció la pena la demora. Porque la decimoquinta de San Isidro nos deparó una tarde grande. Con más argumento varios festejos juntos. Con miga y matices. Y con el primer triunfador incontestable del abono: El confirmante Ginés Marín, a quien le va a cambiar mucho la carrera tras cuajar a 'Barberillo', el toro de lo que va de feria. Un toro que te encumbra si eres un gran torero (y Ginés es uno muy grande) y que te manda a los albañiles aunque sepas torear. No fue lo único. El Juli enseñó galones con otro cuya enrazada embestida se podría describir entre jeroglífica y califragilística por lo exigente y cambiante de la misma. Un toro de volver loco al más pintado. Un problema de primaria para la cabeza mejor amueblada del toreo.

Hubo más: Una corrida seria, bien hecha, fina, entipada, brava y no fácil de Alcurrucén. Le faltaron finales a algunos toros pero el envío abarcó desde el exigente segundo, al enclasado tercero y el ya citado sexto, de alegre emotividad. Y por último, el paso por Madrid del otro confirmante, Álvaro Lorenzo, serio y responsable, que saldó con dos ovaciones su primera actuación como matador de alternativa en la plaza de Las Ventas.

El triunfo de Ginés además da crédito y credibilidad a una generación con la que algunos empezaban a impacientarse, incluso hasta tildar de artificial y forzada la renovación del escalafón. No es nuevo. En el San Isidro de 2005 los más agoreros dijeron que los entonces confirmantes (Perera, Manzanares, Jiménez, Castella...) no tenían fuerza ni motor para aguantar la criba de las ferias....

Ya en su primero, toro largo, fino, bajo, con cuello, astifino desde la mazorca, con perfil, estuvo a un tris de cortar la oreja. Careció de inercia, como toda la corrida. Pero es a toro parado cuando se calibra la verdadera bravura. Y en cada muletazo, el de Alcurrucén tomó el trapo humillado y fijo, empujándolo con profundidad. A veces, al ralentí. A esa velocidad Ginés tiró de su embestida y le sopló unos pocos de naturales soberbios. No siempre los pudo ligar, y por eso hasta el último tramo de la obra el público no se metió en la misma. Muy hundido en la arena. Muy convencido. También en las bernadinas de remate. De acongojante angostura. Pero alargó la faena, y el toro no le ayudó para entrar a matar..

Con el rescoldo de su buena faena al toro de la confirmación saludó al sexto, toro muy serio pese a las protestas de alún ignorante. Alto de cruz y corniapretado, que hizo de salida lo mismo que la mayoría: Humillar. Marcó querencia después del peto y en el quite de El Juli ya oteó los tableros, pero ese punto de manso le hizo abrirse de los vuelos más que sus hermanos. Y ese modo de embestir por fuera, con ritmo y celo, tranqueando, lo aprovechó Marín para cuajarlo de cabo a rabo. Se puso a torearlo con la zurda directamente, con sugerente expresión.

Muy vertical, sin afectación, relajado y natural. Con la mano derecha también hizo rugir Las Ventas. Por abajo. Preciosos los remates. También los cambios de mano. Faltaba el postre, una serie con la zurda de nuevo, a pies juntos, ya en terrenos de tablas, extraordinaria. Y una rúbrica perfecta con la espada que sentó de culo a 'Barberillo'. La Puerta Grande no tuvo peros. El extremeño pone su nombre a la feria. Y a la temporada.

Tampoco hubieran puesto remilgos a la salida en hombros de El Juli, porque su tarde la mereció con creces. Hasta la salida del sexto, su faena a su primero era la más importante de esta feria. Tenía ese toro, de manos cortas, cuesta arriba, ensillado, con perfil, una embestida seria y fuerte, pero sobre todo nada uniforme. Tan pronto embestía largo y humillado como soltaba la cara. Se desplazaba en un muletazo y al siguiente reponía. Era el animal ideal para perder los papeles pero se encontró con la horma de su zapato, porque El Juli conectó su ordenador y se anticipó a lo que iba a hacer su oponente. Y prolongaba cuando se quedaba corto, aguantaba los titubeos y sometía si el de 'Nuñez' humillaba.

Tuvo la faena emotividad. Y se vivió con pasión. E importancia. Porque la gente palpó que el toro no se toreaba solo. Y porque fueron conscientes que allí había verdad. Amagó con rajarse el animal, mirando a chiqueros al salir de cada embroque en la última serie pero se encontró con un torero en plenitud, que aprovechó las querencias en otra serie grande. Enorme el final de faena. Y el estoconazo. Qué pena que el cuarto no lo despenase igual, porque fue otra labor para paladear. Tuvo el toro otras connotaciones; Más alto, fino, algo zancudo, enseñando las palas, más estrecho, ensillado. Humilló y colocó la cara de salida y El Juli se estiró a la verónica pero sin abusar de su condición.

Tampoco lo apretó con la muleta pero sin obligarlo hubo dominio, gobierno y expresión. Y aguante cuando el toro, que tardeaba, se paraba en el embroque. En uno de ellos incluso el torero se permitió el lujo de mirar al tendido y concluir el pase con la vista puesta en el graderío. Sin el final esperado y merecido certificó el monstruo de Velilla una de sus mejores tardes en esta plaza. Y no han sido pocas.

Álvaro Lorenzo no pudo destacar con igual rotundidad, pero también dejó su sello. Estuvo solvente con el de la ceremonia, que tuvo buena condición pero duró muy poco, y templó con la mano derecha al buen quinto, otro toro que aminoró su empuje cuando la obra ya tomaba el márchamo triunfal que luego tuvo la tarde. La primera de la era Casas. La primera de las muchas que aún han de venir. Y con un torero del círculo de influencia de la FIT. Como si Messi echase una mano a Florentimo. Qué cosas.