Con la ceremoniosidad con que se torea del salón, hacia y para dentro, toreó Castella al natural en Madrid. Sensacional. Solo. Una docena de muletazos lentos, profundos, rematados por abajo y de una limpieza pulcra. Tres tandas silenciadas por un tendido agreste que secuestró una faena de compleja ejecución por la más que suave embestida del 'adolfo' quinto. Todo a favor tuvo Rafaelillo que se movió con soltura, con poso y con torería ante el complicado cuarto, ese toro que define a Adolfo pero con el que también se visualiza al murciano. Vuelta merecida como inmerecida fue la escasa ovación que, incluso con protestas, recibió el francés en un alarde de toreo sobre la mano izquierda.


El quinto fue el bueno de una corrida bien presentada y reconocible de Adolfo Martín. Desde los cornipasos cuarto y quinto, con el hocico de rata con el que se pintaría el prototito de un toro de la divisa verde y grana, hasta el estrecho de sienes sexto o los que abrían mucho la cara, primero y segundo. De morfología similar, largos, finos de cabos y degollados que les da lo de Saltillo. Poco juego dieron en el primer tercio, excepto el segundo que humilló en el capote y apretó en el caballo pero que se vino a menos ya bien avanzada la labor de muleta. Otro, el cuarto, fue un toro que tiene que salir en esta ganadería: el que repone, trasmite emoción y hace que el torero tenga que estar bregado.

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Sobre todos, el segundo de Castella fue el de mejor nota de la corrida. Cornipaso, astifino, cuajado y de menos alzada, se empleó sobre las manos en los dos puyazos como también haría toda la corrida. Con un tranco suave, se desplazó en banderillas hasta llegar a la muleta del francés donde se desplazaba largo pero al que le faltaba un punto de emoción. Hasta que llegó el momento de la mano izquierda. El toro ralentizó al máximo la embestida y Castella la muleta también. Lo enganchó delante y los muletazos se iban hasta más allá de la cadera. Se podía contar hasta diez los segundos que duraba cada natural. 'Aviador II' llevaba ese tranco mexicano tan difícil de coger el aire pero que cuando surge, consigue momentos como las doce embestidas con las que Castella se lo pasó en grande. Y parece que solo fue Castella porque el tendido se contagió de una incomprensible animadversión que le ronda al galo en cada tarde que se ha anunciado en Madrid esta feria. No tuvo que volver a la derecha, donde la faena bajó porque el toro no era el mismo. Cambió de espada y volvió a ejecutar una tanda limpia, profunda y de mucho, mucho, mucho temple. Enterró la espada en todo lo alto, rodó el toro sin puntilla y apenas una ovación le reconoció una faena grande.


Con quien sí estuvo el público fue con Rafaelillo. El cuarto estaba muy entipado en la línea más asaltillada, cornipaso, mostrando la pala del pitón, largo y alto de cruz. El murciano lo lidió sobre las piernas y los brazos para sacársese a los medios a un toro que salió con muchos pies. También intentó lucirlo en el caballo con tres puyazos, de más corta a más larga distancia, pero pobre fue el lucimiento del toro. Ya se atisbaba lo que sería 'Malagueño' después de dos meritorios pares de José Mora y Pascual Mellinas que saludaron una ovación. Rafaelillo lo sacó al tercio y ya, desde el primer muletazo, el toro repuso queriendo morderle los tobillos. Con la serenidad que trasmite este torero, se cruzó al pitón contrario en cada cite, lo cogió en cortó y se fajó embestida a embestida. Incluso cogió la izquierda por donde hasta llegó a ponerse bonito a la salida del muletazo. Se le ve seguro en estas lidias. Lo tocó los costados perfecto rodilla en tierra hasta tocar el pitón por la cepa. Brotaban imágenes de lidia antigua. Salió trastabillado del primer encuentro con la muerte para, después, dejar un espadazo que hizo rodar al toro sin puntilla. Sin oreja pero con el reconocimiento de un público crispado dio la vuelta al ruedo.

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Otro que hubiera sido bueno con un punto de duración más fue el segundo. Apenas rozando los 500 kilos pero bien presentado, fino, con cuello, ofreció el mejor espectáculo en los primeros tercios. Salió humillando en el recibo de Castella y apretó con alegría, prontitud y fijeza en el peto. No quería nada por alto, el francés lo llevó suave y cuando pudo engancharlo por abajo y encontrarle la velocidad llegaron los mejores muletazos. Todo bajo la acritud del público que silbó y protestó cada paso que Castella daba por la plaza. Lástima que el toro se agotara antes de que la obra pudiera coger vuelo aunque, dado el clima, nunca llegara arriba. También se dejó el primero. Esta vez Rafaelillo firmó una faena compacta sin las fatigas que le haría pasar el cuarto.


Tampoco quisieron que las cosas le rodaran a Escribano. Dos veces se fue a la puerta de chiqueros para pasar dos traguitos. El primero peor que el segundo, pues salió andando y el sevillano aguantó hasta que lo tenía a dos metros para citar y cambiarle el capote. Después no dejaría de andar este tercero en el capote o midiendo en banderillas hasta galopar cuando tenía la presa a su distancia. También fue complicado en la muleta por reservón y su actitud defensiva. El sexto, en cambio fue el más deslucido por lo descompuesto de la embestida. Se desplazó bien en los primeros tercios pero se agotó tras un buen tercio de banderillas de Escribano.

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Plaza de Las Ventas. 25ª de la Feria de San Isidro. Lleno en los tendidos. Toros de Adolfo Martín, bien presentados y de juego desigual. Destacó el quinto, de embestida muy lenta; el cuarto, emocionante; y el segundo, bueno hasta que se paró; el primero dejó estar; el tercero, complicado; y el sexto, deslucido.

Rafaelillo, silencio tras aviso y vuelta con petición tras aviso.

Sebastián Castella, división tras aviso y ovación.

Manuel Escribano, silencio y silencio tras aviso.