La corrida era como para pegarle una ovación de salida. Por su presencia, por su tipo y por sus hechuras. Porque morfológicamente respondía al prototipo de su encaste y porque su conformación aunaba armonía y seriedad. Pero por dentro, los 'victorinos' estaban vacíos. O casi. Pese a la buena clase atisbada en algunos de sus ejemplares, especialmente el quinto, o la raza que se vislumbró en otros como el segundo. Con estos mimbres Ferrera pasó desapercibido, y el esfuerzo de Luque, por sordo, resultó baldío. Sólo Escribano acertó a poner su nombre a la tarde con un emocionante saludo a portagayola y un brillante tercio de banderillas. un escueto balance de un espectáculo que, artísticamente hablando, duró lo que dura el parpadeo de un chino.

Porque el cortometraje empezó y acabó en el quinto al que Escribano, como había hecho en el segundo, recibió en la puerta de chiqueros. Vino cruzado el de Victorino y estuvo a punto de prender al torero, que se tiró al suelo y con la cintura esquivó la cornada en el último momento. Después del angustioso trance hubo un emocionante saludo, con el toro humillando y desplazándose. Dos largas cambiadas más y varias verónicas de templado trazo, que arrancaron la música y pusieron al público en pie.

El tercio de banderillas tuvo usía, sobre todo los dos primeros pares, de poder a poder, por su emoción y pureza, dando ventajas al toro, reuniendo en la cara y asomándose al balcón. Sin embargo el cónclave valoró más el último, al quiebro, en terrenos de tablas, sobre todo por lo comprometida que resultó su salida. El toro había exhibido mucha calidad en los primeros tercios pero en el inicio de faena ya se vio que, como sus hermanos, iba a carecer de empuje y fondo. Escribano lo pulseó sobre la mano zurda, consiguió varios naturales de trazo largo, descritos con despaciosidad, pero aquello no tuvo continuidad porque el toro echó pronto la persiana. Se agradeció su compromiso, y después de una buena estocada fue invitado a dar la vuelta al ruedo.

El resto del espectáculo se cuenta rápido. Hubo dos toros más complejos, el primero de Escribano, más alto, largo y estrecho, veleto, hocico de rata. Muy astifino, que exigió al de Gerena precisión milimétrica. Hubo una serie al natural que el torero acertó a darle un tiempo entre pase y pase y enganchó la embestida con los vuelos, y surgieron varios muletazos brillantes, pero el toro mientras duró, que no fue mucho, no perdonó errores. El tercero, largo, fino, estrecho de sienes y degollado de papada fue aún más complejo, pues se quedó debajo, y buscó los lazos de las zapatillas al torero. No hubo un resquicio para meterle mano. Luque tiró de carácter y le llegó incluso a robar algún muletazo por el pitón derecho, porque por el lado zurdo el albaserrada no tenía ni uno.

Más pacífico resultó el sexto, un animal que apuntó cosas buenas, pero lastradas por el poco poder que condicionó todo el envío. Lo atacó el torero en la segunda serie de la faena y el animal respondió, incluso en la tercera arrancó a sonar la banda, pero ya entonces el toro dio síntomas de desfondarse concluyendo los muletazos con la cara por encima del palillo. El lote de Ferrera estuvo compuesto por un primero que ya apuntó lo que iba a ser la corrida -nunca terminó de romper ni de soltarse- y un precioso cuarto que, quizá lesionado en un segundo puyazo muy trasero, que además le abrió un ojal en el lomo, pronto dejó de responder a los cites. Anduvo sereno y profesional el extremeño, que aún dispone de un cartucho más, en farolillos, para cerrar con éxito su triple presencia en el abono.