Que vayan a los toros. Que todos los parlamentarios, senadores, consejeros, alcaldes, concejales y demás que viven del contribuyente lo hagan. Más cómodo para ellos: que vean grabada en el Parlamento, en el Senado, en todos los hemiciclos, en las universidades y en las aulas de enseñanza la corrida de hoy. Para que comprueben que aún existen esas cosas que nos legitimaron como país, llamadas verdad, esfuerzo, vergüenza, responsabilidad. Esas cosas en desuso que nos hicieron grandes como país. Valores que el toreo mantiene aún vírgenes. Que vean la respuesta desnuda de rodillas con la izquierda, con el cuerpo machacado por una brutal cogida, de Castella. Comiéndose cualquier gesto de dolor, sintiendo vergüenza de exteriorizar una queja. Dando una lección máxima de despreciar hasta su propia vida en una estocada a matar o morir. Espoleado, no por el éxito o el dinero, sino por la vergüenza y la responsabilidad de ser torero, por estar a la altura de la hombría torera de Ponce ante el peligro del cuarto. Que la vean. A ver si se les pega algo y regresan a este país al lugar donde la verdad desnuda nos hizo grandes.

El estrecho filamento que vigorizó la tarde llegó con el cuarto, amplio de sienes y de mazorca ancha. Un toro bravo en varas, posiblemente el que más castigo se ha llevado en varas de lo que va de feria, que luego fue muy complicado, más aún, peligroso, en la muleta. Se la jugó Enrique Ponce sin trampa ni cartón como si tuviera que ganarse a estas alturas los contratos. Puso mucha verdad al trasteo a sabiendas de que no tenía premio, pero dejando claro que no había venido a pasear en su único paseíllo en Madrid. Por mucha Puerta Grande que lograra en 2017. Compromiso. Como el de Sebastián Castella, que tiró de cojones, con perdón, para arrear con vergüenza torera en un quinto, que se lo llevó por delante en los medios, recién salido de chiqueros. Brutal cogida. Lo prendió de manera horrible por la cadera y le lanzó varios derrotes con fiereza al pecho. En el suelo, desmadejado el hombre, ensañado el toro, le tiró otros tantos 'navajazos' hasta alcanzarlo en el pie izquierdo. Milagroso salir sólo con el 'peaje' de un corte profundo, amén de las contusiones y erosiones de tan dramática cogida. Pidio que le vendaran el pie herido y el gallo galo volvió a la cara del toro. La responsabilidad de una figura.

Y regresó con todas las de la ley. Sin una queja, sin un gesto de dolor y 'aliviándose'... Muleta a la izquierda en los medios y a torear de rodillas. Vergüenza torera para alimentar un comienzo titánico en el que expuso muchísimo para después torear muy firme en redondo la encastada embestida del 'Garcigrande', el mejor de una corrida difícil, complicada, alejada de la clase que le hizo acaparar premios el San Isidro pasado. Prologó la cuarta tanda con su clásico cambiado por la espalda para pegarle después un puñado más de derechazos en una faena vibrante, emotiva, en la que Madrid rugió con su toreo. A partir de ahí, el toro bajó un peldaño de su torrente de casta. Perdió ese ímpetu y le costó más repetir al volver sobre la zurda, fruto de la exigencia a la que Castella sometió al toreo para 'poderle'. Esfuerzo tremendo de Castella. Un tío. Muy a menos, 'Juglar', de buena familia en la divisa charra. Tampoco escatimó en la suerte suprema el de Beziers. Matar o morir. El corazón fue detrás de la espada para hundir el acero hasta la empuñadura. En la yema. Sin puntilla. El torero, prácticamente colgado de los pitones, logró salir de una pieza. Madrid, rendida a la épica -y a su toreo- se convirtió en marea blanca. El oleaje de pañuelos blancos no aflojó tras el primer trofeo y el presidente otorgó también el segundo. Quinta Puerta Grande para Castella en Madrid.

Antes, había sorteado un 'Dardo' envenenado -que tuvo trazas de ese toro que aparenta lo que no es por el que Madrid toma partido desdeñando al torero- de Domingo Hernández, fino de cabos, largo y bajo, muy serio por delante, tremendamente astifino, enseñaba las palas. Sin fijeza, iba y venía dormido de salida, nunca dejó, de hecho, de venir caminando. Se arrancó como un tren en banderillas y apretó después para dentro. Trató de domeñar esa movilidad del burel Castella con muletazos de rodilla genuflexa para luego otorgarle mucha distancia. No fue agradecido el toro, complicado, que tuvo fijeza y prontitud, pero que luego, cuando iba toreado, metido en la muleta, protestaba siempre y quería cogerla con el pitón de fuera. Perenne, ese derrote, más acentuado con la zurda, hasta ponerse bruto.

Descoordinado de salida el segundo, salió de chiqueros un sobrero de Valdefresno, muy en 'Atanasio' -acapachado, con caja, hondo, con cuello y mucha badana-, que hizo de salida cosas lógicas de toro que lleva un mes largo en los corrales. Salió enterándose y se frenó en el capote de Ponce para salir luego como alma que lleva el diablo. Cuando, por fin, tomó la capa, tuvo celo y Ponce le pegó un notable ramillete de verónicas. Tres delantales más, de enorme suavidad, después en el quite. La media, de lujo. El comienzo por doblones hizo mascullar faena grande. Barriendo la arena, alguno de ellos. Como las dos tandas posteriores de derechazos llevando cosida la embestida, muy relajado y sin perderle pasos, para templar a media altura hasta dar sensación de profundidad a la entregada humillación del toro. Una pena que el toro echó la 'persiana' al ponerse al natural. Empezó a escarbar y aplomó en un suspiro, aunque aún le dio tiempo al de Chiva a robarle cuatro, quizás cinco, naturales largos y sin mácula. Saludó una ovación tras leve petición.

Muchas miradas de la tarde en el patio de cuadrillas eran para Jesús Enrique Colombo. Su gran tarde. La anhelada confirmación en Las Ventas. No guardará el mejor recuerdo de ella. El de la ceremonia, 'Fanfarrón', veleto, bajo y bien hecho, no ayudó nada. Le faltó celo en las telas y, desentendido, nunca se entregó. Tan sólo sirvió para hacerse ovacionar después de clavar los garapuyos con espectacularidad, porque en la muleta duró una tanda antes de, afligido, recortar su recorrido y sólo regalar alguna embestida, sin humillar, apretando para la querencia, cuando el venezolano lo toreó en perpendicular. En el sexto, ensillado y amplio de sienes, protagonizó un vibrante tercio de banderillas en el que derrochó facultades. El último, al quiebro. Otra historia fue el tercio final, donde quiso, echándose de hinojos en el centro del ruedo, pero fue desarmado por dos veces. Sufrió dos más durante el resto de un trasteo que nunca tomó vuelo con un toro rebrincado y muy descompuesto.