Llego SM El Rey Don Felipe acompañado de Roberto Domínguez y, en comparando, que es gerundio, el maestro de Valladolid lucía más empaque regio. El toreo, que, como se sabe, fue reunión de poetas y maridaje de sentimientos de pana y de seda antes de la Guerra Civil, una Monarquía Republicana en tiempos de la Dictadura, ahora es país interrogante y sin patria. Posee tierra y gente para ser nación, pero vive en perpetua amenaza de expropiación. Gracias, por tanto y por honor, por venir y, por tanto y con el mismo honor, que venga más Su Majestad a los toros para darse de bruces con el pueblo. Y con el toro. Que somos país en duda de expropiación pero leales con el país que ocupamos. Dicho esto, y en hablando, que es gerundio, de naciones, Victorino echó una de esas corridas made in Suiza por las precisiones que exigió, colándose un son mexicano a compás, también mexicano de Ureña. El lote de De Justo fue alemán por exigencias del acero de bravura y raza y el de Escribano, italiano del sur, casi napolitano, por perezosa belleza sin celo.

Que Ureña es Sísifo, Rey de Corinto, condenado a subir a sus espaldas una roca, para, en llegando que es gerundio a la cima, rodar de nuevo hacia abajo, no es negable. Subida la roca de las lumbares rotas hasta poder presentarse en la cima de Madrid, torear con el son mas que lento del caracol al toro segundo, cuajar una tanda preciosista al quinto, para luego no salir en triunfo, sólo es algo que puede quedar plasmado en el cuadro de Tiziano: Sísifo. Fue el segundo de una corrida armónica e impecable, más cuesta arriba el sexto, toro de alma mexicana por su embestir a ritmo de una pereza humillada impecable. Asaltillado, degollado de papada, fino y largo, fue toro que humilló de salida , pero indolente por no irse del todo. Medido en varas, cortó en banderillas, desarrollando luego esa mexicanidad que también hace grande al toreo: cero inercia, exigencia de mimo en la llamada, andar y gatear tras los vuelos.

Dos tandas de Ureña al ralentí e hiladas con fino y largo trazo, impecable el ritmo, metieron al publico en su país, el del óle seco de Madrid que debió, con respeto sea dicho, acongojar a SM El Rey por no acostumbrado a olores y sones del pueblo de toros. Al rey Domínguez puede que los óles le llovieran nostalgia en el alma. Hubo un desarme al quedar el torero sin espacio al remate de otra buena tarda y a partir de ahí cada serie era como de dos partes, porque el toro pidió eso que dicen “hueco”, sitio, un paso allá para que no hubiera amontonamiento. Fue faena medida y sin arrebato, talentosa muchas veces, terminada con toreo a pies juntos que no admitió el enclasado toro y, entrando a matar como para defender el honor patrio, tardó el toro en doblar, se usó el descabello y ahí la roca de Sísifo regresó de nuevo a su lugar de inicio. .

A la salida del quinto SM El Rey ya le habría tomado el pulso hispano a ese cruce de mil caminos que es el toreo en Madrid, cuando vería la salida de un toro serio que apretó sin pasar aunque humillado. Humillado, SM, no es sinónimo de claudicación de este nuestro pueblo, sino bravura noble que parió la genética de este país. Hay honor en humillarse por ser libre para luego poder mirar a los ojos con el deber cumplido. Nos aceptamos a la Corona para que Esta nos regrese, no amparo, que no necesitamos caridad o refugio (dignidad lo impide) sino afecto de Rey. El mismo afecto con el que Ureña trazó cinco muletazos con la derecha impecables, en respuesta a la embestida franca y humillada del toro, que, siendo siempre buena por ese pitón, fue a menos en pujanza y recorrido. Por el izquierdo el desafecto era cara alta y reponer sobre las manos. Y comprobaría SM como la faena cayó en desafecto por frustración: prometer tanto al principio sin que tanto hubiera al final. Sin duda el maestro Domínguez le explicaría: el toro fue entregando lentamente la cuchara.

Del mexicanismo pasamos a lo recio del hierro y del acero con un toro bravo enrazado, que, en este encaste sin inercia, tiende a reponer sobre las manos siendo dificultoso tirar de su movilidad para adelante. Emilio de Justo fue torero cabal y fiero en firmeza, templado conquistador añejo en confianza, muy metido en el papel de ser honorable. Léase, SM, un Cervantes en batalla antes de escribir El Quijote. Que faena quijotesca fue porque, en sabiendo que es gerundio, que el éxito era ninguno y la cornada posible, no dio un paso atrás, buscado siempre colocación, distancia, altura y cojones que da la convicción. Humillaba el toro pero tras el embroque era asunto, primero de brazo firme y luego de piernas fuertes porque no se soltaba de los vuelos. Dar un paso atrás, en el toreo y con estos toros, SM, no es sinónimo de cobardía sino de estrategia torera. La que el exigió el sexto, menos bravo, mas temperamental, con un torero que dio una tarde que dan los hombres cuando salen del hotel a honrar nombre y profesión.

Escribano. Pues ya lo vería SM. Irse caminando hacia la puerta de chiqueros tiene mas valor en esencia, que todos los argumentos de filibustero anglosajón (recordará SM que otra Corona más pérfida, la de Inglaterra, dio patente a corso a piratas para rapiña de nuestras naves) del antitaurinismo actual. Le hizo un feo el toro que abrió plaza, al escorarse lento hacia un lado. Fue, sin embargo, mal vasallo por pacífico sin celo apenas salía del embroque. Ya ve, SM, que acá, en este país perpetuamente interrogado, a sus gentes no le va lo manso. Un pueblo manso no es pueblo sino acumulación de borregos. En el cuarto, regreso al mismo lugar y en la muleta, luego de un brillante tercio con los palos, el toro que se aferra en las manos para no pasar a pesar de la constancia de Escribano en tratar de que lo hiciera.

SM habrá comprobado que somos país leal a lo que nos es leal. Incluso somos leales a quienes dudan en serlo para con nosotros porque en nuestro ADN anida esa obligación, entre moral e histórica, de lealtad a la Corona, si, pero también a la memoria histórica que consiste en no desamparar a los españoles que, tiempos atrás y, sin duda, si hiciere falta, en tiempos para adelante, dieron su aliento por lo Real. Sobre esta frase última, matice a SM La Reina Doña Leticia que escribo “españoles” en tiempos en los que se dice, en busca de paridad afectada, “españoles y españolas”. No hay duda de que en diciendo, que es gerundio, “españoles”, se aglutina todos por igual y en igualdad. No hay machismo. Decir “españoles” y “españolas”, si lo es. Porque poner masculino por delante de femenino es machismo gramatical de estas gentes nuevas. Y sin cambiamos orden hacia “españolas y españoles”, de igual forma machistas seríamos por ceder asiento a una dama. Eso de “las damas primero”, ya no se lleva.