Primer día de treinta y cuatro. Pistoletazo de salida con dieciséis mil trescientas setenta y una mil gentes para una novillada en un vulgar martes tormentoso. Una excelencia numérica que contempló un enésimo eufemismo: palabra decorosa que sustituye a otra considerada de mal gusto. Por ejemplo, decir 'trasero' por no decir 'culo'. Decir 'novillo' por no decir 'toro' es un eufemismo, algo que, en Madrid, no es inusual. Segundo, basto y grande; quinto, toro que no sale en muchas plazas; y sexto, aunque estrecho de sienes, de cuajo de cuatreño. Frente al eufemismo, que además y excepto segundo, ninguno tomó las telas por abajo en muestra diversa de falta de raza, la actitud inmaculada de David Garzón, Carlos Ochoa y Angel Téllez. Tienen algunas novilladas el defecto que, a bote pronto, no enamoran por hechuras. Si además su tamaño -el tamaño sí que importa- es eufemismo de toro, su comportamiento no es de novillo, sino de toro. Y novilleros frente a toros no es buena ecuación.

En este San Isidro de la Torre de Babel, David Garzón dio la primera zancada a este maratón de toros y toreros representando a Ecuador. No fue el mejor regalo su primer astado en Madrid. Feo de hechuras y alto de cruz, salió enterándose y muy distraído. Luego, como varios de sus hermanos, llegó con poco recorrido a la muleta, manejable, pero sin transmisión y embistiendo sobre las manos. Obligaba a perderle pasos a partir del tercer muletazo y Garzón, todo actitud, se encontró con una misión demasiado laboriosa para su palpable verdor.

El novillo más razonable fue el cuarto. De buenas hechuras, bajo y de lomo recto, cornidelantero y estrecho de sienes, tuvo disparo el de Guadaira. Arreaba con genio y muy rebrincado, ya lo marcó en el angosto quite por chicuelinas de Ochoa, que cayó en la cara del utrero después de un golpe recio de viento, y en banderillas, donde apretó lo suyo. Así, la faena se desvaneció entre los 'tornillazos' del utrero, que no dejó de soltar la cara. Áspero como pastilla sin agua en garganta. Lo trató de equilibrar con oficio y estoica tenacidad el joven ecuatoriano. Tan poco placeado, su mérito fue evidente. El lucimiento, una quimera. Silencio en ambos.

Dos torazos de casi plaza de primera le tocaron a Carlos Ochoa. Lote parejo... Igual de grandes. Sin anestesia. Ni alternativa, claro. Apenas veinte paseíllos con caballos lleva el madrileño. Al menos, uno de ellos, fue oveja blanca en rebaño de negras. Un segundo lleno y hondo, bastote, enseñando las puntas y muy astifino, pero que lo quiso todo por abajo. Empujó fijo en el peto -el único que no se quiso quitar el 'palo'- y se arrancó con alegre tranco en banderillas. Se desmonteró Andrés Revuelta. Ochoa comenzó poderoso por bajo mandando las embestidas del novillo. Mantuvo el ritmo en las primeras tandas y, después, perdidas esas inercias, retuvo la calidad. De echar los vuelos y enganchar. Ochoa, que corrió la mano con valor en esas primeras tandas, se 'empachó' de sus propias ganas después, cuando la faena pedía aplomo y un tiempo entre pase y pase. Cuando puso esa mesura, templó algún buen natural deslavazado. Largos siempre los de pecho. Se volcó sobre el morrillo con fe, pero la espada hizo guardia.

Hasta los 540 kilos se fue la 'tablilla' en el quinto. Alto, largo, lleno, con cuajo, ofensivo y serio, sólo tenía de novillo la edad el castaño. No se empleó en varas y se vino andando en banderillas. Fue el preludio de otra utopía. Se quedaba también corto en las telas y Ochoa se vio abocado a incrustarse entre los pitones ya prácticamente desde el Alfa de la faena. A la defensiva y sin entregarse nunca, el madrileño terminó por desistir. Diáfano esmero.

También de la Escuela de Madrid como sus compañeros, Ángel Téllez mostró aplomo y exhibió facilidad en esas asfixiantes cercanías del toro. Tuvo que tirar de colocación y arrimarse tanto en el blando y pegajoso tercero, que alternó caídas y embestidas defensivas, como con un sexto más agradable pero con corpachón de cuatro años, que se atrincheró en la querencia en los primeros tercios y en el último se abrió para rajarse sin disimulo en cuanto tuvo ocasión. Tanto esperar Madrid para, después, seguir aguardando. Como la Puerta Grande en San Isidro para un novillero. Pepe Moral no encuentra sucesor. Diez años ya de vigilia.