Ni fue la miurada que la gente esperaba ni el festejo que la feria merecía para cerrar el mes de toros ininterrumpido en Las Ventas. A la corrida que vino desde Zahariche le faltó, primero, personalidad. Hubo algún toro sin el trapío de otros animales de esta casa lidiados aquí en los últimos años, pero dentro de su desigualdad de hechuras, el encierro careció de la idiosincrasia y el contexto propio de este tipo de corridas.

De los cuatro que finalmente se quedaron en el ruedo, fue el cuarto, un cinqueño fuerte y poderoso, el que más respondió al patrón de comportamiento que se espera de estos animales, un Miura duro de roer, que dio importancia a todo cuanto le hizo Rafaelillo, quien sin repetir el éxito de otros años con esta vacada, firmó lo más auténtido del espectáculo. Hubo otro toro con nobleza y hasta cierto son por el pitón derecho -el primero- al que el público no echó cuentas, quizá por su medido trapío, y dos imposibles en conjuntaron el lote de Pinar.

Aparte, los dos sobreros. Dos tanques, uno de Buenavista, encastado y exigente, y otro de El Ventorrillo, importante, que pasa a engrosar la amplia nómina de toros destacados en esta feria. Ambos, por el azar del destino, los tuvo que lidiar Eduardo Dávila Miura, quien no pudo completar la trilogía de matar una vez fuera de los ruedos, la corrida de la casa familiar en tres de las plazas y las ferias más señeras del circuito: Sevilla, Pamplona y Madrid.

La única lidia acorde con lo que se esperaba de un espectáculo de tan marcadas connotaciones fue la del cuarto, un cinqueño más bajo de cruz de lo que suele ser habitual en esta divisa, ahogado de cuello, estrecho de sienes, pero con la cara colocada. Y con mucho cuajo. Repitió en el capote de Rafaelillo, que después de saludarlo, escuchó la ovación más cerrada de la tarde. Tuvo riesgo y vistosidad (y también torería) su recibo, que inició con un farol de rodillas al que siguieron lances rodilla o rodillas en tierra y un bonito recorte de cierre.

Salió suelto de su doble encuentro con el caballo y echó la cara arriba en banderillas, y en la muleta, aunque su viaje no fue claro, tuvo emoción. Se vino pronto, pero sin terminar de despegarse de los vuelos, así que el torero le perdio pasos, le dio sitio para aprovechar la inercia y se las ingenió para estructurar dos series de importante mérito. Tan metido estaba en la obra el murciano, tan convencido, que en un pase de pecho le lanzó dos derrotes, el primero a la axila y el otro, con el torero desequilibrado, a la cara interna del muslo derecho.

Volvió a ponerse delante del animal para imponerse con medios muletazos y rematar su obra con un torero adorno rodilla en tierra y media estocada en buen sitio. Esfuerzo grande, recompensa chica. Ya en el primero, que tuvo más alzada que remate, anduvo a buen nivel, y como el 'miura' fue el más pacífico y embistió hasta de modo pastueño sobre todo en la primera parte del trasteo con la mano derecha, el torero hasta relajó la figura, y se gustó por ese pitón. La labor tuvo buen tono, pero el público no terminó de darle importancia, quizá porque al toro le faltó pujanza, quizá porque consideró que el astado no tuvo la presencia que esta plaza requiere.

La actuación de Dávila Miura se puede contar desde dos prismas. Y ambos se atienen a la realidad. Los habrá que aseguren que el sevillano superó el contratiempo de no poder lidiar los toros con los que se había anunciado y para los que se había preparado física y mentalmente durante todo el invierno y que despachó con solvencia su lote de sobreros. Otros en cambio le censurarán que no terminara de tomar cuerpo su faena al cinqueño de Buenavista, fuerte y hondo, que exigía la apuesta y el compromiso de un torero con la hierba en la boca, y mayor rotundidad en su labor ante el quinto 'ventorrillo', que embistió con profundidad y ritmo, sobre todo en el comienzo de faena.

La tarde de Pinar, en cambio, no tiene ambages. La define una sola palabra: Infortunio. Su primero, protestado por chico y blando, tuvo peligro sordo, que el público no tomó en cuenta por las tablas del albaceteño y porque no había dado importancia a la presencia del animal. El sexto fue el más grande del envío, pero se hermanó con aquel en los deslucido de su comportamiento, defendiéndose siempre, reponiendo sobre las manos, protestando y sin pasar nunca. Pinar, que sale inédito de la feria, debería contar con otra oportunidad donde pueda mínimamente expresarse, porque hoy casi ni pudo ponerse delante.