El 'ya visto antes' que acuñó investigador psíquico francés Émile Boirac estuvo a un tris de tomar cuerpo en la antepenúltima de San Isidro. Un regreso al pasado, al vínculo más sólido que un torero ha tenido con esta ganadería, que se originó hace más de una década en la Bayona francesa pero que se consolidó para siempre en esta plaza. Con más años y más experiencia, se intuyeron rasgos de esa relación en ese conato de Déjà vu en cárdeno surgido esta tarde entre El Cid y Victorino. Qué pena que el tercero se evaporara tan pronto y que el sexto no fuese menos incierto y más agradecido con la actitud del torero, de notable alto toda la tarde. Victorinos buenos hubo uno. Muy bueno para ser precisos. El quinto. Mientras que el lote de Uceda, sobre todo el primero, fue para no recordarlo jamás.


Siguiendo con los recuerdos, la tarde empezó con uno obligado hacia ese personaje irrepetible que se hizo apodar El Pana. Partió sin su deseo de confirmar en Las Ventas, pero Madrid honró su memoria en un minuto de silencio muy emotivo, solo roto con gritos en su nombre. Ni a él ni a nadie debió gustar el primer victorino, paliabierto, alto de agujas y suelto de carnes, que pareció a veces hacer cosas de reparado de la vista y otras orientarse de modo meteórico. El caso es que Uceda ni se pudo poner delante, porque ni andarle por la cara le dejó el animal. Lo lidió sobre las piernas, en una lidia vetusta que Madrid no aceptó. Le pitaron fuerte y de modo injustificado al torero, que luego tampoco pudo remontar en el cuarto, toro fino y estrecho, muy serio, de encornadura veleta, que respondió mejor cuando Uceda le perdió pasos, porque repuso, gazapeó y molestó menos. No estuvo a gusto el torero ni tampoco el albaserrada quiso empujar la muleta para delante.

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El que la empujó con gran profundidad y recorrido fue el quinto. El toro de la corrida y uno de los más bravos de la feria. Muy abierto de testa, estrecho y ágil, astifino desde la mazorca, ya humilló en los capotes aunque no terminara de pasar en el embroque. Se lo llevó a los medios Abellán echando el capote abajo y andándole para atrás en un saludo que destiló oficio. Esa veteranía, esas tablas, ese conocimiento lo aplicó también el torero de Usera en la faena de muleta, una labor que no resultó compacta porque raramente hubo conjunción entre la embestida del victorino y el trapo rojo. Algún muletazo suelto, una serie con la mano derecha en la que enseñó como gateaba el animal tras el engaño y sobre todo los naturales de frente a pies juntos del epílogo fueron los mayores logros de una faena que supo a poco. Fue más incierto el segundo, toro largo de viga, que quiso enseñar las palas y al que fue complicado dejar la muleta en la cara para ligarle los pases porque tendió a montarse entre un muletazo y otro, viniéndose al paso, midiendo y desarrollando. Y cuando tomaba el engaño, reponiendo a la altura del fajín.


Hubo otro toro, el tercero, que sin llegar a la condición del quinto sí permitió al público regresar tímidamente a esa relación pretérita y a tres bandas entre Las Ventas - El Cid y Victorino. No fue el de mejores hechuras (amplio de sienes y corto de cuello) pero embistió con brío al capote y se empleó en varas, tercio donde Juan Bernal dejó su sello ¿el mejor puyazo de la feria? Duró el toro lo justo, pero a pesar de que incordió el viento, El Cid pudo en un par de series con la derecha y en otra con la mano zurda tirar del animal con largura y porte. La segunda diestra, muy reunida por abajo, y la citada al natural, por la longitud de los muletazos emergieron de un conjunto que se vino a menos cuando la raza del toro se disolvió y empezó a salir con la cara por encima del palillo al tercer muletazo de la serie. Estuvo hábil El Cid para irse a por el acero, que cayó en lugar indeseado tras doblar el toro una mano en el embroque. Por eso la petición no fue mayor. Ni suficiente.

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Luego en el sexto ratificó su buena tarde con otra actuación muy centrada frente a un toro que exigió más. Largo, veleto, serio y fibroso, apretó a El Cid en el capote y empujó sin humillar en el caballo. Fue toro incierto, porque se lo pensó antes de acometer y nunca vino metido en los engaños. Incluso arrolló al torero en la tercera serie. Por eso tuvo más mérito si cabe la actuación del sevillano, que nunca se descompuso y siempre hizo por buscar un lucimiento que conforme la faena avanzaba se antojaba más imposible. Un pitonazo en el mentón en el momento de entrar a matar fue el último recuerdo que el cárdeno dejó al de Salteras, a quien nunca se vio ahogado ni desbordado por las complicaciones que presentó el animal, único responsable de que el Déjà vu no fuese completo.


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Plaza de Las Ventas. 29ª de la Feria de San Isidro. Cartel de No Hay Billetes. Toros de Victorino Martín, bien presentados, en tipo, de variadas hechuras. Destacó el quinto, que fue un gran toro, y el tercero, aunque se vino a menos. Más complicados los restantes, sobre todo el peligroso astado que abrió plaza.

Uceda Leal, bronca y silencio.

Miguel Abellán, silencio y silencio tras aviso.

El Cid, ovación tras leve petición y silencio.