La tarde nació torcida. El lío en los corrales y el cambio de ganadería fabricaron una actitud hostil ya desde el paseíllo que abocaba la tarde al precipicio. Un Juego de la Oca laberíntico y áspero, que solo podía desenredar un coloso. El Juli superó el ambiente, se sacudió la presión y la acritud, y en tarde tan jodida sacó la cabeza nada más que toreando. Y nada menos. Anoten los del cuarto como los mejores naturales de lo que llevamos de feria. Perera no tuvo opción (no le ha embestido un toro en su feria) mientras López Simón, con el mejor lote, estuvo más dispuesto que resolutivo en el planteamiento y desarrollo de sus faenas.


Ese caldo de cultivo agrio y áspero que se cocinó en la víspera, cuando se iban filtrando los problemas en los corrales no lo mitigó la presencia ni el juego de un encierro de Vellosino fiel al prototipo de su encaste pese a su disparidad de hechuras, noble, y aunque de medido pujanza, con un animal destacado: el tercero. Tuvo calidad el endeble primero, rompió el cuarto por la lidia recibida y se anclaron los dos de Perera. Pero el animal de la tarde, con diferencia fue el sobrero de Domingo Hernández que cerró plaza.


La animadversión que masticó desde el tendido no consiguió descentrar a El Juli, que ya estuvo muy acertado con el primero de la suelta, alto, reunido de cara, proporcionado y con cuello. Muy en el tipo de Aldeanueva. Toro que pese a su falta de celo y medida fortaleza empujó el capote con el hocico de salida y mostró un tranco uniforme y rítmico. El Juli aplicó suavidad desde los albores de una lidia medida y práctica. Ni un capotazo de más, ni un toque a destiempo. Tampoco en la muleta. Pulcritud en todos los movimientos, casi sin tocar, tratando de empujar la embestida para delante. Pero al toro, a pesar de su calidad y buen ritmo, le faltaba fuerza. Y esa merma impidió a El Juli terminar de apretarlo. Faena estética, compuesta, resuelta de estocada corta y descabello.

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No auguraba nada bueno el musculado cuarto en los primeros tercios. Grande, cuesta arriba, estrecho de sienes, bizco del derecho, con volumen y romana. No terminó de emplearse de salida, manseó en varas y tomó la tela rosa sin clase y entrega. Le dio celo El Juli en las primeras series, pasando al toro sin apretarlo, pero cuando lo exigió en la tercera tanda el animal comenzó a otear las tablas. Más cerrado, entre las dos rayas, El Juli se puso tapones en los oídos, cogió la zurda y toreó para él. Fueron dos series monumentales, las mejores del abono, dejando la muleta en la cara, muy por delante, y tirando de los 628 kilos de toro con sutileza y hondura. Un puñado de naturales extraordinarios por su profundidad y ritmo. De ralentizada ejecución además.


Cuando se fue a por la espada, después de otra serie de menos ligazón porque el toro se consumía, pero de cite muy enfrontilado, comprobó que le había ganado la voluntad a la plaza. La batalla estaba ganada por mucho que, después de un torero cierre a dos manos, un pinchazo en lo alto se llevara la oreja que los cabales estaban dispuestos a demandarle. La ovación sincera y sentida de los convencidos, y el modo que tuvieron de echarse encima del 7 cuando quisieron abortar la ovación con palmas de tango, refuerzan el crédito y la entidad que tuvo la faena.

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López Simón estuvo también en un tris de hacerse con una oreja del tercero, un cinqueño basto y con alzada, largo y suelto de carnes, que salió abanto pero se movió con nervio en varas y banderillas. Y esta transmisión, motivada en parte por el exíguo castigo recibido en varas, la trasladó al último tercio. A partir de la segunda serie le cogió mejor el sitio y la distancia el torero de Barajas y surgieron las dos series más conjuntadas de toda la faena. Ajuste, verticalidad y ligazón como pilares fundamentales de una labor descrita además con encaje y asentamiento. Mantuvo el tono la faena con la zurda, bajó un tanto en su regreso a la derecha, ya con el toro a menos, y, curiosamente en los remates finales, que tantas veces ayudan a redondear una obra, se descompuso. El toro comenzó a defenderse, punteó las telas y ensució los muletazos postreros. Un pinchazo y la larga agonía del animal terminaron por disipar lo conseguido.


El tanque de 637 kilos que cerraba plaza fue reemplazado por un feo sobrero de Domingo Hernández, que tuvo brío, protitud y raza en sus acometidas. Un toro que pedía un sitio que no terminó de darle López Simón, cuyo concepto se basa en la ligazón de muletazos y economía de terrenos. Esa angostura de embroques terminó por amontonar al torero, ahogar la embestida del ejemplar y desbaratar una faena que tuvo sus mejores momentos en las series iniciales, antes de que la obra se convirtiera en una sucesión de muletazos sin eco ni trascendencia.


Tampoco tuvieron respuesta en el tendido las dos labores de Perera, que sorteó dos toros de nulas opciones. Protestado su primero, hondo y grande pero muy agradable por delante, que fue obediente pero se rajó enseguida y muy montado el quinto, alto, veleto y suelto de carnes, que ni humilló ni acabó de entregarse en toda la lidia. Ninguna de las dos faenas del extremeño adquirió relieve pese a la implicación del matador, siempre muy anclado en la arena, y con la firme intención de dilatar las emebestidas de sus dos astados, que ni siquiera respondieron cuando el pacense, en las postrimerías, les invadió el terreno que defendían.

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Plaza de Las Ventas. 20ª de la Feria de San Isidro. Lleno. Toros de Vellosino, desiguales de hechuras, fieles a su encaste, nobles y de poca raza. Mejor el tercero. Un sobrero de Domingo Hernández (6º), encastado

El Juli, silencio y ovación.

Miguel Ángel Perera, silencio y silencio.

López Simón, ovación tras aviso y silencio.