Lo escribió George Orwell en ese libro de culto que es '1984': 'La ignorancia es el poder'. En Pamplona, de un tiempo a esta parte, esa fuerza la otorga la estocada. O mejor dicho, el raudo efecto que el acero tenga o no en el toro. Que se lo pregunten a Miguel Ángel Perera esta tarde. Suya fue una notable faena -quizás, la más compacta de lo que va de Sanfermines- al encastado quinto, que tuvo movilidad y pidió mando, dejarle la muleta puesta siempre en el hocico, de una corrida de Fuente Ymbro, a la que faltó precisamente esa movilidad que es seña de identidad. Vida, pero, sobre todo, fondo. Pero el pacense sólo enterró media estocada, y abajo, que fue suficiente. Pero, el pecado estaba hecho. Ni un pañuelo asomó. Todos los que asomaron para conceder el trofeo a un inteligente Castella con el noblón y aplomado cuarto. Todos los que clamaron por el doble premio para López Simón con un sexto a menos, que lo volteó a mitad de faena. Sólo paseó una. El asesor -cual Umtiti en pleno Mundial- le 'metió un gol' a la presidenta y, tras conceder el trofeo y guardar el pañuelo, hizo que lo sacara de nuevo para dejarlo fuera y engañar, cual trilero, al tendido entero. Ni el galo ni el madrileño se demoraron con el acero. Ese es el poder de la estocada en la vieja Iruña.

Cortó su oreja López Simón en el sexto. Por aplastante mayoría debieron ser dos. Pero, mire usted por dónde, ese asesor que debe echar una mano al presidente-político-inquilino de turno cada tarde, se la echó ayer al cuello. El truco de prestidigitador con los pañuelos asomando y desapareciendo montaron un jaleo en esos tendidos ya de por sí puro alboroto. Había entrado el público en la faena al sexto, serio y ensillado al que le faltó una brizna más de celo, en el primer muletazo de la segunda tanda. Tras un prólogo a pies juntos en los que se partió una pezuña, citó López Simón en los medios y el toro, que se 'acostó' en el viaje, lo prendió por la corva derecha. Se ensañó y lo pisoteó varias veces el toro. Paliza descomunal en la que el pitón no encontró carne. Volvió a la cara para incrustarse entre los pitones con el animal a menos. Acabó luego totalmente rajado, pero arañó el madrileño una tanda más prácticamente sin espacio entre las tablas y el torero. Jaleó el esfuerzo el respetable y López Simón colocó una buena estocada. Sin puntilla, marea de pañuelos rojos. Acción, reacción en Pamplona. Después, el sainete del palco.

El de Barajas había quedado inédito con un tercero muy ofensivo. Veleto, tremendamente astifino, enseñaba las palas y teniendo dos 'velas' por pitones. Ese típico toro que tanto gusta por la mañana en las calles de Pamplona, pero que, horas más tarde, es una quimera verlo embestir por la tarde. Blandeó muchísimo y, además, tenía la vista cruzada. Lo advirtió el torero, pero como predicar en el desierto. Sin embroque, porque venía siempre cruzado y midiendo, optó por abreviar sin empezar siquiera el trasteo.

La otra oreja fue a manos de Sebastián Castella, que sorteó el lote más noble del encierro de Ricardo Gallardo. Estuvo muy centrado el de Beziers toda la tarde. Tuvo la paciencia e inteligencia necesarias para 'meter en el canasto' al melocotón y bien hecho, una lámina, cuarto. No anduvo sobrado de fuerzas el burel, pero el galo supo templar a media altura, sin atacarlo, en las primeras tandas para después acortar las distancias y exprimir hasta la última gota del fondo de bondad que llevaba dentro el toro. Cómodo, como siempre, en esas cercanías, llegó al tendido. Circulares finales en un palmo de terreno y, como López Simón, espadazo fulminante para inocular al tendido el deseo de reclamar su trofeo. También quiso más que pudo su primero. 'Hechizo', de alcurnia célebre en la divisa gaditana, toro muy astifino que enseñaba las palas y marcó -como algunos de sus hermanos -las querencias del encierro. En el último tercio, tuvo bondad y Castella lo mimó, sin atacarlo nunca, porque cuando lo hizo el astado tendió a defenderse. Así, el trasteo se diluyó sin tomar vuelo. Silencio tras aviso.

Sin opción, Miguel Ángel Perera, con un segundo fino de cabos que enseñaba las puntas. Manseó lo suyo y marcó las querencias en los primeros tercios, muy agarrado al piso, fue toro deslucido para la muleta. Se pensaba cada arrancada para ir luego, perenne, a arreones y descompuesto. Otra cosa fue el quinto, muy astifino y serio. Pegajoso en el engaño de Javier Ambel durante una lidia en la que comenzó suelto, a su aire. Pero fue el toro que más se movió de toda la corrida y esas inercias tuvieron transmisión porque sacó casta el toro en el tercio final. Ideal para la muleta poderosa de Perera que, a base de dejársela muy puesta y bajar la mano, logró ligar y templar en redondo el celo del toro. Muy exigente. Nada sencillo. Mantuvo la intensidad al natural. El final, marca de la casa, pegándole media docena de muletazos sin menear las zapatillas. Circulares postreros, antes de perfilarse en la suerte suprema. No viajó a buen sitio el filo de acero. Media en los blandos y, pese a que el animal terminó doblando, esos segundos de demora fueron más determinantes que el lugar donde enterró la espada. Ni un sólo pañuelo. La nada. Debatible concederla o no, pero ni un sólo ademán de pedirla, y en Pamplona... Sorprendió. Será cuestión de 'agarrarse' a Orwell.


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