Cómo dos plazas tan alejadas en todo, Sevilla y Pamplona, observan con talento una corrida de Miura es evolución. Cómo la observa Madrid, que se supone cabal, es un anacronismo. Tanta dureza humana hacia los toreros que, ante un toro indómito y duro, muy alejado de la condición del toro de hoy, trataron de aplicarle el toreo que se aplica al toro de hoy. Jugándose la cornada ante el cuerpo flaco detenido, y el cuello ágil y peligroso de la corrida, y sentir que parte de la grada se hace el amo de la escena, es cruel. La corrida fue fiel a su tipo, cierto que con más hueso que canal y más flacos que rematados. Pero ha crecido tanto el toro hoy en cualquier ganadería, que lo de Miura habría de crecer diez palmos más para seguir siendo el líder de lo grande. Para quitarse el sombrero lo de Pepe Moral, Román y Rafaelillo.

Porque Román le echó un auténtico par al agresivo sexto, que saltó al callejón nada más salir al ruedo. Si bien el valenciano pudo dejar algún lance suelto de salida por el pitón derecho, el levantino apostó ya dejándolo crudo en el segundo puyazo. Así le plantó cara con valentía después en una faena de enorme mérito y firmeza, aguantando estoico las bruscas y fuertes embestidas ya desde el mismo comienzo del trasteo con un Miura que siempre viajaba con la cara alta, soltándola no pocas veces, moviéndose con genio. Para contener el aliento. Cayó algo la estocada y ni siquiera le ovacionaron.

El segundo fue el único toro 'pacífico' de la Miurada. Lo aprovechó Pepe Moral, doblándose por bajo con él en un bello inicio, con mucha suavidad. Faena precisa, templada y con buenos pasajes del sevillano, que supo perderle pasos dejándole la muleta en la cara dejándole siempre inercia, para que el toro desarrollara sin atacarle. Perfecto de técnica y temple. Destacó especialmente la última tanda al natural, lenta y despaciosa. Pinchó y se atacó de toro siendo prendido a la altura del pecho sin consecuencias al segundo intento. Al final, todo quedó en una ovación.

Bien lejos de ese segundo se situó el incierto y peligroso quinto, que no tuvo embroque, y echaba la cara arriba siempre, queriendo coger. Imposible literalmente para Moral. Rompió las tablas de un burladero nada más salir el tercero, un toro que no pasaba en la muleta, con peligro sordo, reponiendo pasado el embroque y que pareció una persona que parecía saber hasta el número de pie que calzaba Román. Porque en cuanto veía desprevenido al torero, lo atacaba para cogerlo, hasta el punto de tirarle una cornada arriba a la altura de su cara sin que el público fuera consciente del verdadero peligro. A pesar de ello, Román hizo un esfuerzo. Falló al entrar a matar ante un toro orientado que le tapó la salida, igual que sus hermanos.

Jugándosela de manera muy digna Rafaelillo lidió un lote peligroso sin tener ninguna opción ni con el peligroso primero, que le cogió de manera sobrecogedora al entrar a matar poniéndole los pitones en el cuello rompiéndole también la banda de la taleguilla (muy injusto y de poca sensibilidad por cierto el trato del público al pitar al torero tras finiquitarlo), ni con el áspero cuarto, que no pasaba del embroque, reponiendo, midiendo, y siempre queriendo sorprender al torero, que a punto estuvo de ser prendido por segunda ocasión. Por fortuna, se libró.