La tarde pedía transistores. Los ojos en el ruedo y los oídos en el Parlamento. Mientras Pedro Sánchez buscaba subalternos para someter a Rajoy y en el hemiciclo se dirimía el futuro de España, en Las Ventas se jugaban el suyo seis matadores de otras tantas nacionalidades. Contrastes. Falló la corrida de El Pilar. Menos exagerada que en otras ocasiones, pero desigual de tipo y remate. En general ningún toro terminó de romper, y los que sacaron alguna virtud fue gracias al matador que tuvieron delante. Digna de encomio la actitud de Bolívar, cada vez más sólido, que pudo perder la vida -como suena- en un dramático derrote al pecho en los albores de su faena, pero fueron Luis David, serio y capaz, autor de la faena de la tarde, y una mejorada versión de Colombo, cuya actitud y determinación hasta resultar herido recordaron su incontestable campaña de novillero quienes puntuaron. En tarde de más oscuros que claros ellos pusieron el argumento y la e-Moción (sin censura).

Ratificó Luis David la excelente imagen ofrecida en su anterior comparecencia en la feria. Fino de hechuras, suelto de carnes, ofensivo y veleto, su toro embistió sin terminar de emplearse al capote y se dejó pegar en varas, durmiéndose en el peto. Cuando salió de allí pareció orientarse, embistiendo al paso y desarrollando sentido. Le dio mucho celo el mexicano a principio de faena, empapándolo de trapo, y deslizándolo a la altura a la que el toro embestía le robó dos series con la mano derecha de gran mérito por su largura y templanza. Sin obligarlo nunca, consiguió dar forma a la faena a pesar de la falta de raza del animal, que pronto se afligió. Se apretó de verdad por bernadinas, de angustioso embroque, y se volcó a la hora de entrar a matar para culminar su seria actuación.

Se pidió la oreja para él, como después para Jesús Enrique Colombo, cuya actuación ganó enteros con respecto a la de hace veinticuatro horas. Saludó con dos largas en el tercio al sexto, toro más estrecho de sienes, largo, cornidelantero, algo zancudo al que faltó celo en las verónicas a pies juntos del venezolano. Cumplió el animal en varas y arreó fuerte en banderillas, tercio que cubrió con exposición y facultades el matador, por mucho que el último al quiebro cayera bajo porque el toro se abrió en exceso al marcar el cambio. Sin embargo, los otros tres pares tuvieron mucha verdad en su reunión. El toro protestó cuando no vino sometido, por eso Colombo le exigió con criterio sobre el lado derecho, el mejor pitón del astado, e hilvanó dos series poderosas e importantes. Al rematar la última por bajo el toro le pegó un tremendo pitonazo en la barbilla que lo dejó conmocionado. Volvió al ruedo sensiblemente aturdido para rematar su faena de nuevo sobre la mano diestra, apretarse por manoletinas y entregarse en la estocada. Hubo reconocimiento en otra vuelta dada sin ningún voto en contra.

Sin recompensa tangible, Luis Bolívar volvió a ampliar su crédito en Las Ventas. Anduvo inteligente capote en mano con el segundo, cuesta arriba, ensillado, algo aleonado, de trapío nada exagerado. Andándole para atrás, dándole celo, se lo sacó a los medios con oficio y temple hasta rematar con dos poderosas medias en la boca de riego. Dirigió la lidia con brillantez durante el tercio de varas, donde el toro cumplió sin estridencias, antes de ser cogido de modo dramático en los primeros muletazos de la faena. El toro derribó al colombiano y una vez en el suelo le lanzó un derrote al pecho estremecedor, que le arrancó el corbatín de cuajo. Aparente y milagrosamente ileso, Bolívar estuvo con el toro importante de verdad. Por cómo expuso, sereno, consciente y convencido, siempre con la firme intención de torear además, sin importarle la condición de un toro complicado y reservón, que cuando embistió lo hizo siempre por dentro y sin romper para delante por derecho. La espada cayó baja y privó al caleño de un merecido reconocimiento.

Las otras tres lidias tuvieron menos miga, principalmente por la condición de los astados. Abrió plaza Juan Bautista, a cuyo astado llegó a la muleta con una embestida poco ordenada. Le faltó recorrido y sobre todo ritmo. Incluso tendió a meterse por dentro por el pitón derecho. Juan Bautista lo muleteó con sobriedad en una labor que no pudo resultar lucida. Juan del Álamo consiguió conectar con el tendido en tres series con la mano derecha en el tercero, en las que hubo ligazón aprovechando la inercia de un toro que embistió con prontitud pero sin clase. Pero cuando cogió la zurda el animal bajó el ritmo, protestó más en corto e hizo amago de aburrirse. En el regreso a la derecha ya nada volvió a ser lo mismo, mientras Galdós se sacó al cuarto para fuera con donosura -hubo una trincherilla sublime- pero cuando quiso torear en redondo comprobó que al animal le costó mover su anatomía. Pese a su nobleza, su embestida cansina y falta de chispa impidió al peruano empatizar con la gente pese a su buena disposición. Hubo muletazos sueltos descritos con porte y sutileza pero sin la intensidad que aporta la ligazón. Se atascó con el acero.